sábado, 4 de julio de 2020

Párate un momento: El Evangelio del dia 5 DE JULIO – DOMINGO – 14ª – SEMANA DEL T. O. – A – San Antonio María Zaccaría





5 DE JULIO – DOMINGO –
14ª – SEMANA DEL T. O. – A –
San Antonio María Zaccaría

Lectura de la profecía de Zacarías (9,9-10):
Así dice el Señor:
«Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.»

Salmo144,1-2.8-9.10-11.13cd-14

R/. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás. R/.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,9.11-13):
Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):
En aquel tiempo, exclamó Jesús:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla.
Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Sabios y sencillos.




Algunos obispos y cardenales descontentos con el Papa Francisco dicen de él, con cierto desprecio, que “no es un teólogo”. Les convendría saber lo que piensa Jesús de quienes presumen de teólogos y de sabios.

El contexto del evangelio

      En los tres domingos anteriores (11-13) hemos leído unos fragmentos del discurso de Jesús a los apóstoles cuando los envía de misión (Mt 10). No se cuenta la vuelta de los discípulos ni el resultado de su actividad. En los capítulos siguientes (Mt 11-12) se cuentan episodios muy distintos que ayudan a definir la figura de Jesús y describen las distintas reacciones que provoca su persona y su actividad.
- ¿Es realmente el Mesías esperado?
Juan Bautista duda, y envía a sus discípulos a preguntar si tienen que esperar a otro. Los de Corozaín y Betsaida no se dejan afectar por su predicación, se niegan a convertirse. Los fariseos lo acusan de infringir la ley y el sábado, deciden matarlo y dicen que está endemoniado.      
Sin embargo, en medio de todos estos que desconfían, se desinteresan o se oponen a Jesús, hay un grupo que lo acepta por dos motivos muy distintos: por revelación de Dios, y porque, desde un punto de vista religioso, se sienten agobiados, cargados, y encuentran alivio en Jesús y su mensaje. Al final, este grupo aparecerá como la familia de Jesús, sus hermanos, sus hermanas y su madre.

Sabios y sencillos
En aquel tiempo, exclamó Jesús:
            Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor…
            …Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro. descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

En el pasaje de hoy, Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los "sabios y entendidos", que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Y el de la "gente sencilla", sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.
Para estas personas sencillas, la gran ventaja es que, a través de Jesús, van a conocer a Dios. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas.
     Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder

       La primera lectura, que parece un poco traída por los pelos, es sin embargo muy interesante. Habla del rey futuro, esperado, en una época en la que no hay rey en Judá y la monarquía parece un sueño. En la segunda parte del poema se dicen de ese rey cosas maravillosas. Se le atribuyen acciones que textos proféticos anteriores atribuían al mismo Dios: destruir los ejércitos de Israel y dictar la paz a las naciones. Es una forma de decir que será un rey excepcional, cuasi divino. Pero la primera parte subraya que, al mismo tiempo, será un rey manso, humilde, montado en un borrico, como los antiguos patriarcas, no como Alejandro Magno en su caballo Bucéfalo. (Muchos autores piensan que el profeta se inspiró en el paso de Alejandro por Palestina, camino de Egipto, para ofrecer una imagen muy distinta del monarca que esperaba.)

Zacarías 9, 9-10
Así dice el Señor:
Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén;
mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;
modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica.
Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén,
romperá los arcos guerreros,
dictará la paz a las naciones;
dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)

El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

San Antonio María Zaccaría
 


San Antonio María Zaccaria, presbítero, fundador de la Congregación de los Clérigos Regulares de San Pablo o Barnabitas, para la reforma de las costumbres de los fieles cristianos, y de las Hermanas Angélicas de San Pablo. Voló al encuentro del Salvador en Cremona, ciudad de la Lombardía.


