martes, 3 de julio de 2018

Párate un momento: El Evangelio del dia 4 DE JULIO - MIÉRCOLES – 13ª - SEMANA DEL T.O. – B – Santa Isabel de Portugal



4  DE JULIO - MIÉRCOLES –
13ª - SEMANA DEL  T.O. – B –

Lectura de la profecía de Amós (5,14-15.21-24):
Buscad el bien y no el mal, y viviréis, y así estará con vosotros el Señor Dios de los ejércitos, como deseáis. Odiad el mal, amad el bien, defended la justicia en el tribunal. Quizá se apiade el Señor, Dios de los ejércitos, del resto de José.
«Detesto y rehúso vuestras fiestas –oráculo del Señor–, no quiero oler vuestras ofrendas. Aunque me ofrezcáis holocaustos y dones, no me agradarán; no aceptaré los terneros cebados que sacrificáis en acción de gracias. Retirad de mi presencia el estruendo del canto, no quiero escuchar el son de la cítara; fluya como el agua el juicio, la justicia como arroyo perenne.»
Palabra de Dios

Salmo: 49

R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios
«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
"yo, Dios, tu Dios".» R/.
«No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.» R/.
«Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.» R/.
«Si tuviera hambre, no te lo diría:
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?» R/.
«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» R/.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,28-34):
En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos:
 «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios?
¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?»
Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron:
«Si nos echas, mándanos a la piara.»
Jesús les dijo:
«Id.»
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.
Palabra de Señor

1.   Se discute el lugar o ciudad en el que ocurrió este episodio. Pudo ser Gerasa, Gadara o Gergesa (Warren Carter). En cualquier caso, fue en un país
que tenía otras costumbres y otras creencias religiosas, distintas de las que se tenían en Israel.
Jesús no teme, ni duda, ir también a visitar y convivir con otros pueblos, otras culturas y otras religiones. Para Jesús, las fronteras nacionales, culturales y religiosas, que nos dividen, han de ser   superadas.
Son frecuentes los enfrentamientos de violencia y   muerte que se producen cuando se traspasan las fronteras. Lo estamos viendo en los conflictos con
los inmigrantes que intentan pasar de África a Europa.  O los "espaldas mojadas" que, desde México, quieren entrar en Estados Unidos.  Estas dificultades se plantean con los pobres. Los ricos no tienen problemas para circular por todo el mundo.

2.   Según este relato, los demonios son fuerzas de muerte (salen del cementerio) y de violencia (eran furiosos y nadie se atrevía a acercarse a ellos).
Al expulsar a los demonios, Jesús muestra con vigor que su proyecto es acabar con la muerte y la violencia que son origen de tanto sufrimiento. La postura, tan frecuente, de quienes asumen una posición de pasividad o de imposible neutralidad ante los poderes de muerte y violencia, que actúan a sus anchas en nuestra sociedad, es una forma de comportamiento más cercano a lo   demoníaco que a Jesús.

3.   El episodio de los cerdos no se limita al obvio significado económico que tiene, ya que una piara de miles de cerdos era una inmensa fortuna. Pero, además del interés de las gentes de aquella región por sus cerdos, al interpretar este extraño relato, hay que recordar también que los cerdos eran utilizados en ritos religiosos con los que se buscaba la protección divina para la producción agraria (E. Firmage,  F. J. Stendebach).
Al permitir que los demonios se metiesen en los cerdos, Jesús expresaba su oposición a los extraños rituales que tenían un carácter mágico. Y así tranquilizaban las conciencias de gentes que, como suele ocurrir, querían llevarse bien con la religión y con el dinero.
Una conducta así es indigna del Evangelio de Jesús.

Santa Isabel de Portugal


(Santa Isabel de Portugal o de Aragón; Zaragoza, hacia 1274 - Estremoz, Portugal, 1336)

