martes, 28 de marzo de 2017

Parate un momento: El Evangelio del dia 29 DE MARZO – MIÉRCOLES – 4ª - SEMANA DE CUARESMA - A SAN EUSTASIO.




29 DE MARZO – MIÉRCOLES –
4ª - SEMANA DE CUARESMA - A
SAN EUSTASIO.

Evangelio según san Juan 5, 17-30
    En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
"Mi Padre sigue actuando y yo también actúo".
Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo violaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Jesús tomó la palabra y les dijo:
"Os lo aseguro: el Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace, y le mostrará obras mayores que esta para vuestro asombro.
Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.
Os lo aseguro: quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado ya de la muerte a la vida.
Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del Hombre. No os sorprenda que venga la hora en la que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condena.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según lo oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió".

1.  En este discurso, que el evangelio de Juan pone en boca de Jesús, queda patente que, a juicio de los judíos que oían a Jesús, este afirma con claridad que era igual a Dios (Jn 5, 18 b). Y esto precisamente era lo que irritaba a los dirigentes judíos hasta el extremo de que, por eso, querían matarlo (Jn 5, 18 a).
Pero este texto precisa algo que resulta decisivo. Este discurso está puesto inmediatamente    después de la curación del paralítico de la piscina (Jn 5, 1-9 a). Pero Jesús curó a aquel hombre un día que era sábado (Jn 5, 9 b). Y eso es lo que sacó de quicio a los judíos observantes.
El evangelio lo dice: "Precisamente por eso empezaron los dirigentes judíos a perseguir a Jesús" (Jn 5, 16).

2.  Esto quiere decir lo siguiente: a los observantes religiosos, lo que directamente les preocupaba no era el tema dogmático de Dios, sino el tema legal del sábado. Así las cosas, lo que no soportaban aquellos hombres es que un individuo, que no se les sometía a ellos en las normas rigurosas relativas al sábado, ese individuo, además, dijera que hacía aquello porque Dios estaba con él y estaba de acuerdo con lo que él hacía. Lo cual, lógicamente, equivalía a afirmar que era Dios mismo el que no estaba de acuerdo con aquellas extrañas y rigurosas normas  religiosas que ellos le imponían a la gente.

3.  Con frecuencia ocurre que a la gente religiosa le preocupan más las observancias, las normas, los ritos y las ceremonias que aquel a quien todo eso se dirige y a quién se supone que debe rendirse el debido culto. O sea, interesan más
las normas y las ceremonias que el Dios que supuestamente es el que quiere las normas y las ceremonias.  Los medios se anteponen al fin.
A muchas personas religiosas se les nota demasiado que les interesan más las observancias religiosas que tener claro y firme el concepto de Dios y su fe-confianza en Dios.

SAN EUSTASIO.