Vida de San Antonio María Zaccaría


En este sacerdote que murió muy joven, sí que se cumplió aquella frase del Libro de la Sabiduría en la S. Biblia "Vivió muy poco tiempo, pero hizo obras como si hubiera tenido una vida muy larga".
Nació en Cremona, Italia, en 1502. Quedó huérfano de padre cuando tenía muy pocos años. Su madre, viuda a los 18 años, renunció a nuevos matrimonios que se le ofrecían con tal de dedicarse totalmente a la educación de su hijita y los resultados que obtuvo fueron admirables.
Estudió medicina en la Universidad de Padua, y allí supo cuidarse muy bien para huir de las juergas universitarias y así conservar la santa virtud de la castidad. Desde joven renunció a los vestidos elegantes y costosos, y vistió siempre como la gente pobre, y el dinero que ahorraba con esto, lo repartía entre los más necesitados.
A los 22 años se graduó de médico y su gran deseo era dedicarse totalmente a atender a las gentes más pobres, la mayor parte de las veces gratuitamente, y aprovechar su profesión para ayudarles también a sus pacientes a salvar el alma y ganarse el cielo. Pero unos años después, sus directores espirituales le aconsejaron que hiciera también los estudios sacerdotales, y así logró ordenarse de sacerdote. Así fue doblemente médico: de los cuerpos y de las almas.
Antonio María tuvo siempre desde muy pequeño un inmenso amor por los pobres. Ya en la escuela, volvía a veces a casa sin saco, porque lo había regalado a algún pobrecito que había encontrado por ahí tiritando de frío. Durante sus años de profesional y sacerdote, todo lo que consigue lo reparte entre los más necesitados.
Se trasladó a Milán (la ciudad de mayor número de habitantes en Italia) porque en esa gran ciudad tenía más posibilidades de extender su apostolado a muchas gentes. Y allí, por medio de la hermana Luisa Torelli fundó la comunidad de las hermanas llamadas "Angelicales" (nombre que les pusieron porque su convento se llamaba de "Los Santos Ángeles"). El fin de esta comunidad era preservar a las jovencitas que estaban en peligro de caer en vicios, y redimir y volver al buen camino a las que ya habían caído. Estas hermanas le ayudaron muchísimo a nuestro santo en todos sus apostolados.
Luego con otros compañeros fundó la Comunidad llamada "Clérigos de San Pablo" los cuales, por vivir en un convento llamado de San Bernabé, fueron llamados por la gente "Los Padres Bernabitas". Esta congregación tenía por fin predicar para convertir a los pecadores, extender por todas partes la devoción a la Pasión y muerte de Cristo, y a su santa Cruz. Y esforzarse lo más posible por tratar de obtener la renovación de la vida espiritual y piadosa entre el pueblo, que estaba muy decaída y relajada. Estos religiosos hicieron tanto bien en la ciudad y sus alrededores que unos años más tarde, San Carlos, gran arzobispo de Milán, dirá de ellos: "Son la ayuda más formidable que he encontrado en mi arquidiócesis".
San Antonio María sentía un gran cariño por la Sagrada Eucaristía, donde está Cristo presente en la Santa Hostia, con su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad. Por eso propagó por todas partes la devoción de las Cuarenta Horas, que consiste en dedicar tres días cada año, en cada templo, a honrar solemnemente a la Stma. Eucaristía con rezos, cantos y otros actos solemnes de culto.
Otra de sus grandes devociones era la pasión y muerte de Cristo. Cada viernes, a las tres de la tarde hacía sonar las campanas, para recordar a la gente que a esa hora había muerto Nuestro Señor. Siempre llevaba una imagen de Jesús crucificado, y se esmeraba por hacer que sus oyentes meditaran en los sufrimientos de Jesús en su Pasión y Muerte, porque esto aumenta mucho el amor hacia el Redentor. Y una tercera devoción que lo acompaño en sus años de sacerdocio fue un enorme entusiasmo por las Cartas de San Pablo. Su lectura lo emocionaba hasta el extremo, y de ellas predicaba, y a sus discípulos les insistía en que leyeran tan preciosas cartas frecuentemente, y que meditaran en sus importantísimas enseñanzas. A él le sucedió lo que le ha pasado a miles y millones de creyentes en el mundo entero, que al leer las Cartas de San Pablo han descubierto en ellas unos mensajes celestiales tan interesantes que quedan entusiasmados para siempre por su lectura y meditación.
A nuestro santo le correspondió vivir en los tiempos difíciles en los que en Alemania el falso reformador Lutero proclamaba una falsa reforma en la religión, y en Roma y España, San Ignacio y sus jesuitas empezaban a trabajar por conseguir una verdadera reforma de la Iglesia, y muchísimos católicos sentían un intenso deseo que empezara una era de mayor fervor y menos frialdad y maldad. San Antonio María fue uno de los que con su enorme apostolado preparó la gran Reforma de la Iglesia Católica que iba a traer el Concilio de Trento.
Siendo aún muy joven, sintió que de tanto trabajar por el apostolado, le faltaban las fuerzas. Se fue a casa de su santa madre, y en sus brazos murió el 5 de julio de 1539. Tenía apenas 37 años, pero había hecho labores apostólicas como si hubiera trabajado por tres docenas de años más. El Papa León XIII lo declaró santo en 1897. Y nosotros le pedimos a San Antonio Zaccaría, que pida mucho al buen Dios para que la Iglesia Católica se renueve día por día y no vaya a caer nunca en la relajación y que no se enfríe nunca en el santo fervor que Nuestro Señor quiere de cada uno de los creyentes.