Reina de Portugal. Merced a su matrimonio con el monarca luso Dionís, fue reina de Portugal entre 1288 y su fallecimiento, período durante el cual contribuyó de forma decisiva a la consolidación de la monarquía en el país ibérico.
Hija de Pedro III de Aragón y de Constanza de Nápoles, y por lo tanto nieta de Jaime I el Conquistador y del emperador Federico de Suabia, recibió una esmerada educación palaciega, conforme a los postulados de su época, aunque parece que desde muy joven la princesa Isabel ya destacó por tener una personalidad piadosa y caritativa.
Antes de cumplir los diez años, sin embargo, su padre había entablado negociaciones con el monarca portugués, mediante los embajadores Conrado de Lanza y Beltrán de Vilafranca, para el matrimonio entre su hija y el rey luso. Éste aceptó gustoso, y donó a la princesa, en calidad de arras, los señoríos de Obidos, Abrantes y Porto de Mos, donación verificada en abril de 1281.
Con las negociaciones ya avanzadas, en febrero de 1288 una embajada de Dionís con sus más importantes consejeros, João Velho, João Martins y Vasco Pires, llegaba a Barcelona para celebrar el matrimonio por poder y, a continuación, escoltar a la princesa hasta la villa portuguesa de Trancoso, donde se iba a celebrar la ceremonia religiosa. Finalmente, el 24 de junio tuvo lugar el enlace, seguido de la celebración de unas fiestas ensalzadas por la historiografía como las más importantes de la Plena Edad Media lusa.
Después del matrimonio, la vida de la reina Isabel comenzó a mostrar la dualidad de caracteres que marcarían su devenir biográfico: por una parte, su carácter caritativo y piadoso; por otro, la fortaleza política de una mujer que, enfrentada a grandes vaivenes gubernativos, hizo lo posible por sobreponerse a los acontecimientos. En principio, la vida en la corte portuguesa no era, ni por asomo, parecida a la exquisitez de la aragonesa. La ambición del estamento nobiliario portugués, copado en gran medida por los propios miembros de la familia real, era cada vez mayor, personificado especialmente por Alfonso, hermano del rey, y también su principal enemigo para mantener la paz del reino, pues no dejaba de conspirar para derribar a Dionís del trono. Muy pronto se le uniría la rebeldía del hijo primogénito.
En los primeros tiempos de su estancia en Portugal, la reina Isabel comenzó a ganarse las simpatías del pueblo luso por su carácter piadoso y devoto, pues el pueblo siempre ha admirado en especial esta veta altruista de sus gobernantes, sobre todo en un universo religioso como era el mundo medieval. De esta manera, las continuas fundaciones religiosas de la reina Isabel (como el de San Bernardo de Almoster), la contribución al sostenimiento de otras (principalmente, el lisboeta monasterio de la Trinidad), así como los hospitales de asistencia fundados por ella (en Coimbra, Leiría y Santarém), ayudaron a que su popularidad entre el pueblo fuese una de las de mayor nivel entre los gobernantes medievales.
Los problemas, sin embargo, comenzaron a llegar por los continuos enfrentamientos, primero verbales, más tarde conspiradores, de su cuñado Alfonso, deseoso de hacerse con el trono portugués en detrimento de su hermano, el rey Dionís; por otra parte, las continuas infidelidades de éste, evidentemente, no hacían presagiar un matrimonio demasiado bien avenido, pues, a pesar de que la bastardía regia era un fenómeno relativamente tolerado en el medievo, las acusadas convicciones éticas de la reina Isabel lo desaprobaban por completo.
A pesar de ello, la reina acogió a los hijos bastardos de Dionís en la corte, y si no los trató como a su propia descendencia, al menos les mostró el respeto que debía como reina y cristiana. Esta acción piadosa, sin embargo, comenzó a ser una fuente de problemas tras el nacimiento de los dos primeros hijos de Dionís e Isabel: la infanta Constanza (1290-1313), que se casó con el rey de Castilla, Fernando IV, y el príncipe Alfonso (1291-1357), que sería posteriormente rey como Alfonso IV. Los problemas se agravaron en la segunda década del siglo XIV, pues Alfonso (cuyo apodo era el Bravo, por motivos obvios) comenzó a alarmarse por el incomparable ascendente que, en la corte de Dionís, en su consejo y en la toma de decisiones políticas, había comenzado a contraer uno de los hijos ilegítimos del rey, el infante Alfonso Sánchez.
Ante la sospecha de que Dionís había solicitado a la Santa Sede la concesión de legitimidad para su hermano, en detrimento de su propio acceso al trono, Alfonso el Bravo decidió rebelarse, contado con cierta ayuda diplomática de la regente de Castilla, la reina María de Molina. Dionís, enfurecido, arremetió contra su hijo de manera violenta, lo que significó el inicio de las hostilidades paterno-filiales, apoyados ambos en parte de la aristocracia lusa afín a sus causas.
Por lo que respecta a la reina Isabel, además del profundo dolor que una madre podía sentir al ver peleando a padre e hijo, la cuestión fue un poco más complicada. Desde 1318, las tropas de Alfonso instalaron su base de operaciones en el norte del país, en Coimbra y Leiría. Casualmente, el señorío de esta última villa había sido concedido por Dionís a su esposa, con lo que el rey debió entrever en su toma por Alfonso una cierta participación de Isabel en la conspiración de su hijo.
