sábado, 12 de marzo de 2016

Párate un momento:13 de marzo – Domingo - 5º de Cuaresma. Ciclo C.






13 de marzo – Domingo -
5º de Cuaresma. Ciclo C.

Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.
«No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, corrientes en el yermo. Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza». 

SALMO RESPONSORIAL 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6
R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

·     Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. R. 

·     Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. R. 

·     Recoge, Señor a nuestros cautivos como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. R. 

·     Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas. R. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 8-14

Hermanos: Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacía el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús. 

Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
- «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
- «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
- «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
- «Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
- «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».


La adúltera y los hipócritas.

En el contexto de la Cuaresma, la liturgia nos ofrece un evangelio muy adecuado, que habla de pecado y perdón, a partir de un hecho concreto: una mujer sorprendida en adulterio. Se trata de un pecado condenado en todas las legislaciones antiguas y en el Decálogo. El problema que plantean a Jesús es qué hacer con la adúltera. Del tema ya se habían ocupado los legisladores antiguos.

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)     

Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: “Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito.” Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (escribas y fariseos)

           Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?" Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

            El apedreamiento es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.
            1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo “apedrear” para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: “Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo” (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.
            2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley (“Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella”). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia, si la denuncia es verdadera “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre. (Dt 22,20-21).
            ¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan? Efectivamente, si la perdona, no cumple la ley; si dice que la apedreen, demuestra que no tiene esa compasión de la que tanto presume.

La perdonamos (Jesús)

            Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra." E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.     Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor." Jesús dijo: "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más."

            Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía.
            Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Una imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves (“¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?”) y a la absolución final: “Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más”.
            A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida.

Pero a la mujer no le dice: “No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes que acudir la próxima vez”. Lo que le dice es: “en adelante no peques más”. Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: “El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo” (Prov 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

            A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús, pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

       Un texto escandaloso

            Este pasaje del evangelio es de los más desconcertantes para los especialistas. Forma parte del evangelio de Juan, pero falta en los mejores manuscritos, códices y leccionarios; otros lo trasladan al final del evangelio de Juan; y algunos lo traen en el evangelio de Lucas (después de 21,38s o de 24,53). Como si hubiese sido una hoja suelta que muchos dudaban de incluir y otros no sabían dónde meter.
            No es raro que este pasaje provocase dificultades. Con el criterio “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” podrían verse libres desde los terroristas del Isis hasta los ladrones de guante blanco. Naturalmente, no es eso lo que pretende Jesús. Sus palabras finales a la mujer, “no peques más”, dejan claro que no defiende un mundo en el que cada cual hace lo que quiere.


viernes, 11 de marzo de 2016

Párate un momento: Evangelio del día 12 DE MARZO – SÁBADO - San Luis Orione, presbítero




12 DE MARZO  – SÁBADO -
San Luis Orione, presbítero
4ª - SEMANA DE CUARESMA - C

       Evangelio según san Juan 7, 40-53

       En aquel tiempo, de la gente que oyó estos discursos de Jesús, unos decían:
       “Este es de verdad el profeta”.  
       Otros decían:
       “Este es el Mesías”.
       Pero otros decían:
       “¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?  ¿No dice la Escritura que vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de David?”.  
       Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.
       Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.  Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:
       “¿Por qué no lo habéis traído?”
       Los guardias respondieron:
       “Jamás ha hablado nadie así”.
       Los fariseos les replicaron:
       “¿También vosotros os habéis dejado embaucar?  ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él?  Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos”.
       Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, dijo:
       “¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero o averiguar que ha hecho?”
       Ellos le replicaron:
       “¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen pro fetas”.
        Y se volvieron cada uno a su casa.

       1.   Este episodio empieza y termina afirmando que la convicción de muchos judíos
es que de Galilea no podía venir el Mesías. Hasta ese punto llegaba el desprecio que se tenía contra los galileos.  Porque eran gente pobre, sencilla e ignorante.  En este ambiente de tensión, de enfrentamientos, de confrontaciones y discusiones sobre si Jesús era o no era el Mesías esperado, hay una sola cosa que queda clara: los únicos que creían en Jesús y se fiaban de él eran las gentes pobres, de condición sencilla y humilde, los que se encuadraban en el “óchlos”, el pueblo vulgar, la multitud, considerada como inculta e ignorante en todo cuanto se refería a la Ley religiosa, sus rituales y sus observancias.

       2.   En contraste con lo dicho, no creían en Jesús ni los “jefes”, ni los “fariseos”.  Es decir, ni los “poderosos”, ni los “observantes” aceptaban a Jesús.  Y buscaban las razones más pintorescas para justificar su rechazo.  Por ejemplo, lo que ya se ha dicho: el Mesías no podía ser galileo; o que tendría que haber nacido en Belén.
       Razones que no tienen ningún peso teológico.  La resistencia a la evidente ejemplaridad de Jesús se agarra a un clavo ardiendo, con tal de defender sus conveniencias.