viernes, 3 de julio de 2020

Párate un momento: El Evangelio del dia 4 DE JULIO – SÁBADO – 13ª – SEMANA DEL T. O. – A – Santa Isabel de Portugal





4 DE JULIO – SÁBADO –
13ª – SEMANA DEL T. O. – A –
Santa Isabel de Portugal

Lectura de la profecía de Amós (9,11-15):
Así dice el Señor:
«Aquel día, levantaré la tienda caída de David, taparé sus brechas, levantaré sus ruinas como en otros tiempos. Para que posean las primicias de Edom, y de todas las naciones, donde se invocó mi nombre. –oráculo del Señor–.
Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que el que ara sigue de cerca al segador; el que pisa las uvas, al sembrador; los montes manarán vino, y fluirán los collados. Haré volver los cautivos de Israel, edificarán ciudades destruidas y las habitarán, plantarán viñas y beberán de su vino, cultivarán huertos y comerán de sus frutos. Los plantaré en su campo, y no serán arrancados del campo que yo les di, dice el Señor, tu Dios.»
Palabra de Dios

Salmo: 84

R/. Dios anuncia la paz a su pueblo
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón.» R/.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,14-17):
En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?»
Jesús les dijo:
 «¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan los odres; se derrama el vino, y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan.»

Palabra del Señor

1.  Un día dijo Jesús que "la Ley y los Profetas llegaron hasta Juan Bautista: a partir de entonces se anuncia el Reino de Dios" (Lc 16, 16).
Según este principio, los discípulos de Juan, al igual que los de los fariseos, vivían sometidos a la Ley. Por eso, lógicamente, tenían sus días de ayuno. El ayuno es una de las obligaciones que no pocas religiones imponen a sus fieles.
Los discípulos de Jesús estaban recibiendo otra educación: lo determinante para ellos no era someterse a la Ley, sino vivir la experiencia del Reino de Dios, que, a juicio de Jesús, es la experiencia del gozo y de la vida.
La experiencia que se simboliza en el gran banquete del reino, en el que entran todos, "buenos y malos"; y en el que hay alegría para todos por igual (Mt 22, 1-10; Lc 14, 15-24).

2.  De acuerdo con lo dicho, el ayuno es luto de muerte, en tanto que los discípulos de Jesús viven en la fiesta de una boda sin fin. Y conste que la apelación a que "un día se llevarán al novio y entonces ayunarán" es texto redaccional, es decir, añadido por Mateo.   Seguramente para justificar la costumbre de ayunar que, ya en aquel tiempo, se había introducido en alguna comunidad, cristiana.

3.  El problema que plantea este evangelio no se limita al ayuno, aunque es bastante secundario en la vida. Lo que Jesús enseña aquí, con las metáforas del remiendo y el vino, es que los cristianos no debemos hacer componer o buscar fórmulas de compromiso entre lo viejo y lo nuevo. Lo que define a los discípulos de Jesús no es la privacidad sino la alegría compartida.

Santa Isabel de Portugal



(Santa Isabel de Portugal o de Aragón; Zaragoza, hacia 1274 - Estremoz, Portugal, 1336)