El resultado fue que la reina fue privada del señorío, la jurisdicción y las rentas de Leiría, además de pasar a residir, bajo fuerte vigilancia militar, en el castillo de Alemquer. A la desesperación de Isabel se unió el temor de que, en la primavera de 1319, ambos ejércitos parecían enfrentarse en Leiría, aunque finalmente Alfonso huyó hacia Santarém.
Durante dos largos años, 1319-1321, los partidarios de Alfonso sostuvieron una especie de guerra de guerrillas contra el ejército real en la zona norte del país, rehusando siempre el enfrentamiento directo al ser el enemigo superior en número. Durante 1321, Alfonso de apoderó de Coimbra, Montemor o Velho, Feira y Oporto, y llegó a sitiar Guimarães, uno de los principales bastiones de su padre. Al saber las noticias del frente, la reina Isabel logró escapar de su vigilancia en Alemquer para dirigirse hacia esta última ciudad, con el objeto de hacer a su hijo desistir de su vano intento, asegurándole que no había ninguna intención, por parte de Dionís, de subrogarle su legitimidad al trono.
A pesar de esta intervención, y de contar con la ayuda de otro de los bastardos de Dionís, Pedro, conde de Barcelos, Alfonso no desistió de su intento, y mucho más al saber que las tropas reales, con su padre al frente, sitiaban la guarnición alfonsina de Coimbra. Hacia allí se dirigió con su ejército, comitiva seguida muy cerca por la reina Isabel quien, momentos antes de la inminente batalla, logró lo imposible: forzar a padre e hijo a la concordia, aunque no pudo evitar una escaramuza antes de su llegada.
El acuerdo consistía en que Alfonso se retiraría a Pombal y Dionís a Leiría, para licenciar a sus respectivas tropas; posteriormente, el rey prometería respetar el derecho de sucesión si su hijo le prestaba un homenaje público de fidelidad. Aunque no se sabe con certeza si se produjo, lo cierto es que la primera intervención de la reina Isabel se saldó con éxito, si bien efímero, puesto que la chispa de la guerra civil no tardaría en extenderse debido a los intereses particulares de la aristocracia que apoyaba al príncipe rebelde. A los pocos meses, de nuevo Alfonso, encabezando un ejército nobiliario, se dirigió desde Santarém hacia Lisboa, a pesar de que el rey le había conminado, mediante varios mensajeros, a que se detuviese.
De nuevo fue necesario que la reina, montada a caballo, se interpusiera entre ambos contendientes para detener el derramamiento de sangre. Desde luego, el ejemplo de la reina Isabel, uno de los más insólitos en el medievo, no fue suficiente para que se calmaran las ansias de su hijo, y mucho menos para que la ambición aristocrática se frenase. En cualquier caso, y para conmemorar la ocasión, la reina quiso engalanar el lugar con la edificación de un monumento, situado en el actual Campo Grande (Lisboa), en recuerdo de la paz conseguida allí para todo el reino.
Poco tiempo después, en 1325, falleció el rey Dionís y, a pesar de ciertas dificultades por el recelo de la nobleza, la sucesión, en mano de Alfonso IV, pareció realizarse sin necesidad de violencia por ninguna parte. La desaparición de uno de los protagonistas del conflicto casi fue la razón de que éste acabase; así debió entenderlo la reina Isabel, después de sus intentos de mediación, ya que, tras el entierro del rey en el cenobio de Odivelas, residió algún tiempo en ese lugar, donde, sin duda, recuperó sus verdaderas inquietudes espirituales, apartadas durante los tiempos problemáticos.
Al año siguiente, 1286, la reina Isabel regresó a Coimbra, donde fundó el monasterio de Santa Clara-a-Velha y un hospital para la asistencia a los más desfavorecidos socialmente. No profesó la clausura clarisa, pero sí vivió en el convento una vida de austeridad espiritual durante los años siguientes; buena muestra de su cultivo de la espiritualidad son las dos peregrinaciones a Santiago de Compostela llevadas a cabo en 1327 y en 1335, como una peregrina más, sin otra compañía que algunas damas de su antigua corte que, por motivos igualmente, piadosos, quisieron acompañarla.
Precisamente al regreso de la última peregrinación, en 1336, la reina tuvo noticias de nuevos conflictos familiares, esta vez entre su hijo, Alfonso IV, y el rey de Castilla, Alfonso XI, que era nieto de Isabel. Las tropas portuguesas habían sido de nuevo armadas para intervenir en el país vecino, y se hallaban concentradas en Estremoz, lugar al que se dirigió la reina para, otra vez, intervenir en un conflicto familiar. Fue recibida por su hijo en el castillo de la citada villa, pero, sintiéndose enferma, se retiró a descansar. Unas pocas horas más tarde, el 4 de julio de 1336, fallecería, no sin antes haber hecho prometer a su hijo que de ninguna manera se enfrentaría de manera fratricida con su nieto, y sobrino del propio rey.
La intervención pacifista de Isabel la acompañó, como se puede comprobar, hasta su propio lecho de muerte. Fue sepultada en el convento de clarisas de Coimbra que ella misma había fundado, aunque fue transportado posteriormente hacia Santa Clara-a-Nova, donde reposa en la actualidad. Su actividad piadosa, así como el grato recuerdo que dejó tanto en Portugal como España, fueron motivo para que su leyenda se engrandeciese notablemente. De esta forma, en tiempos del monarca luso Manuel el Afortunado se iniciaron los trámites para su canonización. Fue beatificada el 15 de abril de 1516, mediante bula del papa León X, si bien únicamente para el obispado de Coimbra. Su definitiva canonización tuvo lugar el 25 de mayo de 1625, a cargo del papa Urbano VIII.