Vida de San Eustasio de Luxeüil
Nació Eustasio pasada la segunda mitad del siglo VI, en Borgoña.
Fue discípulo de san Columbano, monje irlandés que pasó a las Galias buscando esconderse en la soledad y que recorrió el Vosga, el Franco-Condado y llegó hasta Italia. Fundó el monasterio de Luxeüil a cuya sombra nacieron los célebres conventos de Remiremont, Jumieges, Saint-Omer, Foteines etc.  
Eustasio tiene unos deseos grandes de encontrar el lugar adecuado para la oración y la penitencia. Entra en Luxeüil y es uno de sus primeros monjes. Allí lleva una vida a semejanza de los monjes del desierto de oriente.
Columbano se ve forzado a condenar los graves errores de la reina Bruneguilda y de su nieto rey de Borgoña. Con esta actitud, por otra parte, inevitable en quien se preocupa por los intereses de la Iglesia, desaparece la calma que hasta el momento disfrutaban los monjes. Eustasio considera oportuno en esa situación autodesterrarse a Austrasia, reino fundado el 511, en el periodo merovingio, a la muerte de Clodoveo y cuyo primer rey fue Tierry, donde reina Teodoberto, el hermano de Tierry. Allí se le reúne el abad Columbano. Predican por el Rhin, río arriba, bordeando el lago Constanza, hasta llegar a tierras suizas.
Columbano envía a Eustasio al monasterio de Luxeüil después de nombrarle abad. Es en este momento -con nuevas responsabilidades- cuando la vida de Eustasio cobra dimensiones de madurez humana y sobrenatural insospechadas. Arrecia en la oración y en la penitencia; trata con caridad exquisita a los monjes, es afable y recto; su ejemplo de hombre de Dios cunde hasta el extremo de reunir en torno a él dentro del monasterio a más de seiscientos varones de cuyos nombres hay constancia en los fastos de la iglesia. Y el influjo espiritual del monasterio salta los muros del recinto monacal; ahora son las tierras de Alemania las que se benefician de él prometiéndose una época altamente evangelizadora.
Pero han pasado cosas en el monasterio de Luxeüil mientras duraba la predicción por Alemania. Un monje llamado Agreste o Agrestino que fue secretario del rey Tierry ha provocado la relajación y la ruina de la disciplina. Orgulloso y lleno de envidia, piensa y dice que él mismo es capaz de realizar idéntica labor apostólica que la que está realizando su abad; por eso abandona el retiro del que estaba aburrido hacía tiempo y donde ya se encontraba tedioso; ha salido dispuesto a evangelizar paganos, pero no consigue los esperados triunfos de conversión. Y es que no depende de las cualidades personales ni del saber humano la conversión de la gente; ha de ser la gracia del Espíritu Santo quien mueva las inteligencias y voluntades de los hombres y esto ordinariamente ha querido ligarlo el Señor a la santidad de quien predica. En este caso, el fruto de su misionar tarda en llegar y con despecho se precipita Agreste en el cisma.
Eustasio quiere recuperarlo, pero se topa con el espíritu terco, inquieto y sedicioso de Agreste que ha empeorado por los fracasos recientes y está dispuesto a aniquilar el monasterio. Aquí interviene Eustasio con un feliz desenlace porque llega a convencer a los obispos reunidos haciéndoles ver que estaban equivocados por la sola y unilateral información que les había llegado de parte de Agreste.
Restablecida la paz monacal, la unidad de dirección y la disciplina, cobra nuevamente el monasterio su perdida prestancia.
Sus grandes méritos se acrecentaron en la última enfermedad, con un mes entero de increíbles sufrimientos, que consumen su cuerpo sexagenario el 29 de marzo del año 625.



lunes, 27 de marzo de 2017

Párate un momento: El Evangelio del dia 28 DE MARZO – MARTES – 4ª- SEMANA DE CUARESMA San Sixto III, papa




28 DE MARZO – MARTES –
4ª- SEMANA DE CUARESMA
San Sixto III, papa

Evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16
    En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.
    Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, que aguardaban el movimiento del agua.
    Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
    Jesús, al verlo echado, y sabiendo que llevaba mucho tiempo, le dice:
“¿Quieres quedar sano?"
El enfermo le contestó:
"Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado”.
Jesús le dice:
"Levántate, toma tu camilla y echa a andar".
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
"Hoy es sábado y no se puede llevar la camilla".
El les contestó:
"El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar".
Ellos le preguntaron: “¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?"
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
    "Mira, has quedado sano, no peques más, no sea que te ocurra algo peor".
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
    Por eso los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

1.  Prescindiendo de otras cuestiones, que se pueden (y deben) analizar en este relato, hay un hecho que se repite con frecuencia en los evangelios y que aquí queda muy destacado.
Se trata de que Jesús curaba a enfermos crónicos, que no estaban en peligro de muerte, pero los curaba en el día de la semana (el sábado) que la religión de Israel prohibía hacer eso.
Como sabemos, esta insistente conducta de Jesús fue motivo de frecuentes y fuertes conflictos del propio Jesús con la religión. Como es lógico, si los evangelios hablan tantas veces de este asunto, es que eso tuvo notable importancia en el mensaje que Jesús quiso transmitir. Y en la vida del cristianismo primitivo.

