sábado, 26 de marzo de 2016

Párate un momento: 27 de Marzo Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: Misa del día.






27 de Marzo
      Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: Misa del día. 

     Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
- «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan.  Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.  Nosotros somos testigos de todo lo que hizo la tierra de los judíos y en Jerusalén.  A este lo mataron, colgándolo de un madero.  Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.  Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos.  De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

SALMO RESPONSORIAL 117, 1-2. l6ab-17. 22-23

R./ Éste es el día en que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

·     Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. R. 
·     «La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. R. 

·     La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. R.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.  Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios.  Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, gloriosos, juntamente con él. 

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.  Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza. Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.  «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?»  «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja.  ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua».  Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda.  Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 1-9 

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.  Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
- «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.   Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.  Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.  Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Una elección extraña

            Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.
            Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: 
― Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. 

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.
Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.
El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.
El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

 Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:
a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

….Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.   …..que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. 


viernes, 25 de marzo de 2016

SÁBADO SANTO ¿QUÉ CELEBRAMOS ESTE DÍA?




SÁBADO SANTO
¿QUÉ CELEBRAMOS ESTE DÍA?

El Sábado Santo (denominado hasta la reforma litúrgica de 1955 Sábado de Gloria) es el nombre que algunas denominaciones cristianas dan al sábado de la semana del primer plenilunio de primavera (boreal).        

Es el tercer día del Triduo Pascual, que concluye con las primeras Vísperas del Domingo de Resurrección culminando así para los cristianos la Semana Santa.

Tras conmemorar el día anterior la muerte de Cristo en la Cruz, se espera el momento de la Resurrección. Es la conmemoración de Jesús en el sepulcro y su Descenso al Abismo. Una vez ha anochecido, tiene lugar la principal celebración cristiana del año: la Vigilia Pascual.

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección.

Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Se ensaya el aleluya, pero en voz baja. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.

La Cruz sigue entronizada desde ayer. Central, iluminada, con un paño rojo, con un laurel de victoria. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.

Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado. Después de su último grito de la cruz "¿por qué me has abandonado"?- ahora él calla en el sepulcro. Descansa: "consummatum est", "todo se ha cumplido".

Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. "Fulget crucis mysterium": "resplandece el misterio de la Cruz."

El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: "nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de Emaús.

Es un día de meditación y silencio. Algo parecido a la escena que nos describe el libro de Job, cuando los amigos que fueron a visitarlo, al ver su estado, se quedaron mudos, atónitos ante su inmenso dolor: "se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande" (Job. 2, 13).

Eso sí, no es un día vacío en el que "no pasa nada". Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la esposa. Callada, como él.

El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos - no tanto momentos cronológicos - de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado:


"...se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo...se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero".


jueves, 24 de marzo de 2016

Párate un momento: Evangelio del día 25 de marzo - VIERNES SANTO -






25 de marzo - VIERNES SANTO -

       Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1-19, 42.

       Cronista: En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ « ¿A quién buscáis?».
C. Le contestaron:
S. - «A Jesús, el Nazareno.»
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy».
C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles:«Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?».
C. Ellos dijeron:
S. - «A Jesús, el Nazareno».
C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mi, dejad marchar a estos».
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?». Llevaron a Jesús primero ante Anás
C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo». Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. - «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
C. Él dijo:
S. «No lo soy.»
C. Los criados y los guardias hablan encendido un brasero, porque hacia frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. ¿No eres tú también de sus discípulos? No lo soy
C. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy».
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».
C. Le contestaron:
S. «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mi?»
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
C. Pilato le dijo:
S. «Entonces, ¿tú eres rey?».
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?».
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. - «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
C. Volvieron a gritar:
S. «A ése no, a Barrabás».
C. El tal Barrabás era un bandido. ¡Salve, rey de los judíos!
C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. - «He aquí al hombre».
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».
C. Los judíos le contestaron:
S. - «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asusto aún más. Entró otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
S. - «¿De dónde eres tú?».
C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
S. «¿A mi no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mi, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor». ¡Fuera, fuera; crucifícalo!
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. - «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí a vuestro rey».
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?».
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César».
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Lo crucificaron, y con él a otros dos
C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas: "El rey de los judíos", sino: "Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos"».
C. Pilato les contestó:
S. - «Lo escrito, escrito está.» Se repartieron mis ropas
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca».
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica» Esto hicieron los soldados. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre
C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Está cumplido
C. Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dijo:
+ «Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido».
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Todos se arrodillan, y se hace una pausa. Al punto salió sangre y agua
C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran, Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron». Envolvieron el cuerpo de Jesús en los lienzos con los aromas
C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nícodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

       1.   La pregunta fundamental que hay que hacerse el Viernes Santo es esta: el relato de la pasión y muerte de Jesús, ¿quedó redactado, tal como está, para “divinizarnos” o más bien para “humanizarnos”?  Es decir, Jesús murió como murió, ¿para que seamos más “divinos”? ¿O para que seamos más “humanos”?  En principio se podría (y se tendría que) decir: para ambas cosas.  Lo cual es verdad.  Pero, ¿qué es lo primero y lo más inmediato que debemos pretender buscar y realizar?