lunes, 2 de julio de 2018

Párate un momento: El Evangelio del dia 3 DE JULIO - MARTES 13ª - SEMANA DEL T.O. – B – Santo Tomás apóstol



3 DE  JULIO - MARTES
13ª - SEMANA DEL  T.O. – B –
Santo Tomás apóstol

Lectura de la carta a los Efesios (2,19-22):
Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.
Palabra de Dios

Salmo: 116

R/. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo todos los pueblos. R/.
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R/.

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,24-29):
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.  Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Palabra del Señor

1,-  Las fiestas de los Santos Apóstoles nos recuerdan que la Iglesia es apostólica, que estamos cimentados sobre el testimonio de los que vieron y tocaron la Palabra de la Vida.
San Pablo, en esta breve lectura y en el contexto que la rodea, nos está presentando cómo por medio de la cruz, Cristo ha llegado a reunir a todos, judíos y gentiles, en un solo pueblo.
Ahora, todos podemos alcanzar la salvación mesiánica, todos entramos en la construcción de esta nueva morada cuyo cimiento son los apóstoles.
Sin embargo, no podemos olvidar que Cristo es la piedra angular, es la clave de bóveda que mantiene todo el edificio. Por la sangre de Cristo derramada en la cruz, se nos ha otorgado esta gracia de ser familia de Dios. Los apóstoles son los primeros testigos de esto, pero Cristo es el centro.
¿Ponemos a Cristo en el centro de toda nuestra vida, de todos nuestros proyectos?
¿Hacemos posible que la reconciliación obrada por Cristo llegue a todos los hombres, para que todos puedan entrar a gozar de su salvación?

2.-  Siempre que he contemplado el bellísimo cuadro de Caravaggio “La duda de Santo Tomás”, me he preguntado si el apóstol realmente se atrevió a meter su mano en el costado de Cristo y sus dedos en los agujeros de los clavos, o, quizás más bien, sonrojado por la vergüenza, cayó postrado adorando a Jesús vivo y presente delante de él, confesando como nos dice el Evangelio. “Señor mío y Dios mío”.
Sea lo que fuere, más me parece Tomás un buscador incansable, que quiere certezas, que busca llegar hasta el fondo de la realidad y que su fe sea razonable, que un incrédulo en el sentido estricto de la palabra.
Y además, aunque este apóstol se ha convertido en prototipo de todos los que dudan o son incrédulos, creo que tenemos que darle las gracias, pues arrancó del Señor la bienaventuranza que alcanza a todos los que, fiados en su testimonio, hemos creído en el Señor Jesús sin haber visto o tocado.