       3.   La conclusión es clara: son los últimos de este mundo los que sintonizan con Jesús.  Sin duda alguna, la Iglesia naciente  —lo mismo en los evangelios sinópticos que en el evangelio de Juan—  expresa la preferencia de Jesús, de Dios, por los que están abajo en la sociedad y en la historia.  Al igual que la sintonía de los últimos
con el Evangelio de Jesús.  Pero, ¡Atención!, no es una cuestión social o cultural.  Es un problema de valores.  Que nos enfrenta a la pregunta clave:  ¿qué valores son los argumentos determinantes de nuestra vida?  Concretando: lo que más valoramos en la vida, ¿es la conducta ejemplar o es la categoría social?.

San Luis Orione, presbítero
      

      
      Italiano, fundador de la congregación religiosa "Pequeña Obra de la Divina Providencia" (conocida como Obra Don Orione).
       Era el cuarto hijo de Vittorio Orione y Carolina Feltri. El ambiente familiar que rodeó a Don Orione en los primeros años de su vida fue de una gran humildad, ocupando un lugar muy especial la fe sencilla pero firme transmitida desde la infancia por su madre.
       Una vez determinada su decisión de ser sacerdote, ingresó al convento franciscano de Voghera. Más tarde lo haría al Oratorio de Valdocco, de la congregación salesiana, donde conoce a San Juan Bosco en 1886. Luego comenzó sus estudios en el seminario de Tortona (1889), donde conoció a otro santo italiano, el Padre Cayetano Catanoso. Fue ordenado sacerdote el 13 de abril de 1895.
       En los comienzos de su ministerio Don Orione fue descubriendo poco a poco su verdadera vocación, reuniendo a niños de escasos recursos para ayudarlos en sus estudios. Importancia capital tuvo su participación en la ayuda brindada luego de los terremotos que azotaron Italia, especialmente los de la zona de Mesina (1908). Don Orione fundó la obra de los Ermitaños de la Divina Providencia en Italia (1899), y la Congregación de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad (1915). En ese último año se abrió el primer Pequeño Cottolengo en Italia, al cual siguieron otros.
       Posteriormente viajó a América del Sur en dos oportunidades, en los años 1921 y 1934, viviendo en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile.
       En 1927 tuvo lugar la fundación de las Hermanas Adoratrices Sacramentinas, no videntes y en 1931 la del Santuario Nuestra Señora de la Guardia.
       Al morir, el 12 de marzo de 1940, su notoriedad era vastísima.  Fue beatificado por el papa Juan Pablo II el 26 de octubre de 1980 y canonizado, por este mismo papa, el 16 de mayo de 2004.
       El 29 de agosto de 2000 su corazón llega en un relicario para residir definitivamente en el Cottolengo del barrio Don Orione, en la ciudad de Claypole, provincia de Buenos Aires,     Argentina. Desde ese día este santuario es lugar de peregrinación de los fieles.
       El Cuerpo incorrupto de san Luis Orione, expuesto en el Santuario Nuestra Señora de la Guardia en Tortona, Italia.
       Su cuerpo permanece en el Santuario Nuestra Señora de la Guardia en Tortona, Italia, con excepción de su corazón que se expone en el Cottolengo del barrio que lleva su nombre, en la ciudad de Claypole, Argentina.



jueves, 10 de marzo de 2016

Párate un momento: Evangelio del viernes: 11 DE MARZO – VIERNES – San Vicente de León, Abad




11 DE MARZO – VIERNES –
San Vicente de León, Abad
4ª - SEMANA DE CUARESMA - C

       Evangelio según san Juan 7, 1-2. 10. 25-30

       En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque
los judíos trataban de matarlo.  Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.  Cuando sus parientes habían subido ya a la fiesta subió también él; no abiertamente, sino a escondidas.  Entonces algunos que eran de Jerusalén, dijeron:
“¿No es este al que intentan matar?  Pues cómo habla abiertamente y no le dicen nada.  ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?  Pero este sabemos de dónde viene,
mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene”.
 Entonces Jesús, mientras enseñaba en el Templo, gritó:
       “A mí me conocéis y conocéis de dónde
vengo.  Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz: a ese vosotros no le conocéis; yo le conozco porque procedo de él y él me ha enviado”.
       Entonces intentaban agarrarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

       1.   La tensión que soportaba Jesús, en sus relaciones con las autoridades religiosas, se iba acentuando.  El evangelio de hoy empieza recordando que “los judíos trataban de matarlo”.  Como es sabido, “los judíos” en el lenguaje del IV evangelio, eran “los dirigentes de la religión de Israel” (Jn 2, 18; 5, 10;. 16. 18; 9,22, etc.); especialmente las autoridades supremas: 8, 31; 11, 19; 12, 11) (J. Mateos).  Jesús llegó a ser visto como un hombre extremadamente peligroso al que era necesario eliminar cuanto
antes.  Y él era consciente del peligro inminente en que vivía.  Es duro tener que vivir como una especie de fugitivo.  Sobre todo, si se tiene en cuenta que los perseguidores eran los representantes oficiales de Dios.  Lo que lógicamente representaba la descalificación suprema, en una cultura profundamente religiosa.  Una situación que llevaba seguramente consigo miedo, vergüenza, inseguridad y posiblemente también dudas y oscuridades íntimas sobre la propia conducta.