Reina de Portugal. Merced a su matrimonio con el monarca luso Dionís, fue reina de Portugal entre 1288 y su fallecimiento, período durante el cual contribuyó de forma decisiva a la consolidación de la monarquía en el país ibérico.
Hija de Pedro III de Aragón y de Constanza de Nápoles, y por lo tanto nieta de Jaime I el Conquistador y del emperador Federico de Suabia, recibió una esmerada educación palaciega, conforme a los postulados de su época, aunque parece que desde muy joven la princesa Isabel ya destacó por tener una personalidad piadosa y caritativa.
Antes de cumplir los diez años, sin embargo, su padre había entablado negociaciones con el monarca portugués, mediante los embajadores Conrado de Lanza y Beltrán de Vilafranca, para el matrimonio entre su hija y el rey luso. Éste aceptó gustoso, y donó a la princesa, en calidad de arras, los señoríos de Obidos, Abrantes y Porto de Mos, donación verificada en abril de 1281.
Con las negociaciones ya avanzadas, en febrero de 1288 una embajada de Dionís con sus más importantes consejeros, João Velho, João Martins y Vasco Pires, llegaba a Barcelona para celebrar el matrimonio por poder y, a continuación, escoltar a la princesa hasta la villa portuguesa de Trancoso, donde se iba a celebrar la ceremonia religiosa. Finalmente, el 24 de junio tuvo lugar el enlace, seguido de la celebración de unas fiestas ensalzadas por la historiografía como las más importantes de la Plena Edad Media lusa.
Después del matrimonio, la vida de la reina Isabel comenzó a mostrar la dualidad de caracteres que marcarían su devenir biográfico: por una parte, su carácter caritativo y piadoso; por otro, la fortaleza política de una mujer que, enfrentada a grandes vaivenes gubernativos, hizo lo posible por sobreponerse a los acontecimientos. En principio, la vida en la corte portuguesa no era, ni por asomo, parecida a la exquisitez de la aragonesa. La ambición del estamento nobiliario portugués, copado en gran medida por los propios miembros de la familia real, era cada vez mayor, personificado especialmente por Alfonso, hermano del rey, y también su principal enemigo para mantener la paz del reino, pues no dejaba de conspirar para derribar a Dionís del trono. Muy pronto se le uniría la rebeldía del hijo primogénito.
En los primeros tiempos de su estancia en Portugal, la reina Isabel comenzó a ganarse las simpatías del pueblo luso por su carácter piadoso y devoto, pues el pueblo siempre ha admirado en especial esta veta altruista de sus gobernantes, sobre todo en un universo religioso como era el mundo medieval. De esta manera, las continuas fundaciones religiosas de la reina Isabel (como el de San Bernardo de Almoster), la contribución al sostenimiento de otras (principalmente, el lisboeta monasterio de la Trinidad), así como los hospitales de asistencia fundados por ella (en Coimbra, Leiría y Santarém), ayudaron a que su popularidad entre el pueblo fuese una de las de mayor nivel entre los gobernantes medievales.
Los problemas, sin embargo, comenzaron a llegar por los continuos enfrentamientos, primero verbales, más tarde conspiradores, de su cuñado Alfonso, deseoso de hacerse con el trono portugués en detrimento de su hermano, el rey Dionís; por otra parte, las continuas infidelidades de éste, evidentemente, no hacían presagiar un matrimonio demasiado bien avenido, pues, a pesar de que la bastardía regia era un fenómeno relativamente tolerado en el medievo, las acusadas convicciones éticas de la reina Isabel lo desaprobaban por completo.
A pesar de ello, la reina acogió a los hijos bastardos de Dionís en la corte, y si no los trató como a su propia descendencia, al menos les mostró el respeto que debía como reina y cristiana. Esta acción piadosa, sin embargo, comenzó a ser una fuente de problemas tras el nacimiento de los dos primeros hijos de Dionís e Isabel: la infanta Constanza (1290-1313), que se casó con el rey de Castilla, Fernando IV, y el príncipe Alfonso (1291-1357), que sería posteriormente rey como Alfonso IV. Los problemas se agravaron en la segunda década del siglo XIV, pues Alfonso (cuyo apodo era el Bravo, por motivos obvios) comenzó a alarmarse por el incomparable ascendente que, en la corte de Dionís, en su consejo y en la toma de decisiones políticas, había comenzado a contraer uno de los hijos ilegítimos del rey, el infante Alfonso Sánchez.
Ante la sospecha de que Dionís había solicitado a la Santa Sede la concesión de legitimidad para su hermano, en detrimento de su propio acceso al trono, Alfonso el Bravo decidió rebelarse, contado con cierta ayuda diplomática de la regente de Castilla, la reina María de Molina. Dionís, enfurecido, arremetió contra su hijo de manera violenta, lo que significó el inicio de las hostilidades paterno-filiales, apoyados ambos en parte de la aristocracia lusa afín a sus causas.
Por lo que respecta a la reina Isabel, además del profundo dolor que una madre podía sentir al ver peleando a padre e hijo, la cuestión fue un poco más complicada. Desde 1318, las tropas de Alfonso instalaron su base de operaciones en el norte del país, en Coimbra y Leiría. Casualmente, el señorío de esta última villa había sido concedido por Dionís a su esposa, con lo que el rey debió entrever en su toma por Alfonso una cierta participación de Isabel en la conspiración de su hijo.