       2.   La dificultad para responder a esta pregunta radica en que la significación de la muerte de Jesús nos ha llegado en dos tradiciones, que, en cuestiones muy fundamentales, no coinciden.  Y hasta se contraponen.  De forma que esto ha desconcertado — y sigue desconcertando -  a los teólogos, a la jerarquía eclesiástica y a los cristianos en general.

       3.   La tradición más antigua, y la que primero se difundió por las primeras “iglesias”
(asambleas) cristianas, es la que interpreta la muerte de Jesús como un acontecimiento “religioso” y “sagrado”: el “sacrificio sacerdotal”.  (Heb 7, 27; 9, 12; 10, 1; 1 Cor 10, 16-21)  y el acto de “expiación”  (Heb 5, 7; 7, 25; 9, 24)  por medio del cual quedó reparado el desorden radical, que procedía de la desobediencia del primer hombre, Adán, origen y causa del mal en el mundo.  Solo Cristo, mediante el sacrificio de su vida, restauró el orden perdido y redimió a la humanidad alejada de Dios.  El autor de esta tradición fue Pablo de Tarso, que la explica en sus cartas, entre los años 50 al 55.

       4. La tradición posteriori que se generalizó a partir de los años 70, presenta la muerte de Jesús como la ejecución de un sentenciado por las autoridades que legalmente podían dictar la condena (de un extranjero  o un esclavo)  a morir en el escarnio de la cruz.  Un acto así no podías en modo alguno, ni verse ni interpretarse como un acto religioso o sagrado.  Era todo lo contrario.  Para los romanos, el rechazo total de un criminal excluido por la sociedad y por los dioses (Cicerófl~ Lactancio).  Para los judíos,  la maldición del que moría colgado del madero, oprobio para la nación entera (Deut 21, 22 s; cf. Heb 13, 13; Gal 3, 13).  Esta tradición es la que presentan los cuatro evangelios, redactados cerca de veinte años después de la de Pablo.

5.   La dificultad para armonizar estas dos tradiciones está en que, según san pablo,
Jesús murió en la cruz porque así lo decidió Dios.  Mientras que, según los evangelios.  Jesús murió en la cruz porque vivió y habló de manera que las autoridades vieron en él una amenaza intolerable.  Los sacerdotes, lo vieron como un peligro para el templo y para la nación” (in 11, 48).  El gobernador romano, lo vio como un agitador subversivo que representaba una amenaza para el imperio (Jn 19, 12-16).

       6.   La pregunta,  por tanto, que se plantea es esta: ¿La muerte de Jesús fue un “sacrificioc religioso” o fue la “ejecución legal de un condenado a muerte”?  En consecuencia lo que el Crucificado nos enseña ¿es la obediencia a la religión y a Dios?  ¿O es la libertad solidaria ante los poderosos de este mundo, causantes de tanto sufrimiento y devastación en la tierra?  En el primer caso, estamos ante “lo divino”.  En el segundo, estamos ante “lo humano”.  No se trata de optar por lo uno o por lo otro.  Se trata, más bien, de integrar ambas opciones.  Esta integración solo es posible  —si es que el Evangelio es lo primero y lo determinante de nuestra fe— subordinando la interpretación de Pablo al significado del relato histórico del Evangelio.