       2.   En el fondo, lo que allí se planteaba era el problema de Dios. Los líderes religiosos veían en Jesús un peligro porque invocaba a Dios y afirmaba que lo que decía venía de Dios y era la manifestación de la voluntad de Dios.  Pero eso es lo que los dirigentes religiosos no soportaban. Y en eso es en lo que veían el mayor peligro para ellos.  Porque, si efectivamente Jesús llevaba razón, quienes quedaban descalificados ante la sociedad, eran ellos.  Y eso es lo que no soportaban.  No les preocupaba saber si Jesús decía la verdad.  Lo que les preocupaba era mantener su poder, su autoridad, su dignidad, su buena imagen.

       3.   Lo decisivo, en nuestra relación con Dios, es si lo que, ante todo y sobre todo, defendemos es la fe en él o nuestros propios intereses, nuestro poder nuestra dignidad, nuestro buen nombre y los privilegios que nos puede proporcionar la condición de persona “creyente”, “religiosa” y, por tanto, “respetable”. En esto se juega el ser o no ser de la fe en Dios. Y de la fe en Jesús.

San Vicente de León, Abad

       Vicente de León (muerto en León, 11 de
marzo de 554) fue un monje benedictino, abad del monasterio de San Clodio de León.
       Se significó por su lucha contra la herejía arriana. Durante una invasión de los suevos arrianos, comandados per Reciano, éste atacó el monasterio, que se encontraba en los alrededores de León, y detuvieron al abad.    Torturado, mantuvo su posición hacia la herejía y fue condenado, muriendo de un golpe de espada en la cabeza.
       Dos días después, también murieron el prior del monasterio, Ramiro, y doce monjes que permanecieron allí, mientras el resto de la comunidad huyó.
       Sus restos fueron enterrados en el monasterio, pero con el tiempo se perdieron, excepto las de Vicente y Ramiro. Las de Vicente fueron trasladadas a la catedral de Oviedo, donde se depositaron en una arca de plata, hoy en la Cámara Santa.




miércoles, 9 de marzo de 2016






10 DE MARZO –JUEVES –
Santos Cayo y Alejandro, mártires
4ª - SEMANA DE CUARESMA

       Evangelio según san Juan 5,31-47

       En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
       “Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es válido.  Hay otro que da testimonio de mí y sé que es válido el testimonio que da de mí.   Vosotros enviasteis mensajeros a Juan y él ha dado testimonio a la verdad.  No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis.  Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.  Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan; las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no le creéis.  Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; ¡pues ellas están dando testimonio de mí, y no queréis venir a mí para tener vida!  No recibo gloria de los hombres; además os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.  Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibisteis;  si otro viene en nombre propio a ese sí lo recibiréis.  ¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?  No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza.  Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él.  Pero si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mi palabra?”.

       1.   Lo más fuerte, y que debe centrar nuestra atención en este evangelio, es que Jesús dice que quienes van por la vida buscando gloria, honores, dignidades y privilegios de los demás, no tienen fe, ni pueden tenerla. “¿Cómo os va a ser posible creer a vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que se recibe de Dios solo?” (Jn 5, 44).  Esto les dijo Jesús a los dirigentes de la religión de Israel.
       2.   El problema clave está en el tema capital de la “gloria” (“doxa”). Esta palabra expresa “el esplendor de poder de los reyes y los reinos” (Mt 4, 8; 6, 29; Ap 21, 24. 26; cf. Mt 19, 28; 25, 31. 34; Mc 10, 37; 1 Tes 2, 12 (H. Hegermann).
       Así lo había entendido la tradición judía, en la que el término equivalente, “kábód” significa el peso del prestigio y del honor (1 Re 3, 13).  Y ese es el significado que la “gloria” tiene en el IV evangelio (Jn 5, 44; 12, 43).  Jesús afirma, por tanto, que quienes van por la vida buscando gloria y poder, ni tienen fe, ni pueden tenerla.