El resultado fue que la reina fue privada del señorío, la jurisdicción y las rentas de Leiría, además de pasar a residir, bajo fuerte vigilancia militar, en el castillo de Alemquer. A la desesperación de Isabel se unió el temor de que, en la primavera de 1319, ambos ejércitos parecían enfrentarse en Leiría, aunque finalmente Alfonso huyó hacia Santarém.
Durante dos largos años, 1319-1321, los partidarios de Alfonso sostuvieron una especie de guerra de guerrillas contra el ejército real en la zona norte del país, rehusando siempre el enfrentamiento directo al ser el enemigo superior en número. Durante 1321, Alfonso de apoderó de Coimbra, Montemor o Velho, Feira y Oporto, y llegó a sitiar Guimarães, uno de los principales bastiones de su padre. Al saber las noticias del frente, la reina Isabel logró escapar de su vigilancia en Alemquer para dirigirse hacia esta última ciudad, con el objeto de hacer a su hijo desistir de su vano intento, asegurándole que no había ninguna intención, por parte de Dionís, de subrogarle su legitimidad al trono.
A pesar de esta intervención, y de contar con la ayuda de otro de los bastardos de Dionís, Pedro, conde de Barcelos, Alfonso no desistió de su intento, y mucho más al saber que las tropas reales, con su padre al frente, sitiaban la guarnición alfonsina de Coimbra. Hacia allí se dirigió con su ejército, comitiva seguida muy cerca por la reina Isabel quien, momentos antes de la inminente batalla, logró lo imposible: forzar a padre e hijo a la concordia, aunque no pudo evitar una escaramuza antes de su llegada.
El acuerdo consistía en que Alfonso se retiraría a Pombal y Dionís a Leiría, para licenciar a sus respectivas tropas; posteriormente, el rey prometería respetar el derecho de sucesión si su hijo le prestaba un homenaje público de fidelidad. Aunque no se sabe con certeza si se produjo, lo cierto es que la primera intervención de la reina Isabel se saldó con éxito, si bien efímero, puesto que la chispa de la guerra civil no tardaría en extenderse debido a los intereses particulares de la aristocracia que apoyaba al príncipe rebelde. A los pocos meses, de nuevo Alfonso, encabezando un ejército nobiliario, se dirigió desde Santarém hacia Lisboa, a pesar de que el rey le había conminado, mediante varios mensajeros, a que se detuviese.
De nuevo fue necesario que la reina, montada a caballo, se interpusiera entre ambos contendientes para detener el derramamiento de sangre. Desde luego, el ejemplo de la reina Isabel, uno de los más insólitos en el medievo, no fue suficiente para que se calmaran las ansias de su hijo, y mucho menos para que la ambición aristocrática se frenase. En cualquier caso, y para conmemorar la ocasión, la reina quiso engalanar el lugar con la edificación de un monumento, situado en el actual Campo Grande (Lisboa), en recuerdo de la paz conseguida allí para todo el reino.
Poco tiempo después, en 1325, falleció el rey Dionís y, a pesar de ciertas dificultades por el recelo de la nobleza, la sucesión, en mano de Alfonso IV, pareció realizarse sin necesidad de violencia por ninguna parte. La desaparición de uno de los protagonistas del conflicto casi fue la razón de que éste acabase; así debió entenderlo la reina Isabel, después de sus intentos de mediación, ya que, tras el entierro del rey en el cenobio de Odivelas, residió algún tiempo en ese lugar, donde, sin duda, recuperó sus verdaderas inquietudes espirituales, apartadas durante los tiempos problemáticos.
Al año siguiente, 1286, la reina Isabel regresó a Coimbra, donde fundó el monasterio de Santa Clara-a-Velha y un hospital para la asistencia a los más desfavorecidos socialmente. No profesó la clausura clarisa, pero sí vivió en el convento una vida de austeridad espiritual durante los años siguientes; buena muestra de su cultivo de la espiritualidad son las dos peregrinaciones a Santiago de Compostela llevadas a cabo en 1327 y en 1335, como una peregrina más, sin otra compañía que algunas damas de su antigua corte que, por motivos igualmente, piadosos, quisieron acompañarla.
Precisamente al regreso de la última peregrinación, en 1336, la reina tuvo noticias de nuevos conflictos familiares, esta vez entre su hijo, Alfonso IV, y el rey de Castilla, Alfonso XI, que era nieto de Isabel. Las tropas portuguesas habían sido de nuevo armadas para intervenir en el país vecino, y se hallaban concentradas en Estremoz, lugar al que se dirigió la reina para, otra vez, intervenir en un conflicto familiar. Fue recibida por su hijo en el castillo de la citada villa, pero, sintiéndose enferma, se retiró a descansar. Unas pocas horas más tarde, el 4 de julio de 1336, fallecería, no sin antes haber hecho prometer a su hijo que de ninguna manera se enfrentaría de manera fratricida con su nieto, y sobrino del propio rey.
La intervención pacifista de Isabel la acompañó, como se puede comprobar, hasta su propio lecho de muerte. Fue sepultada en el convento de clarisas de Coimbra que ella misma había fundado, aunque fue transportado posteriormente hacia Santa Clara-a-Nova, donde reposa en la actualidad. Su actividad piadosa, así como el grato recuerdo que dejó tanto en Portugal como España, fueron motivo para que su leyenda se engrandeciese notablemente. De esta forma, en tiempos del monarca luso Manuel el Afortunado se iniciaron los trámites para su canonización. Fue beatificada el 15 de abril de 1516, mediante bula del papa León X, si bien únicamente para el obispado de Coimbra. Su definitiva canonización tuvo lugar el 25 de mayo de 1625, a cargo del papa Urbano VIII.