2. ¿Qué actualidad tiene eso para nosotros hoy?
El descanso del sábado tuvo un origen liberador: asegurar un día de descanso, sobre todo a los esclavos (Ex 23, 12; Deut 5, 14; cf. 5, 15). Pero, con el paso del tiempo, la legislación del
sábado se fue haciendo más minuciosa y complicada. Hasta desembocar en cantidad de prohibiciones, que algunas estaban en la Biblia (Ex 16, 23; 35, 3; Num 15, 32), y otras fueron costumbres que impusieron los rabinos.
El hecho es que la observancia de estas normas llegó a tener más importancia que ayudar a los enfermos o aliviar sufrimientos a la gente. Esto suele ocurrir demasiadas veces con los rituales: la observancia de los minuciosos detalles del ritual
termina teniendo más importancia que aquello que el ritual representa.
Por eso los rituales acaparan la atención de los observantes y desvían los intereses del sujeto religioso. Con el rito, fielmente observado, tranquilizan los observantes su conciencia.
Por eso, es tan frecuente que las religiones no cambien la vida de gentes muy religiosas.

3. Esto último, sobre todo, es lo que Jesús no consintió. Porque, para Jesús, lo primero no era la sumisión a las normas religiosas, sino la misericordia con el dolor humano.
La religiosidad de Jesús no estaba centrada en "lo sagrado", sino en "lo humano". De ahí, el conflicto mortal que Jesús tuvo que afrontar.
Hasta que le costó la vida (Jn 11, 47-53).

San Sixto III, papa
Vida de San Sixto III, papa
Fue elegido papa a la muerte de san Celestino I, en el año 432, y ocupó la sede de Pedro por ocho años que fueron muy llenos de exigencias.
Durante su vida se vio envuelto casi de modo permanente en la lucha doctrinal contra los pelagianos, siendo uno de los que primeramente detectó el mal y combatió la herejía que había de condenar al papa Zósimo. De hecho, Sixto escribió dos cartas sobre este asunto enviándolas a Aurelio, obispo que condenó a Celestio en el concilio de Cartago, y a san Agustín. Se libraba en la Iglesia la gran controversia sobre la Gracia sobrenatural y su necesidad tanto para realizar buenas obras como para conseguir la salvación.
Pelagio fue un monje procedente de las islas Británicas. Vivió en Roma varios años ganándose el respeto y la admiración de muchos por su vida ascética y por su doctrina de tipo estoico, según la cual el hombre es capaz de alcanzar la perfección por el propio esfuerzo, con la ayuda de Dios solamente extrínseca -buenos ejemplos, orientaciones y normas disciplinares, etc., - ¡era un voluntarista! Además, la doctrina llevaba aneja la negación del pecado original. Y consecuentemente rechaza la necesidad de la redención de Jesucristo. De ahí se deriva a la ineficacia sacramentaria. Todo un monumental lío teológico basado en principios falsos que naturalmente Roma no podía permitir.
Y no fue sólo esto. El Nestorianismo acaba de ser condenado en el concilio de Éfeso, en el 431, un año antes de ser elegido papa Sixto III; pero aquella doctrina equivocada sobre Jesucristo había sido sembrada y las consecuencias no desaparecerían con las resoluciones conciliares. Nestorio procedía de Antioquía y fue obispo de Constantinopla. Mantuvo una cristología imprecisa en la terminología y errónea en lo conceptual, afirmando que en Cristo hay dos personas y negando la maternidad divina de la Virgen María; fue condenada su enseñanza por contradecir la fe cristiana; depuesto de su sede, recluido o desterrado al monasterio de san Eutropio, en Antioquía, muriendo impenitente fuera de la comunión de la Iglesia. El papa Sixto III intentó con notable esfuerzo reducirlo a la fe sin conseguirlo y a pesar de sus inútiles esfuerzos tergiversaron los nestorianos sus palabras afirmando que el papa no les era contrario.
Llovieron al papa las calumnias de sus detractores. El propio emperador Valentiniano y su madre Plácida impulsaron un concilio para devolverle la fama y el honor que estaba en entredicho. Baso -uno de los principales promotores del alboroto que privaba injustamente de la fama al Sumo Pontífice- muere arrepentido y tan perdonado que el propio Sixto le atiende espiritualmente al final de su vida y le reconforta con los sacramentos.
Como todo santo ha de ser piadoso, también se ocupó antes de su muerte -en el año 440 y en Roma-, de reparar y ennoblecer la antigua basílica de Santa María la Mayor que mandó construir el papa Liberio, la de San Pedro y la de San Lorenzo.