       3.   En esto radica el problema central de los hombres de la religión.  Y este es, por eso, el problema más grave de la Iglesia.  Y, por extensión, el gran problema de los cristianos. Las religiones antiguas se orientaron hacia las clases dominantes y los representantes del poder.  Y esa fue la orientación que tomaron las iglesias cristianas (W.   Burkert).  ¿Consecuencia? Una religión espléndida de gloria y poder en Europa,
exportada al mundo entero.  Pero eso se logró a costa de aparcar, marginar y hasta anular, en demasiados casos, el Evangelio.  Así, la Iglesia se ha organizado como una institución de gloria y poder: una pirámide en la que quienes quieren llegar a lo más alto no tienen más remedio que trepar.  Y llegan a ser importantes.  Pero a costa de no creer en Jesús, ni poder creer en él.

Santos Cayo y Alejandro, mártires

 Se trata de un nombre muy popular en Roma. Significa "señor", "amo de su casa" y el femenino Caya significa "señora", "ama de su casa". En el contrato matrimonial la mujer pronunciaba la frase ritual Ubi tu Caius, ego Caia. (En tanto en cuanto tú seas señor, yo seré señora). Con ella daba a entender que entraba a formar parte de la familia del marido y tomaba el nombre gentilicio de éste.
San Cayo sufrió martirio hacia el 168, junto con Alejandro, bajo el imperio de Marco Antonino y Lucio Vero, en que volvió a arreciar la persecución contra los cristianos. Apolinar, obispo de Hierápolis, en su libro contra la herejía de los catafrigios, los nombra muy elogiosamente, ponderando la vida ejemplar que como cristianos llevaban, atrayendo así a numerosos romanos y romanas a la fe del Evangelio, y soportando con gran entereza el tormento que se les aplicó para hacerles renegar de su fe.
Al tratarse de un nombre tan popular en Roma, fueron muchos los primeros cristianos que lo llevaban, por lo que hay numerosos santos de este nombre. Destaca entre ellos San Cayo papa, nacido en Dalmacia. Su pontificado fue de los más largos por aquel entonces: fue consagrado obispo de Roma en 283 y murió el 296 de muerte natural. Le tocó en suerte vivir el período de paz anterior a la cruel persecución de Diocleciano. Fue enterrado en el cementerio catacumbal (subterráneo) de Calixto.
La onomástica de Cayo se celebra el 10 de marzo 
 Cayo, hijo de Marcos Agripa y de Julia, nieto del emperador Augusto, nació el año 19 antes de Cristo y murió el año 4 de nuestra era. Augusto lo adoptó cuando contaba sólo 3 años y a los 14 lo nombró cónsul. A los 15 le nombró príncipe de la juventud. Estuvo en la campaña de Germania bajo el mando de Tiberio y en Asia como procónsul, cargo que desempeñó de forma admirable, teniendo en cuenta su juventud. El joven Cayo prometía mucho, pero habiendo sido herido a traición por Addón, gobernador de Artageres, su salud decayó seriamente. Al acudir a Roma porque había sido llamado por su abuelo, murió en el camino. Tenía 23 años.
Es grande el número de Cayos ilustres que dejaron huella en la historia de Roma: Cayo Calígula, emperador, Cayo Casio, pretor ; Cayo Julio César; Cayo Clinio Mecenas, célebre porque se sirvió de su fortuna para alentar y proteger el talento de los demás; y un largo etcétera.


lunes, 7 de marzo de 2016

Párate un momento: El Evangelio del día 9 DE MARZO – MIÉRCOLES - San Francisca Romana, religiosa





9 DE MARZO – MIÉRCOLES -
San Francisca Romana, religiosa
4ª - SEMANA DE CUARESMA - C

       Evangelio según san Juan 5, 17-30

       En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
       “Mi Padre sigue actuando y yo también
Actúo”.
        Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo violaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios. 
       Jesús tomó la palabra y les dijo:
       “Os aseguro: el Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre, que lo envió. Os lo aseguro: quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado ya de la muerte a la vida. Os aseguro que llega la hora, y ya está aquí en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque igual que el Padre dispone de la vida, así ha dado también al Hijo el disponer de la vida. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del Hombre.
       No os sorprenda que venga la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condena. Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”.

       1.   Ante todo, lo que aquí dice Jesús es la respuesta que les dio a los dirigentes judíos para explicarles por qué había curado al paralítico de la piscina precisamente un sábado.  Esta actuación de Jesús y el hecho de decirle al paralítico que se fuera a su casa con la camilla (Jn 5, 8), indignó a los “judíos” hasta el extremo, que el evangelio asegura que “trataban de matarlo” (Jn 5, 18).  Jesús había violado provocativamente la interpretación oficial que los rabinos hacían de la Torá (la Halaká, interpretación oral de la Ley escrita).  Además, Jesús actuó así en Jerusalén y en plena fiesta
(seguramente) de Pentecostés (R. E. Brown).  Y es que, efectivamente, la violación consciente de la ley del sábado era castigada con la lapidación.