       7.   La lectura de la pasión de Jesús nos enseña a ser tan profundamente humanos, que no podamos soportar ver desde el desinterés y la indiferencia, el sufrimiento de las víctimas de este mundo.  Entonces, y solo entonces, estaremos en el camino que nos lleva derechamente a vivir y morir como vivió y murió Jesús.  Así, y solo así, tendrá fundamento nuestra esperanza en la resurrección.



miércoles, 23 de marzo de 2016

Párate un momento: Evangelio del dia 24 DE MARZO - JUEVES SANTO





24 DE MARZO - JUEVES      -
JUEVES  SANTO

       Evangelio según san Juan 13, 1-15

       Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.  Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas
Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe, luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.  
       Llegó a Simón Pedro y este le dijo:                      “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?
       Jesús le replicó:
       “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.   Pedro le dijo:
       “No me lavarás los pies jamás”.  
       Jesús le contestó:
       “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”.
       Simón Pedro le dijo:
       “Señor, no solo los pies, sino también las manos      y la cabeza”.
       Jesús le dijo:
       “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio.        También vosotros estáis limpios, aunque no todos”.
(Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: 
        “No todos estáis limpios”).
       Cuando     acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
       “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?  Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.

       1.   Se duda si esta acción de Jesús —lavar los pies a los discípulos— ocurrió realmente
así.  O si es, más bien, un relato simbólico que “recoge de manera admirable el pensamiento de Jesús” (J. A. Pagola).  Sea lo que sea de esta cuestión, lo que importa es que este gesto de Jesús expresa, de forma que impresiona, lo que Jesús hizo en verdad.  El apóstol Pablo afirma que, en Jesús, Dios “tomó la condición de esclavo” (Fil 2, 7).  Y la asumió hasta el extremo de que eso, condensado en el nombre de “Jesús”, es lo que exaltó para siempre (Fil 2, 9-11).  Por eso Jesús, que se puso como ejemplo a imitar, ya tenía dicho que “el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Mc 10, 43-44; 9, 35).

       2.   Esto es lo que a Pedro no le entraba en su cabeza.  De ahí, su resistencia a que Jesús le lavase los pies.  Como sus tres negaciones de conocer a Jesús —tres negaciones de fe— durante el juicio contra Jesús.  Y, mucho antes, el enfrentamiento que tuvo directamente con Jesús cuando el Señor anunció cómo iba a ser su final (Mt 16, 22 par).  A lo que Jesús replicó diciéndole a Pedro que era un “¡Satanás!” (Mt 16, 23 par).  Señal evidente de que Jesús VIO que en esto se jugaba el ser o no ser del verdadero discipulado, de la verdadera fe, de la auténtica fidelidad al Dios que Jesús enseñaba.

       3.   Lo que da miedo pensar es que esto, que no le cabía a Pedro en su cabeza, no nos cabe tampoco a nosotros en la nuestra.  Ni le cabe a casi nadie en la Iglesia.  Nos encanta el triunfo de Pedro, la fama mundial del papado y el poder del sucesor de Pedro.  Sinceramente, nos entusiasma todo eso mucho más que el fracaso de Jesús, el desamparo de Jesús, la humillación de Jesús, la esclavitud de Dios en Jesús.  Y ¡es natural!  Así somos los humanos. Seguramente porque el Evangelio no nos ha entrado a nosotros tampoco en la cabeza.  Por eso no nos hemos enterado de que la fuente de la felicidad NO está en la grandeza de la divinidad (imaginada por nosotros), sino en la sencillez de la humanidad, afirmada con trazo fuerte en la imagen del esclavo.

       4.   Pero queda un tema capital por aclarar. Los esclavos de la antigüedad eran esclavos porque no tenían más remedio que serlo. Aquellos esclavos eran lo que eran porque carecían de derechos.  Jesús no enseñó eso.  Lo que propone Jesús es que libremente elijamos en la vida, siempre y con todos, vivir al servicio de los otros. Nunca para dominar a nadie, para imponernos a nadie, para ser más importantes que los demás.  Quien va como esclavo por la vida, contagia felicidad, bienestar, esperanza.  Así —dijo Jesús— trascendemos las limitaciones de este mundo. Porque “lo inhumano” se transfigura en “lo humano”.  Eso es lo que hizo Dios al “encarnarse” en Jesús.



sábado, 19 de marzo de 2016

Párate un momento: Evangelio del día 23 DE MARZO - MIÉRCOLES SANTO -




23 DE MARZO - MIÉRCOLES SANTO -

       Evangelio según san Mateo 26, 14-25

       En aquel tiempo, uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les preguntó:
       “¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?”
       Ellos se ajustaron con él en treinta monedas.  Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:      “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”
       Él contestó:
       “Id a casa de Fulano y decidle: “El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”.
       Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.  
       Al atardecer se puso a la mesa con los doce. Mientras comían dijo:
       “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”.
       Ellos consternados se pusieron a preguntarle uno tras otro:
       “¿Soy yo acaso, Señor?”
       Él respondió:
       “El que ha mojado en la misma fuente que yo, ese me va a entregar.  El Hijo del Hombre se va como está escrito de él; pero, ¡Ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!,  más le valdría no haber nacido”.   Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
        “¿Soy yo acaso, Maestro?”.
        Él respondió:
       “Tú lo has dicho”.