jueves, 2 de julio de 2020

Párate un momento: El Evangelio del dia 3 DE JULIO – VIERNES – 13ª – SEMANA DEL T. O. – A – Santo Tomás apóstol




3 DE JULIO – VIERNES –
13ª – SEMANA DEL T. O. – A –
Santo Tomás apóstol

Lectura de la carta a los Efesios (2,19-22):
Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.
Palabra de Dios

Salmo: 116

R/. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo todos los pueblos. R/.
Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R/.

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,24-29):
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.  Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Palabra del Señor

1,- Las fiestas de los Santos Apóstoles nos recuerdan que la Iglesia es apostólica, que estamos cimentados sobre el testimonio de los que vieron y tocaron la Palabra de la Vida.
San Pablo, en esta breve lectura y en el contexto que la rodea, nos está presentando cómo por medio de la cruz, Cristo ha llegado a reunir a todos, judíos y gentiles, en un solo pueblo.
Ahora, todos podemos alcanzar la salvación mesiánica, todos entramos en la construcción de esta nueva morada cuyo cimiento son los apóstoles.
Sin embargo, no podemos olvidar que Cristo es la piedra angular, es la clave de bóveda que mantiene todo el edificio. Por la sangre de Cristo derramada en la cruz, se nos ha otorgado esta gracia de ser familia de Dios. Los apóstoles son los primeros testigos de esto, pero Cristo es el centro.
¿Ponemos a Cristo en el centro de toda nuestra vida, de todos nuestros proyectos?
¿Hacemos posible que la reconciliación obrada por Cristo llegue a todos los hombres, para que todos puedan entrar a gozar de su salvación?

2.-  Siempre que he contemplado el bellísimo cuadro de Caravaggio “La duda de Santo Tomás”, me he preguntado si el apóstol realmente se atrevió a meter su mano en el costado de Cristo y sus dedos en los agujeros de los clavos, o, quizás más bien, sonrojado por la vergüenza, cayó postrado adorando a Jesús vivo y presente delante de él, confesando como nos dice el Evangelio. “Señor mío y Dios mío”.
Sea lo que fuere, más me parece Tomás un buscador incansable, que quiere certezas, que busca llegar hasta el fondo de la realidad y que su fe sea razonable, que un incrédulo en el sentido estricto de la palabra.
Y, además, aunque este apóstol se ha convertido en prototipo de todos los que dudan o son incrédulos, creo que tenemos que darle las gracias, pues arrancó del Señor la bienaventuranza que alcanza a todos los que, fiados en su testimonio, hemos creído en el Señor Jesús sin haber visto o tocado.