       2.   Pues bien, ¿cómo justificó Jesús lo que acababa de hacer, en tales condiciones?
       En el relato mítico de la creación se dice que el día séptimo “Dios descansó” (Gen 2, 2). Por eso los judíos observantes, hasta hoy, afirman que “el Shabbat... es el día de la liberación, el día que, desde los albores de la vida universal, triunfa de la fatalidad y proclama la absoluta libertad del Creador” (La voz de la Torah, 1).
Así las cosas, lo que Jesús les dijo a los observantes judíos que él hacía lo que ve que hace el Padre (Jn 5, 19). Esa fue toda su argumentación.

       3.   ¿Qué significa esto?  Lo que el Padre hace constantemente —también el sábado— es “dar vida”.  Al decir esto, Jesús afirma que todo lo que da vida, es fuente de vida, defiende la vida y hace más digna la vida, ahí y en eso es donde está Dios.  Esto es lo que Dios hace.  Dios no está en el que se desentiende del sufrimiento, de la vergüenza y del dolor de los últimos.

San Francisca Romana, religiosa



Francisca nació en Roma en el año 1384. Y en cada año, el 9 de marzo, llegan cantidades de peregrinos a visitar su tumba en el Templo que a ella se le ha consagrado en Roma y a visitar el convento que ella fundó allí mismo y que se llama "Torre de los Espejos".
Sus padres eran sumamente ricos y muy creyentes (quedarán después en la miseria en una guerra por defender al Sumo Pontífice) y la niña creció en medio de todas las comodidades, pero muy bien instruida en la religión. Desde muy pequeñita su mayor deseo fue ser religiosa, pero los papás no aceptaron esa vocación, sino que le consiguieron un novio de una familia muy rica y con él la hicieron casar.
Francisca, aunque amaba inmensamente a su esposo, sentía la nostalgia de no poder dedicar su vida a la oración y a la contemplación, en la vida religiosa. Un día su cuñada, llamada Vannossa, la vio llorando y le preguntó la razón de su tristeza. Francisca le contó que ella sentía una inmensa inclinación hacia la vida religiosa pero que sus padres la habían obligado a formar un hogar. Entonces la cuñada le dijo que a ella le sucedía lo mismo, y le propuso que se dedicaran a las dos vocaciones: ser unas excelentes madres de familia, y a la vez, dedicar todos los ratos libres a ayudar a los pobre y enfermos, como si fueran dos religiosas. Y así lo hicieron. Con el consentimiento de sus esposos, Francisca y Vannossa se dedicaron a visitar hospitales y a instruir gente ignorante y a socorrer pobres. La suegra quería oponerse a todo esto, pero los dos maridos al ver que ellas en el hogar eran tan cuidadosas y tan cariñosas, les permitieron seguir en esta caritativa acción. Pronto Francisca empezó a ganarse la simpatía de las gentes de Roma por su gran caridad para con los enfermos y los pobres. Ella tuvo siempre la cualidad especialísima de hacerse querer por la gente. Fue un don que le concedió el Espíritu Santo.
En más de 30 años que Francisca vivió con su esposo, observó una conducta verdaderamente edificante. Tuvo tres hijos a los cuales se esmeró por educar muy religiosamente. Dos de ellos murieron muy jóvenes, y al tercero lo guio siempre, aun después de que él se casó, por el camino de todas las virtudes.
A Francisca le agradaba mucho dedicarse a la oración, pero le sucedió muchas veces que estando orando la llamó su marido para que la ayudara en algún oficio, y ella suspendía inmediatamente su oración y se iba a colaborar en lo que era necesario. Veces hubo que tuvo que suspender cinco veces seguidas una oración, y lo hizo prontamente. Ella repetía: "Muy buena es la oración, pero la mujer casada tiene que concederles enorme importancia a sus deberes caseros".
Dios permitió que a esta santa mujer le llegaran las más desesperantes tentaciones. Y a todas resistió dedicándose a la oración y a la mortificación y a las buenas lecturas, y a estar siempre muy ocupada. Su familia, que había sido sumamente rica, se vio despojada sus bienes en una terrible guerra civil. Como su esposo era partidario y defensor del Sumo Pontífice, y en la guerra ganaron los enemigos del Papa, su familia fue despojada de sus fincas y palacios. Francisca tuvo que irse a vivir a una casona vieja, y dedicarse a pedir limosna de puerta en puerta para ayudar a los enfermos de su hospital. Y además de todo esto le llegaron muy dolorosas enfermedades que le hicieron padecer por años y años. Ella sabía muy bien que estaba cosechando premios para el cielo.
Su hijo se casó con una muchacha muy bonita pero terriblemente malgeniada y criticona. Esta mujer se dedicó a atormentarle la vida a Francisca y a burlarse de todo lo que la santa hacía y decía. Ella soportaba todo en silencio y con gran paciencia. Pero de pronto la nuera cayó gravemente enferma y entonces Francisca se dedicó a asistirla con una caridad impresionantemente exquisita. La joven se curó de la enfermedad del cuerpo y quedó curada también de la antipatía que sentía hacia su suegra. En adelante fue su gran amiga y admiradora.
Francisca obtenía admirables milagros de Dios con sus oraciones. Curaba enfermos, alejaba malos espíritus, pero sobre todo conseguía poner paz entre gentes que estaban peleadas y lograba que muchos que antes se odiaban, empezaran a amarse como buenos amigos. Por toda Roma se hablaba de los admirables efectos que esta santa mujer conseguía con sus palabras y oraciones. Muchísimas veces veía a su ángel de la guarda y dialogaba con él.
Francisca fundó una comunidad de religiosas seglares dedicadas a atender a los más necesitados. Les puso por nombre "Oblatas de María", y su casa principal, que existe todavía en Roma, fue un edificio que se llamaba "Torre de los Espejos". Sus religiosas vestían como señoras respetables. No tenían hábito especial.
Nombró como superiora a una mujer de toda su confianza, pero cuando Francisca quedó viuda entró también ella de religiosa, y por unanimidad las religiosas la eligieron superiora general. En la comunidad tomó por nombre "Francisca Romana".
Había recibido de Dios la eficacia de la palabra y por eso acudían a ella numerosas personas para pedirle que les ayudara a solucionar los problemas de sus familias. El Espíritu Santo le concedió el don de consejo, por el cual sus palabras guiaban fácilmente a las personas a conseguir la solución de sus dificultades.
Cuando llegaban las epidemias, ella misma llevaba a los enfermos al hospital, lo atendía, les lavaba la ropa y la remendaba, y como en tiempo de contagio era muy difícil conseguir confesores, ella pagaba un sueldo especial a varios sacerdotes para que se dedicaran a atender espiritualmente a los enfermos.
Francisca ayunaba a pan y agua muchos días. Dedicaba horas y horas a la oración y a la meditación, y Dios empezó a concederle éxtasis y visiones. Consultaba todas las dudas de su alma con un director espiritual, y llegó a tal grado de amabilidad en su trato, que bastaba tratar con ella una sola vez para quedar ya amigos para siempre. A las personas que sabía que hablaban mal de ella, les prodigaba mayor amabilidad.
Estaba gravemente enferma, y el 9 de marzo de 1440 su rostro empezó a brillar con una luz admirable. Entonces pronunció sus últimas palabras: "El ángel del Señor me manda que lo siga hacia las alturas". Luego quedó muerta, pero parecía alegremente dormida.
Tan pronto se supo la noticia de su muerte, corrió hacia el convento una inmensa multitud. Muchísimos pobres iban a demostrar su agradecimiento por los innumerables favores que les había hecho. Muchos llevaban enfermos para que les permitieran acercarlos al cadáver de la santa, y así pedir la curación por su intercesión. Los historiadores dicen que "toda la ciudad de Roma se movilizó", para asistir a los funerales de Francisca.
Fue sepultada en la iglesia parroquial, y al conocerse la noticia de que junto a su cadáver se estaban obrando milagros, aumentó mucho más la concurrencia a sus funerales. Luego su tumba se volvió tan famosa que aquel templo empezó a llamarse y se le llama aún ahora: La Iglesia de Santa Francisca Romana.
Cada 9 de marzo llegan numerosos peregrinos a pedirle a Santa Francisca unas gracias que nosotros también nos conviene pedir siempre: que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a cumplir cada día los deberes que tenemos en nuestro hogar, y que nos consagremos con toda la generosidad posible a ayudar a los pobres y necesitados y a ser extraordinariamente amables con todos. Santa Francisca: ruégale al buen Dios que así sea.