3.-  Por último, me gustaría llamar la atención sobre lo que me parece la realidad profunda de este Evangelio de hoy: la Encarnación de Jesucristo es real, Jesús Resucitado no es un fantasma.
De qué manera tan sutil pero tan plástica, el evangelista, el discípulo amado, dirige nuestra atención al costado, las manos, el tocar, todo se hace tangible. Lo hizo en la última cena, pues él mismo recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús; lo hizo en el Calvario, relatando el hecho del costado traspasado, “el que lo vio es el que da testimonio y su testimonio es verdadero, y lo que dice es verdad para que también vosotros creáis”; y lo vuelve a hacer al final de su Evangelio, culminando todo el proceso con esa confesión de fe, la más perfecta si cabe de todo el Evangelio, de Tomás, el “incrédulo”: “Señor mío y Dios mío”, palabras que nos recuerdan el comienzo del prólogo: “La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios,… se hizo carne y acampó entre nosotros”.
Por este Jesús, Hombre y Dios, dieron la vida los apóstoles y así se convirtieron en fundamento de nuestra fe.

Santo Tomás apóstol


Martirologio Romano: Fiesta de santo Tomás, apóstol, quien, al anunciarle los otros discípulos que Jesús había resucitado, no lo creyó, pero cuando Jesús le mostró su costado traspasado por la lanza y le dijo que pusiera su mano en él, exclamó: «Señor mío y Dios mío». Y con esta fe que experimentó es tradición que llevó la palabra del Evangelio a los pueblos de la India.

Etimológicamente: Tomás = "gemelo", viene del arameo
Breve Semblanza
La tradición antigua dice que Santo Tomás Apóstol fue martirizado en la India el 3 de julio del año 72. Parece que en los últimos años de su vida estuvo evangelizando en Persia y en la India, y que allí sufrió el martirio.
De este apóstol narra el santo evangelio tres episodios.
El primero sucede cuando Jesús se dirige por última vez a Jerusalén, donde según lo anunciado, será atormentado y lo matarán.
En este momento los discípulos sienten un impresionante temor acerca de los graves sucesos que pueden suceder y dicen a Jesús: "Los judíos quieren matarte y ¿vuelves allá? Y es entonces cuando interviene Tomás, llamado Dídimo (en este tiempo muchas personas de Israel tenían dos nombres: uno en hebreo y otro en griego. Así por ej. Pedro en griego y Cefás en hebreo). Tomás, es nombre hebreo. En griego se dice "Dídimo", que significa lo mismo: el gemelo.
Cuenta San Juan (Jn. 11,16) "Tomás, llamado Dídimo, dijo a los demás: Vayamos también nosotros y muramos con Él".  Aquí el apóstol demuestra su admirable valor. Un escritor llegó a decir que en esto Tomás no demostró solamente "una fe esperanzada, sino una desesperación leal". O sea: él estaba seguro de una cosa: sucediera lo que sucediera, por grave y terrible que fuera, no quería abandonar a Jesús. El valor no significa no tener temor. Si no experimentáramos miedo y temor, resultaría muy fácil hacer cualquier heroísmo. El verdadero valor se demuestra cuando se está seguro de que puede suceder lo peor, sentirse lleno de temores y terrores y sin embargo arriesgarse a hacer lo que se tiene que hacer. Y eso fue lo que hizo Tomás aquel día. Nadie tiene porque sentirse avergonzado de tener miedo y pavor, pero lo que sí nos debe avergonzar totalmente es el que a causa del temor dejemos de hacer lo que la conciencia nos dice que sí debemos hacer, Santo Tomás nos sirva de ejemplo.

La segunda intervención:
Sucedió en la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles: "A donde Yo voy, ya sabéis el camino". Y Tomás le respondió: "Señor: no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" (Jn. 14, 15). Los apóstoles no lograban entender el camino por el cual debía transitar Jesús, porque ese camino era el de la Cruz. En ese momento ellos eran incapaces de comprender esto tan doloroso. Y entre los apóstoles había uno que jamás podía decir que entendía algo que no lograba comprender. Ese hombre era Tomás. Era demasiado sincero, y tomaba las cosas muy en serio, para decir externamente aquello que su interior no aceptaba. Tenía que estar seguro. De manera que le expresó a Jesús sus dudas y su incapacidad para entender aquello que Él les estaba diciendo.