3.-  Por último, me gustaría llamar la atención sobre lo que me parece la realidad profunda de este Evangelio de hoy: la Encarnación de Jesucristo es real, Jesús Resucitado no es un fantasma.
De qué manera tan sutil pero tan plástica, el evangelista, el discípulo amado, dirige nuestra atención al costado, las manos, el tocar, todo se hace tangible. Lo hizo en la última cena, pues él mismo recostó su cabeza sobre el pecho de Jesús; lo hizo en el Calvario, relatando el hecho del costado traspasado, “el que lo vio es el que da testimonio y su testimonio es verdadero, y lo que dice es verdad para que también vosotros creáis”; y lo vuelve a hacer al final de su Evangelio, culminando todo el proceso con esa confesión de fe, la más perfecta si cabe de todo el Evangelio, de Tomás, el “incrédulo”: “Señor mío y Dios mío”, palabras que nos recuerdan el comienzo del prólogo: “La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios,… se hizo carne y acampó entre nosotros”.
Por este Jesús, Hombre y Dios, dieron la vida los apóstoles y así se convirtieron en fundamento de nuestra fe.

Santo Tomás apóstol



Martirologio Romano: Fiesta de santo Tomás, apóstol, quien, al anunciarle los otros discípulos que Jesús había resucitado, no lo creyó, pero cuando Jesús le mostró su costado traspasado por la lanza y le dijo que pusiera su mano en él, exclamó: «Señor mío y Dios mío». Y con esta fe que experimentó es tradición que llevó la palabra del Evangelio a los pueblos de la India.

Etimológicamente: Tomás = "gemelo", viene del arameo

Breve Semblanza

La tradición antigua dice que Santo Tomás Apóstol fue martirizado en la India el 3 de julio del año 72. Parece que en los últimos años de su vida estuvo evangelizando en Persia y en la India, y que allí sufrió el martirio.

De este apóstol narra el santo evangelio tres episodios.

El primero sucede cuando Jesús se dirige por última vez a Jerusalén, donde según lo anunciado, será atormentado y lo matarán.
En este momento los discípulos sienten un impresionante temor acerca de los graves sucesos que pueden suceder y dicen a Jesús: "Los judíos quieren matarte y ¿vuelves allá? Y es entonces cuando interviene Tomás, llamado Dídimo (en este tiempo muchas personas de Israel tenían dos nombres: uno en hebreo y otro en griego. Así por ej. Pedro en griego y Cefás en hebreo). Tomás, es nombre hebreo. En griego se dice "Dídimo", que significa lo mismo: el gemelo.
Cuenta San Juan (Jn. 11,16) "Tomás, llamado Dídimo, dijo a los demás: Vayamos también nosotros y muramos con Él".  Aquí el apóstol demuestra su admirable valor. Un escritor llegó a decir que en esto Tomás no demostró solamente "una fe esperanzada, sino una desesperación leal". O sea: él estaba seguro de una cosa: sucediera lo que sucediera, por grave y terrible que fuera, no quería abandonar a Jesús. El valor no significa no tener temor. Si no experimentáramos miedo y temor, resultaría muy fácil hacer cualquier heroísmo. El verdadero valor se demuestra cuando se está seguro de que puede suceder lo peor, sentirse lleno de temores y terrores y sin embargo arriesgarse a hacer lo que se tiene que hacer. Y eso fue lo que hizo Tomás aquel día. Nadie tiene porque sentirse avergonzado de tener miedo y pavor, pero lo que sí nos debe avergonzar totalmente es el que a causa del temor dejemos de hacer lo que la conciencia nos dice que sí debemos hacer, Santo Tomás nos sirva de ejemplo.

La segunda intervención:
Sucedió en la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles: "A donde Yo voy, ya sabéis el camino". Y Tomás le respondió: "Señor: no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" (Jn. 14, 15). Los apóstoles no lograban entender el camino por el cual debía transitar Jesús, porque ese camino era el de la Cruz. En ese momento ellos eran incapaces de comprender esto tan doloroso. Y entre los apóstoles había uno que jamás podía decir que entendía algo que no lograba comprender. Ese hombre era Tomás. Era demasiado sincero, y tomaba las cosas muy en serio, para decir externamente aquello que su interior no aceptaba. Tenía que estar seguro. De manera que le expresó a Jesús sus dudas y su incapacidad para entender aquello que Él les estaba diciendo.