Gracias trabajadores de Limasa de Málaga



 Gracias trabajadores de Limasa de Málaga, los malagueños os damos las gracias por vuestra solidaridad, vosotros que sois unos privilegiados y tenéis trabajos de por vida, heredando de familiar en familiar, porque no decís lo que cobráis y las pagas que tenéis al año y las hora reales que trabajáis, teníamos que estar ciegos para no ver, la hora del cigarrito, la hora de la charla con el amigo, la hora sentados en una esquina donde sabéis que no se os puede controlar, la hora del bocadillo.
Sois solidarios, porque no compartís el salario que cobráis sin merecerlo con aquellos que no cobran nada.
Sois solidarios, porque habéis conseguidos que muchos pequeños empresarios hayan tenido que cerrar sus negocios por el hedor insoportable que entraba en sus comercios.
Sois solidarios, porque habéis conseguido cerrar muchas terrazas de bares de la ciudad, con el consiguiente perjuicio que ocasionáis.
Sois solidarios, porque con vuestra actitud, habéis conseguido, que la cantidad de turistas que estos días hay en Málaga, se lleven una impresión nefasta de nuestra ciudad y no recomienden a sus compatriotas venir a Málaga.
Pues debería de formarse una plataforma ciudadana para deciros basta ya y que los puestos de trabajos que pagamos todos, salgan a concurso, y se os acabe tanto privilegio.
[19:58, 7/3/2016] +34 600 60 98 15: Sueldos de Limasa: conductor de camión 31.200 dia y 36492 noche. Oficial 30689 dia y 35982 noche .Operario báscula 30.744 día y 36.o34 noche. Barrendero 29459 día y 34752 noche. Puestos hereditarios. Empresa con más bajas laborales. Piden, y consiguen, 780€ más otras subidas progresivas. Qué opináis de una ciudad que está sucia...