       1.   Jesús no celebró la cena de despedida en el día de la Pascua judía (el Pessah).  El evangelio de Juan puntualiza este asunto cuando corrige a los sinópticos y precisa que todo esto ocurrió “antes de la fiesta de pascua” (Jn 13, 1; 18, 28b).  Así se pensó en los primeros siglos de la Iglesia.  Orígenes, Apolinar de Laodicea, Juan Crisóstomo y la tradición exegética occidental así lo atestiguan. Esta idea se mantuvo en la Iglesia hasta el s. XVI (U. Luz).  Por tanto, la última cena no fue un acto “religioso” o “sagrado”, sino una “cena de despedida”, un “simposio”, por la importancia que tenía el banquete en la cultura de aquellos tiempos (D. E. Smith).

       2.   Entre las cosas que ocurrieron aquella noche, llama la atención la importancia que le conceden los evangelios a Judas en el relato de la Pasión.  La liturgia de Semana Santa insiste también en ello.  Los textos que recuerdan a este siniestro personaje son abundantes (Mt 10, 4; 26, 14. 25. 47; Mc 3, 19; 14, 10. 43; Lc 6, 16; 22. 3. 47. 48; Jn 6, 71; 12, 4; 13, 2. 26. 29; 14, 22; 18, 2. 3. 5; Hch 1, 16).  Sin duda la Iglesia vio siempre, en este personaje, el testimonio de una figura detestable que, por desgracia, perdura en la Iglesia.  Es la figura del que, taimadamente, a ocultas y con disimulo, entre los mismos apóstoles, sigue traicionando a Jesús, a su Evangelio, por mantener sus ideas, sus intereses, su codicia por el dinero, su cargo de privilegio.

       3.   Por desgracia, tener un cargo en la Iglesia o ser “católico practicante” son denominaciones que dan categoría y que, en no pocos ambientes, hacen “fiable” a una persona.  Por desgracia, son muchos los que se sirven de la religiosidad o de la “carrera eclesiástica” sencillamente para trepar o para vivir mejor en este mundo.
       Los “judas” de siempre están siempre minando la credibilidad del Evangelio.  Y seguramente ni se dan cuenta del daño que se hacen a sí mismos.  Y del daño que le hacen a tanta gente.



Parate un momento: Evangelio del día 22 DE MARZO - MARTES SANTO




22 DE MARZO -  MARTES SANTO

Evangelio según san Juan 13, 21-23. 36-38

       En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo:
       “Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar”.
        Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, al que Jesús amaba tanto, estaba a la mesa a su derecha.  Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.  Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
       “Señor, ¿quién es?”.
       Le contestó Jesús:
       “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado”.
       Y untando el pan se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.  Detrás del pan, entró en él Satanás.  
       Entonces Jesús le dijo:
       “Lo que tienes que hacer hazlo enseguida”.
       Ninguno de los comensales entendió a quién se refería.  Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
       Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente.  Era de noche.  
       Cuando salió dijo Jesús:
       “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él”.  (Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará).
       Simón Pedro le dijo:
       “Señor, ¿a dónde vas?”.
       Jesús le respondió:
       “A donde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde”.  
       Pedro replicó:
       “Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?  Daré mi vida por ti”.
       Jesús le contestó:
       “¿Con que darás tu vida por mí?
       Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces”.

       1. Lo que se relata en este evangelio, sucedió durante la última cena.  Si tenemos
en cuenta que aquella cena, precisamente porque fue “la última”, fue obviamente la cena de despedida; y además una despedida definitiva, ya que el mismo Jesús les dijo a sus amigos que ya nunca más cenaría con ellos en este mundo (Mt 26, 29 par), se palpa que allí se vivía un momento dramático en extremo.  Y fue, en aquel momento precísamele, cuando Jesús reveló dos secretos estremecedores relacionados con aquellos hombres que compartían la cena con él: uno de ellos le iba a traicionar, otro lo iba a negar.  Es decir, Jesús sabía que estaba cenando con un traidor y con un cobarde.  O algo peor, como enseguida vamos a ver.