Admirable respuesta:
Y lo maravilloso es que la pregunta de un hombre que dudaba obtuvo una de las respuestas más formidables del Hijo de Dios. Una de las más importantes afirmaciones que hizo Jesús en toda su vida. Nadie en la religión debe avergonzarse de preguntar y buscar respuestas acerca de aquello que no entiende, porque hay una verdad sorprendente y bendita: todo el que busca encuentra.
Le dijo Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" Ciertos santos como por ejemplo el Padre Alberione, Fundador de los Padres Paulinos, eligieron esta frase para meditarla todos los días de su vida. Porque es demasiado importante como para que se nos pueda olvidar. Esta hermosa frase nos admira y nos emociona a nosotros, pero mucho más debió impresionar a los que la escucharon por primera vez.
En esta respuesta Jesús habla de tres cosas supremamente importantes para todo israelita: el Camino, la Verdad y la Vida. Para ellos el encontrar el verdadero camino para llegar a la santidad, y lograr tener la verdad y conseguir la vida verdadera, eran cosas extraordinariamente importantes.
En sus viajes por el desierto sabían muy bien que si equivocaban el camino estaban irremediablemente perdidos, pero que, si lograban viajar por el camino seguro, llegarían a su destino. Pero Jesús no sólo anuncia que les mostrará a sus discípulos cuál es el camino que seguir, sino que declara que Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.
Notable diferencia: Si le preguntamos al alguien que sabe muy bien: ¿Dónde queda el hospital principal? Puede decirnos: siga 200 metros hacia recto y 300 hacia la derecha y luego suba 15 metros... Quizás logremos llegar. Quizás no. Pero si en vez de darnos eso respuesta nos dice: "Sígame, que yo voy para allá", entonces sí que vamos a llegar con toda seguridad. Es lo que hizo Jesús: No sólo nos dijo cuál era el camino para llegar a la Vida Eterna, sino que afirma solemnemente: "Yo voy para allá, síganme, que yo soy el Camino para llegar con toda seguridad". Y añade: Nadie viene al Padre sino por Mí: "O sea: que, para no equivocarnos, lo mejor será siempre ser amigos de Jesús y seguir sus santos ejemplos y obedecer sus mandatos. Ese será nuestro camino, y la Verdad nos conseguirá la Vida Eterna".

El hecho más famoso de Tomás
Los creyentes recordamos siempre al apóstol Santo Tomás por su famosa duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo glorioso.
Dice San Juan (Jn. 20, 24) "En la primera aparición de Jesús resucitado a sus apóstoles no estaba con ellos Tomás. Los discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Él les contestó: "si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su constado, no creeré". Ocho días después estaban los discípulos reunidos y Tomás con ellos. Se presento Jesús y dijo a Tomás: "Acerca tu dedo: aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Tomás le contestó: "Señor mío y Dios mío". Jesús le dijo: "Has creído porque me has visto. Dichosos los que creen sin ver".
Parece que Tomás era pesimista por naturaleza. No le cabía la menor duda de que amaba a Jesús y se sentía muy apesadumbrado por su pasión y muerte. Quizás porque quería sufrir a solas la inmensa pena que experimentaba por la muerte de su amigo, se había retirado por un poco de tiempo del grupo. De manera que cuando Jesús se apareció la primera vez, Tomás no estaba con los demás apóstoles. Y cuando los otros le contaron que el Señor había resucitado, aquella noticia le pareció demasiado hermosa para que fuera cierta.
Tomás cometió un error al apartarse del grupo. Nadie está peor informado que el que está ausente. Separarse del grupo de los creyentes es exponerse a graves fallas y dudas de fe. Pero él tenía una gran cualidad: se negaba a creer sin más ni más, sin estar convencido, y a decir que sí creía, lo que en realidad no creía. El no apagaba las dudas diciendo que no quería tratar de ese tema. No, nunca iba a recitar el credo un loro. No era de esos que repiten maquinalmente lo que jamás han pensado y en lo que no creen. Quería estar seguro de su fe.
Y Tomás tenía otra virtud: que cuando se convencía de sus creencias las seguía hasta el final, con todas sus consecuencias. Por eso hizo es bellísima profesión de fe "Señor mío y Dios mío", y por eso se fue después a propagar el evangelio, hasta morir martirizado por proclamar su fe en Jesucristo resucitado. Preciosas dudas de Tomás que obtuvieron de Jesús aquella bella noticia: "Dichosos serán los que crean sin ver".
Fuente: www.ewtn.com

domingo, 1 de julio de 2018

Parate un momento: El Evangelio del dia 2 DE JULIO – LUNES – 13ª – SEMANA DEL T.O. – B – San Otón de Bamberg