Párate un momento; Evangelio del día 8 DE MARZO – MARTES - San Juan de Dios, religioso






8 DE MARZO – MARTES -
San Juan de Dios, religioso
4ª -  SEMANA DE CUARESMA

       Evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16

       En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo “Betesda”.  Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, que aguardaban el movimiento del agua.  Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.  Jesús, al verlo echado, y
sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:        “¿Quieres quedar sano?”
       El enfermo le contestó:
       “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado”.
       Jesús le dice:
       “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”.
       Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. 
       Aquel día era sábado y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
       “Hoy es sábado y no se puede llevar la camilla”.
       Él les contesto:
       “El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”.
       Ellos le preguntaron:
       “¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?
       Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado.
       Más tarde, lo encuentra Jesús en el Templo y le dice:
       “Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor”.
       Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

       1.   Lo más notable de este relato es que está redactado de forma que, si prescindimos de los detalles descriptivos relativos al sitio y la fiesta en que esto ocurrió, de lo que queda se destacan, ante todo, las condiciones en que vivía aquel hombre: enfermo de parálisis, de manera que no podía valerse por sí mismo y, además,
completamente solo en la vida, sin poder contar con nadie que le acompañara o le pudiera echar una mano cuando necesitaba ayuda. Era un indigente total: pobre. solo, desamparado. Ante semejante desamparo, Jesús ve al desamparado y su reacción fue inmediata: le devolvió la salud, sin reparar en el día que era. Y no se puso a buscar excusas para dejar las cosas como estaban.

       2.   El contraste es la conducta de “los judíos” que, en el vocabulario del IV evangelio, indica a los “dirigentes religiosos” (Jn 1, 19; 11, 47; 19, 7. 12) o a “las autoridades supremas” (Jn 8, 31; 11, 19; 12, 11) (J. Mateos).  Los “hombres de la religión” (según parece) jamás se habían interesado por aquel enfermo desamparado. Se fijaron en él cuando lo vieron quebrantando sus normas y tradiciones. Eso es lo que les importaba a ellos, tener a la gente sumisa.  La salud, la felicidad de los desamparados, les traía sin cuidado.

       3. Es frecuente que la “gente de iglesia”, cuando sospecha que, si hace o dice tal cosa, eso le puede crear problemas, en esos casos “lo más prudente” (y lo más frecuente) es callarse, estarse quieto, no dar motivo de malestar alguno en la curia diocesana o en la administración provincial. De lo cual se siguen dos consecuencias: 1) Lo que está mal, sigue como estaba.  2) El que podría remediarlo, sigue siendo visto como una persona “respetable”. ¿Soy responsable o dejo las cosas como están?