       2.   No es fácil saber con seguridad los motivos que tuvieron aquellos dos hombres
(Judas y Pedro) para hacer lo que hicieron aquella noche.  Lo más probable es que actuaron con tremendas dudas y oscuridades interiores.  Judas terminó suicidándose (Mt 27, 3-10; Hech 1, 18-19)  Y Pedro “lloró amargamente” aquella misma noche (Mt 26, 75 par).  Lo que no es seguro es que Judas (por el apodo de “Iscariote”) perteneciera a los “sicarios” o revolucionarios violentos.  Como tampoco es seguro que Pedro, por llevar el machete (con el que le cortó la oreja a un tal Malco) (Jn 18, 10), se justifique su afiliación a la violencia revolucionaria de los galileos.  Sea lo que sea de todo esto, lo que no admite duda es que Judas y Pedro, cuando se convencieron
de que Jesús se entregaba sin oponer resistencia eso era el indicador más claro de
que no era el Mesías que ellos esperaban y querían.  ¿Qué nos indica esto?

       3.   Aquella noche y en aquella cena, se enfrentaron dos proyectos radicalmente opuestos.  Si el Mesías era el Salvador, Judas y Pedro pensaban que la “salvación” tenía que venir mediante la resistencia, la lucha, el enfrentamiento y en definitiva, la violencia. Jesús, por el contrario, estaba persuadido de que la sola políticas la economía y la sola ciencia no salvan a este mundo.  Si no tenemos “convicciones”,  que orienten nuestras vidas hacia la solidaridad, este mundo no tiene arreglo.  Pero sabemos que “una convicción se define por el hecho de que orientamos nuestro comportamiento conforme a ella” (J. Habermas Ch. S. Peirce).  Si no remediamos la aterradora desigualdad (en derechos humanos), es que no estamos “convencidos” de que eso es lo más urgente en este momento.



Párate un momento: Evangelio del día 21 DE MARZO - LUNES – SEMANA SANTA




21 DE MARZO  - LUNES –

SEMANA SANTA

       Evangelio según Juan 12, 1-11

       Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa.     María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. 
       Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:
       “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”
       (Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando).
       Entonces Jesús dijo:
       “Déjala: lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. 
       Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.  Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

       1. La práctica del “simposio” o “banquete”, que era tan frecuente y tan importante en las culturas mediterráneas de la Antigüedad (DenniS E. Smith), pone en evidencia un hecho capital de la existencia humana: no somos mera “materia”, ni solo “espíritu”, sino fusión de ambas cosas.  Así lo explicaron el Banquete, de Jenofonte, al igual que el Banquete, de Platón.  Y lo mismo hace el Evangelio.  Pero con una diferencia clave.  El “orden” del simposio reproducía el “orden social establecido”.  Jesús rompió este “orden” (?). Porque Jesús compartía mesa y mantel con “pecadores” y  “publicanos”, con los “últimos”, con los “pobres” y llamativamente con “mujeres”.  La “comensalía” de Jesús expresa la sociedad solidaria e igualitaria que él quiere.

       2.   Pero en esta cena quedó patente la generosidad y la ternura de las mujeres, en contraste con el egoísmo y la ambición de los hombres: Judas (Jn 12, 4-6) y los discípulos (Mt 26, 8; Mc 14, 4).  Con un agravante: los hombres se escandalizan del derroche de generosidad de la mujer.  Al tiempo que ocultan su egoísmo invocando motivos “sociales”, cuando en realidad sabemos de Judas que era un “ladrón” (Jn 12, 6).  Tan ladrón, que, por ambición de dinero, vendió a Jesús (Mc 14, 10-11; Mt 26, 14-16; Lc 22, 3-6). Es exactamente lo mismo que estamos viendo ahora, en la conducta de políticos y banqueros, hombres de negocios y patronos...  Se roba, se mata, se miente y se impone la convicción de que lo importante es vivir bien, disfrutar de
la vida, triunfar en este mundo desbocado, sin acordarse para nada de los millones de seres humanos que se mueren de hambre en la mayor miseria.

       3.   El problema más fuerte que tenemos es el mismo que ya despuntó en Judas.
       Aquel “traidor” se erigía en defensor de los pobres,  cuando en realidad los pobres no le importaban para nada.  Hoy, semejante conducta hipócrita y miserable, se ha generalizado  más de lo que imaginamos.  Los magnates que nos roban, dirigen una (o más de una) ONG para ayudar a los pobres.  Y aparecen como campeones de la justicia y de los derechos humanos, cuando en realidad llevan una “doble vida” que da asco.  La corrupción  va siempre unida a la mentira.