Admirable respuesta:
Y lo maravilloso es que la pregunta de un hombre que dudaba obtuvo una de las respuestas más formidables del Hijo de Dios. Una de las más importantes afirmaciones que hizo Jesús en toda su vida. Nadie en la religión debe avergonzarse de preguntar y buscar respuestas acerca de aquello que no entiende, porque hay una verdad sorprendente y bendita: todo el que busca encuentra.
Le dijo Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" Ciertos santos como por ejemplo el Padre Alberione, Fundador de los Padres Paulinos, eligieron esta frase para meditarla todos los días de su vida. Porque es demasiado importante como para que se nos pueda olvidar. Esta hermosa frase nos admira y nos emociona a nosotros, pero mucho más debió impresionar a los que la escucharon por primera vez.
En esta respuesta Jesús habla de tres cosas supremamente importantes para todo israelita: el Camino, la Verdad y la Vida. Para ellos el encontrar el verdadero camino para llegar a la santidad, y lograr tener la verdad y conseguir la vida verdadera, eran cosas extraordinariamente importantes.
En sus viajes por el desierto sabían muy bien que si equivocaban el camino estaban irremediablemente perdidos, pero que, si lograban viajar por el camino seguro, llegarían a su destino. Pero Jesús no sólo anuncia que les mostrará a sus discípulos cuál es el camino que seguir, sino que declara que Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.
Notable diferencia: Si le preguntamos al alguien que sabe muy bien: ¿Dónde queda el hospital principal? Puede decirnos: siga 200 metros hacia recto y 300 hacia la derecha y luego suba 15 metros... Quizás logremos llegar. Quizás no. Pero si en vez de darnos eso respuesta nos dice: "Sígame, que yo voy para allá", entonces sí que vamos a llegar con toda seguridad. Es lo que hizo Jesús: No sólo nos dijo cuál era el camino para llegar a la Vida Eterna, sino que afirma solemnemente: "Yo voy para allá, síganme, que yo soy el Camino para llegar con toda seguridad". Y añade: Nadie viene al Padre sino por Mí: "O sea: que, para no equivocarnos, lo mejor será siempre ser amigos de Jesús y seguir sus santos ejemplos y obedecer sus mandatos. Ese será nuestro camino, y la Verdad nos conseguirá la Vida Eterna".

El hecho más famoso de Tomás
Los creyentes recordamos siempre al apóstol Santo Tomás por su famosa duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo glorioso.
Dice San Juan (Jn. 20, 24) "En la primera aparición de Jesús resucitado a sus apóstoles no estaba con ellos Tomás. Los discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Él les contestó: "si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su constado, no creeré". Ocho días después estaban los discípulos reunidos y Tomás con ellos. Se presento Jesús y dijo a Tomás: "Acerca tu dedo: aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en la herida de mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Tomás le contestó: "Señor mío y Dios mío". Jesús le dijo: "Has creído porque me has visto. Dichosos los que creen sin ver".
Parece que Tomás era pesimista por naturaleza. No le cabía la menor duda de que amaba a Jesús y se sentía muy apesadumbrado por su pasión y muerte. Quizás porque quería sufrir a solas la inmensa pena que experimentaba por la muerte de su amigo, se había retirado por un poco de tiempo del grupo. De manera que cuando Jesús se apareció la primera vez, Tomás no estaba con los demás apóstoles. Y cuando los otros le contaron que el Señor había resucitado, aquella noticia le pareció demasiado hermosa para que fuera cierta.
Tomás cometió un error al apartarse del grupo. Nadie está peor informado que el que está ausente. Separarse del grupo de los creyentes es exponerse a graves fallas y dudas de fe. Pero él tenía una gran cualidad: se negaba a creer sin más ni más, sin estar convencido, y a decir que sí creía, lo que en realidad no creía. El no apagaba las dudas diciendo que no quería tratar de ese tema. No, nunca iba a recitar el credo un loro. No era de esos que repiten maquinalmente lo que jamás han pensado y en lo que no creen. Quería estar seguro de su fe.
Y Tomás tenía otra virtud: que cuando se convencía de sus creencias las seguía hasta el final, con todas sus consecuencias. Por eso hizo es bellísima profesión de fe "Señor mío y Dios mío", y por eso se fue después a propagar el evangelio, hasta morir martirizado por proclamar su fe en Jesucristo resucitado. Preciosas dudas de Tomás que obtuvieron de Jesús aquella bella noticia: "Dichosos serán los que crean sin ver".

Fuente: www.ewtn.com