domingo, 26 de marzo de 2017

Párate un momento: El Evangelio del dia 27 DE MARZO - LUNES 4a SEMANA DE CUARESMA – A SAN RUPERTO, obispo






27 DE MARZO - LUNES
4a SEMANA DE CUARESMA – A

Evangelio según san Juan 4, 43-54
    En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había hecho esta afirmación:
"Un profeta no es estimado en su propia patria”.
    Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Cana de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafamaúm.   Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose, Jesús le dijo:
    "Como no veáis signos y prodigios, no creéis'.
El funcionario insiste:
"Señor, baja antes de que se muera mi niño".
Jesús le contesta:
“Anda, tu hijo está curado".
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino.
Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado.
Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
"Hoy a la una lo dejó la fiebre'.
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora cuando Jesús le había dicho "tu hijo está curado". Y creyó él con toda su familia.
Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

    1.  Se ha discutido si este relato es el mismo que el de la curación del siervo del centurión que procede de la fuente Q (Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10).
Hay quienes piensan que aquí tenemos un buen   ejemplo de la "transmisión oral" de los hechos y dichos de Jesús. Una transmisión que, al no haber quedado escrita desde el comienzo, fue modificada  y se diversificó en dos corrientes distintas: la del  centurión (pagano), al que se le cura un siervo; y la del funcionario real israelita), al que Jesús le sana a su hijo. Sea lo que sea de esta cuestión histórica, lo que aquí nos interesa es la enseñanza religiosa del evangelio de Juan.

 2.  Este relato, del IV evangelio, termina diciendo que este fue "el segundo signo que hizo Jesús".
La palabra "signo" (semeion) es clave en el conjunto de este evangelio. Todo él no es sino un conjunto de "signos" o "señales", es decir, hechos extraordinarios, que realizó Jesús, "para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios" (Jn 20, 30-31).
Jesús transmitía la fe mediante estas “señales" o hechos prodigiosos.
¿Qué hechos eran estos? 
Hacer que en una boda no faltase el vino abundante (Jn 2, 11); sanar a un niño moribundo (Jn I. 54); curar a los enfermos (Jn 6, 2); dar de comer a una multitud de pobres hambrientos (Jn 6, 14); dar la vista a un ciego (Jn 9, 16); devolver la vida al difunto Lázaro (Jn 11, 47; 12, 18).
Así pues, las "señales" de Jesús, que hacían nacer y crecer la fe de los discípulos y de la gente, eran siempre decisiones y hechos en favor de la vida, de la salud, de la comida y la bebida, del bienestar y felicidad de las gentes de su tiempo.

3.  Estos "signos fueron tan decisivos en el destino de Jesús, por la fuerza que tenían para producir y aumentar la fe, por eso las autoridades   judías vieron que tenían que matar a Jesús. Tal fue la decisión que tomaron aquellas autoridades a la vista del efecto que produjo la resurrección de Lázaro (Jn 11, 47-53).
Por tanto, la idea del evangelio de Juan es muy clara: la fe no se transmite con dogmas, normas y sermones, sino con hechos patentes a favor de la vida y la felicidad de todos.
Pero el que hace eso, se complicará la vida, quizá hasta la muerte. La religión no está dispuesta a cambiar su poder por la misericordia.