2 DE JULIO – LUNES –
13ª – SEMANA DEL T.O. – B –

Lectura de la profecía de Amós (2,6-10.13-16):
Así dice el Señor:
«A Israel, por tres delitos y por el cuarto, no le perdonaré: porque venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias; revuelcan en el polvo al desvalido y tuercen el proceso del indigente. Padre e hijo van juntos a una mujer, profanando mi santo nombre; se acuestan sobre ropas dejadas en fianza, junto a cualquier altar, beben vino de multas en el templo de su Dios.
Yo destruí a los amorreos al llegar ellos; eran altos como cedros, fuertes como encinas; destruí arriba el fruto, abajo la raíz. Yo os saqué de Egipto, os conduje por el desierto cuarenta años, para que conquistarais el país amorreo. Pues mirad, yo os aplastaré en el suelo, como un carro cargado de gavillas; el más veloz no logrará huir, el más fuerte no sacará fuerzas, el soldado no salvará la vida; el arquero no resistirá, el más ágil no se salvará, el jinete no salvará la vida; el más valiente entre los soldados huirá desnudo aquel día.»
Oráculo del Señor.
Palabra de Dios

Salmo:49

R/. Atención, los que olvidáis a Dios
«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» R/.
«Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño.» R/.
«Te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.» R/.
«Atención, los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ése me honra; al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.» R/.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (8,18-22):

En aquel tiempo, viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de atravesar a la otra orilla. Se le acercó un escriba y le dijo:
«Maestro, te seguiré adonde vayas.»
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»
Otro, que era discípulo, le dijo:
«Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.»
Jesús le replicó:
«Tú, sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos.»
Palabra del Señor

1.   Lo primero que los cristianos y la Iglesia deberíamos tener en cuenta, es que -como creyentes en   Jesús- el saber cristológico (o sea, el conocimiento de Jesús) no se constituye ni se transmite primariamente mediante ideas y conceptos, sino en los relatos de "seguimiento", que se nos proponen y se nos enseñan en los evangelios (J. B. Metz).
Esto quiere decir que, mediante libros, estudios y conferencias, no nos enteramos de quién es Jesús. Ni sabemos lo que quiere Jesús. Solamente viviendo con Jesús y cómo vivió Jesús, solamente así podremos    saber lo que es, lo que representa y lo que exige creer en Jesús y, por tanto, ser cristiano.

2.   Lo primero, que exige el seguimiento de Jesús, es libertad. O sea, que seamos libres, que no vivamos atados a nada ni a nadie.   Como viven las zorras de
los campos y los montes.  Como viven los pájaros que vuelan por los aires. Solo un hombre que vive en   completa libertad, le dice a cada uno lo que le tiene que
decir. Y hace lo que tiene que hacer. Aunque lo que dice y lo que hace le cueste la vida.
La mayoría de los mortales, le tenemos más miedo a la libertad de lo que imaginamos. Porque si somos libres de verdad, nos meteremos en líos, tendremos problemas, nos veremos en dificultades.  Exactamente, como le ocurrió a Jesús. Y a todos los mártires de la lucha por la libertad, la justicia y la igualdad.

3.   El que quiso seguir a Jesús, pero quería primero poder enterrar a su padre, pedía una cosa, no solo razonable, sino incluso necesaria. Eso, además, era tan importante en aquellos tiempos, que se consideraba (entre las gentes más religiosas) como "la cima de todas las buenas obras" (Martin Hengel). 
Por eso, en el fondo, lo que aquel hombre le dijo a Jesús es esto: "te seguiré, pero déjame que primero que    cumpla yo con mi religión, con la cima y el culmen de lo que es cumplir la ley de mi religión".
Pues bien, lo que Jesús dejó claro, en este caso, es que el "seguimiento" no admite condiciones, ni siquiera las condiciones más sagradas de la religión. Solo el que vive libre de todo, ese es el que está capacitado para seguir a Jesús.