SAN RUPERTO, obispo

Obispo, misionero (año 710)
    Ruperto significa (en alemán) "hombre de fama brillante".
Fue el gran misionero que evangelizó el sur de Alemania, la región de Baviera. Era obispo de la ciudad de Worm. Acompañado de un buen número de misioneros llegó a Baviera en el año 697 y se presentó al duque Teodo, que era pagano, y le pidió permiso para evangelizar en esa región. Como llevaba recomendaciones del rey Childeberto, el duque le concedió el permiso de predicar. Una hermana del duque era cristiana y logró convencerlo para que fuera a escuchar los sermones de San Ruperto, y tanto le agradaron que al poco tiempo se hizo cristiano, y junto con gran número de los empleados de su palacio y de su gobierno se hizo bautizar. Esto facilitó mucho la obra de evangelización de San Ruperto y sus compañeros, porque ya en el gobierno no había oposición a la predicación.
El pueblo de Baviera demostró muy buenas disposiciones para aceptar el cristianismo. Y pronto los templos paganos se fueron transformando en templos cristianos y apoyados por las curaciones milagrosas que hacía, los sermones de San Ruperto lograron un gran número de conversiones.
Junto con sus misioneros fueron recorriendo las orillas del río Danubio predicando y convirtiendo a miles de personas. Llegando a la ciudad de Jerusalén obtuvo del gobierno el permiso de reconstruirla y cambiarle de nombre. Le puso el nombre de Salzburgo (nombre que se ha hecho después mundialmente famoso porque en esa ciudad nació y murió el célebre músico Mozart). En aquella ciudad construyó ocho edificios para obras religiosas y varios templos. Se fue a su tierra Irlanda y se trajo doce nuevos misioneros y convenció a su hermana Santa Erentrudes a que fundara un convento de religiosas allí, y ella y sus monjas contribuyeron mucho a propagar la religión por toda esa región. Los compañeros de San Ruperto eran tan fervorosos que tres de ellos han sido declarados santos por la Iglesia Católica.
El santo no sólo se preocupaba por la instrucción religiosa de su pueblo sino por su progreso material. En los alrededores de Salzburgo había unas fuentes de agua salada y las hizo explotar técnicamente obteniendo sal para todas las gentes de los alrededores.
En Alemania, Austria e Irlanda se levantaron después numerosos templos en honor de este gran misionero y evangelizador, como agradecimiento por sus grandes obras.
Señor: envíanos muchos santos misioneros que despierten la fe de nuestros pueblos y los hagan progresar, material y espiritualmente.


sábado, 25 de marzo de 2017

Párate un momento: El Evangelio del dia 26 de Marzo – Domingo - 4ª – Semana de Cuaresma Domingo Laetare




26 de Marzo – Domingo -
4ª – Semana de Cuaresma
Domingo Laetare

Lectura del primer libro de Samuel (16,1b.6-7.10-13a):
En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo:
«No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:
«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé:
«¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió:
«Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo:
«Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel:
«Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos.
En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Salmo 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,8-14):
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice:
«Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían:
«El mismo.»
Otros decían:
«No es él, pero se le parece.»
Él respondía:
«Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos.
Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó:    «Que es un profeta.»
Le replicaron:
«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo:
«Creo, Señor.»
Y se postró ante él.

El caso del testigo condenado.

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable. ¿Usted ha oído hablar de algo parecido?» Me lo dice el padre de un ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a las autoridades. Un caso que tiene conmocionada a Jerusalén en estos días de la gran fiesta.
Todo comenzó el sábado pasado, cuando un muchacho ciego de nacimiento fue curado de su ceguera por un galileo llamado Jesús. Al parecer, entre sus discípulos se planteó la discusión de si era ciego por culpa propia o de sus padres. Jesús dijo que nadie tenía la culpa, se agachó a recoger un poco de polvo, escupió sobre él y untó el barro en los ojos del ciego. Luego le mandó lavarse en la piscina de Siloé. Y cuando lo hizo, comenzó a ver.
Este corresponsal ha intentado ponerse en contacto con el ciego pero le ha resultado imposible. Tampoco hay noticias de Jesús, que parece haber abandonado la ciudad. Según algunos, este galileo se considera superior a Abrahán y Moisés y no se siente obligado a observar el sábado. Las autoridades, preocupadas por el escándalo que está provocando en la población, convocaron al ciego como testigo de cargo contra Jesús. Según su padre, se comportó de manera imprudente y de testigo terminó en acusado y condenado. No se extrañen. Jerusalén no es Alejandría. En Jerusalén todo es posible.

Una forma extraña de curar

En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará sobre todo poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «Lázaro, sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.
¿Qué pretende enseñarnos el evangelista?
No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.
Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado

La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma una vez más la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no tenían poder para expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía

El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que esto provocaba en muchos judíos piadosos, impidiéndoles hacerse cristianos. El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Después de verse curado, se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta». Porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» 

La verdadera visión

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Él lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la visión completa la recupera en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él.

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Es una pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso, Jesús es para ellos un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto, pero, como les dice Jesús al final, este convencimiento hace que permanezcan en su pecado.

 La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción.
La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.