San Otón de Bamberg

San Otón, es conmemorado en este día en algunas diócesis alemanas. Cuando el barón Otón de Mistelbasch nació, hacia el año 1062, en la Franconia central, en las caballerizas de su padre, en vez de los corceles de pura sangre que solían tener los nobles de aquellos tiempos, no había más que dos asnos, a tales extremos de pobreza había llegado a aquélla familia tan rica en otros tiempos. Los padres murieron en edad temprana, y el hermano mayor de Otón, heredero de esa pobreza rodeada de blasones, hombre de rudos sentimientos, no descansó hasta expulsar del palacio al benjamín de la casa, a fin de tener un comensal menos a la hora de la comida. Así que la primera juventud de Otón no fue muy placentera, que digamos.
Después de haber aprendido los rudimentos del saber en una escuela monacal, se marchó a Polonia, pues no quería ser gravoso a nadie. En aquella nación había por entonces muy pocos maestros, así que Otón abrió una escuela de latín. Al principio él no sabía mucho más que sus discípulos, pero al menos se ganaba el sustento y podía seguir formándose. Muy pronto pudo presentarse al obispo para sufrir el examen de rigor, y como lo aprobase, recibió las sagradas órdenes. Desde aquel momento, la vida de Otón tomó un rumbo vertical hacia la altura. El inteligente sacerdote fue nombrado capellán de la corte cerca del duque e Polonia, pasó después a ocupar este mismo cargo en la corte del emperador alemán, fue durante algún tiempo canciller del imperio y, a los cuarenta años de edad, fue elevado a la sede episcopal de Bamberg. Aquel hambriento estudiante se había convertido en príncipe secular y eclesiástico.
Otón era un obispo muy activo. Restauró la catedral de Bamberg, que había sufrido un incendio, él mismo acarreaba piedras y argamasa, y trepaba a los andamios como uno de tantos albañiles. Predicaba al pueblo con mucha frecuencia y daba lecciones de catecismo a los niños. Fundó veinte monasterios, y como por esta razón alguien le llamase despilfarrador, respondió que, "jamás habrá suficientes hospederías para los peregrinos que, desde la tierra, caminan hacia la patria celestial". Hermosa respuesta. La principal preocupación del obispo eran los pobres. Cuando un príncipe acudía a él, Otón permanecía sentado, pues por sus venas corría también sangre de príncipes, pero cuando venía a verle un pobre, se levantaba y le escuchaba de pie, porque en cada pobre veía a Jesucristo.
A fin de poder socorrer más a los necesitados, vivía con extrema sencillez y modestia, él mismo se remendaba sus vestidos, se alimentaba casi exclusivamente de pan y legumbres, y como una vez le presentaran un pescado grande y sabrosamente aderezado, preguntó inmediatamente cuánto había costado. "Ocho escudos", le respondieron: "¡Como!, repuso. ¿ocho escudos? ¡Eso es una barbaridad! ¡Llevároslo! despacharme con un poco de pan". Así era el obispo Otón.
Fundó 20 monasterios. Fue también un gran misionero. Por entonces la Pomerania era todavía pagana. Es verdad que con anterioridad otros mensajeros de la fe habían intentado convertir aquella región, pero sus habitantes despidieron en medio de burlas a aquellos monjes pobres que habían visto venir, diciendo: "Si vuestro Dios, a quien alabáis como el rico y poderoso Soberano de cielos y tierra, fuera verdadero Dios, no os veríamos llegar como mendigos". Tal dijeron los infieles, cegados por su necedad.
Por eso Otón siguió un sistema distinto para la evangelización. Llegó al país en medio de gran magnificencia y boato, acompañado de muchos coches atestados de cosas y tirados por magníficos corceles, escoltado por caballeros que lucían esplendentes armaduras y por criados con ricas vestiduras, mientras que él mismo (Que en su casa llevaba vestidos remendados por consideración a los pobres) se presentó con magníficos ornamentos episcopales recamados de oro, con báculo en su mano y mitra ciñendo sus sienes. Esta presentación causó tal efecto entre los habitantes de Pomerania, que todos ellos recibieron el bautismo. Por eso a San Otón se lo denomina con todo derecho el apóstol de los pomeranos, y hasta fines de la Edad Media los agradecidos pomeranos peregrinaban todos los años hasta el sepulcro del santo en Bamberg, ciudad donde falleció Otón el día 30 de Junio del año 1139, a los setenta años de edad.
Aunque antiguamente su festividad se celebraba el 30 de junio, actualmente el Martirologio Romano lo celebra el 2 de julio.
Fuente: oremosjuntos.com