San Juan de Dios, religioso


 San Juan de Dios Fundador de la Comunidad
de Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios
Año 1550
Nació y murió un 8 de marzo.      Nace en Portugal en 1495 y muere en Granada, España, en 1550 a los 55 años de edad.
De familia pobre pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era todavía joven. Su padre murió como religioso en un convento.
En su juventud fue pastor, muy apreciado por el dueño de la finca donde trabajaba. Le propusieron que se casara con la hija del patrón y así quedaría como heredero de aquellas posesiones, pero él dispuso permanecer libre de compromisos económicos y caseros pues deseaba dedicarse a labores más espirituales.
Estuvo de soldado bajo las órdenes del genio de la guerra, Carlos V en batallas muy famosas. La vida militar lo hizo fuerte, resistente y sufrido.
La Stma. Virgen lo salvó de ser ahorcado, pues una vez lo pusieron en la guerra a cuidar un gran depósito y por no haber estado lo suficientemente alerta, los enemigos se llevaron todo. Su coronel dispuso mandarlo ahorcar, pero Juan se encomendó con toda fe a la Madre de Dios y logró que le perdonaran la vida. Y dejó la milicia, porque para eso no era muy adaptado.
Salido del ejército, quiso hacer un poco de apostolado y se dedicó a hacer de vendedor ambulante de estampas y libros religiosos.
Cuando iba llegando a la ciudad de Granada vio a un niñito muy pobre y muy necesitado y se ofreció bondadosamente a ayudarlo. Aquel "pobrecito" era la representación de Jesús Niño, el cual le dijo: "Granada será tu cruz", y desapareció.
Estando Juan en Granada de vendedor ambulante de libros religiosos, de pronto llegó a predicar una misión el famosos Padre San Luis de Ávila. Juan asistió a uno de sus elocuentes sermones, y en pleno sermón, cuando el predicador hablaba contra la vida de pecado, nuestro hombre se arrodillo y empezó a gritar: "Misericordia Señor, que soy un pecador", y salió gritando por las calles, pidiendo perdón a Dios. Tenía unos 40 años.
Se confesó con San Juan de Ávila y se propuso una penitencia muy especial: hacerse el loco para que la gente lo humillara y lo hiciera sufrir muchísimo.
Repartió entre los pobres todo lo que tenía en su pequeña librería, empezó a deambular por las calles de la ciudad pidiendo misericordia a Dios por todos sus pecados.
La gente lo creyó loco y empezaron a atacarlo a pedradas y golpes.
Al fin lo llevaron al manicomio y los encargados le dieron fuertes palizas, pues ese era el medio que tenían en aquel tiempo para calmar a los locos: azotarlos fuertemente. Pero ellos notaban que Juan no se disgustaba por los azotes que le daban, sino que lo ofrecía todo a Dios. Pero al mismo tiempo corregía a los guardias y les llamaba la atención por el modo tan brutal que tenían de tratar a los pobres enfermos.
Aquella estadía de Juan en ese manicomio, que era un verdadero infierno, fue verdaderamente providencial, porque se dio cuenta del gran error que es pretender curar las enfermedades mentales con métodos de tortura. Y cuando quede libre fundará un hospital, y allí, aunque él sabe poco de medicina, demostrará que él es mucho mejor que los médicos, sobre todo en lo relativo a las enfermedades mentales, y enseñará con su ejemplo que a ciertos enfermos hay que curarles primero el alma si se quiere obtener después la curación de su cuerpo. Sus religiosos atienden enfermos mentales en todos los continentes y con grandes y maravillosos resultados, empleando siempre los métodos de la bondad y de la comprensión, en vez del rigor de la tortura.
Cuando San Juan de Ávila volvió a la ciudad y supo que a su convertido lo tenían en un manicomio, fue y logró sacarlo y le aconsejó que ya no hiciera más la penitencia de hacerse el loco para ser martirizado por las gentes. Ahora se dedicará a una verdadera "locura de amor": gastar toda su vida y sus energías a ayudar a los enfermos más miserables por amor a Cristo Jesús, a quien ellos representan.
Juan alquila una casa vieja y allí empieza a recibir a cualquier enfermo, mendigo, loco, anciano, huérfano y desamparado que le pida su ayuda. Durante todo el día atiende a cada uno con el más exquisito cariño, haciendo de enfermero, cocinero, barrendero, mandadero, padre, amigo y hermano de todos. Por la noche se va por la calle pidiendo limosnas para sus pobres.
Pronto se hizo popular en toda Granada el grito de Juan en las noches por las calles. Él iba con unos morrales y unas ollas gritando: ¡Haced el bien hermanos, para vuestro bien! Las gentes salían a la puerta de sus casas y le regalaban cuanto les había sobrado de la comida del día. Al volver cerca de medianoche se dedicaba a hacer aseo en el hospital, y a la madrugada se echaba a dormir un rato debajo de una escalera. Un verdadero héroe de la caridad.
El señor obispo, admirado por la gran obra de caridad que Juan estaba haciendo, le añadió dos palabras a su nombre de pila, y empezó a llamarlo "Juan de Dios", y así lo llamó toda la gente en adelante. Luego, como este hombre cambiaba frecuentemente su vestido bueno por los harapos de los pobres que encontraba en las calles, el prelado le dio una túnica negra como uniforme; así se vistió hasta su muerte, y así han vestido sus religiosos por varios siglos.
Un día su hospital se incendió y Juan de Dios entró varias veces por entre las llamas a sacar a los enfermos y aunque pasaba por en medio de enormes llamaradas no sufría quemaduras, y logró salvarles la vida a todos aquellos pobres.
Otro día el río bajaba enormemente crecido y arrastraba muchos troncos y palos. Juan necesitaba abundante leña para el invierno, porque en Granada hace mucho frío y a los ancianos les gustaba calentarse alrededor de la hoguera. Entonces se fue al río a sacar troncos, pero uno de sus compañeros, muy joven, se adentró imprudentemente entre las violentas aguas y se lo llevó la corriente. El santo se lanzó al agua a tratar de salvarle la vida, y como el río bajaba supremamente frío, esto le hizo daño para su enfermedad de artritis y empezó a sufrir espantosos dolores.
Después de tantísimos trabajos, ayunos y trasnochadas por hacer el bien, y resfriados por ayudar a sus enfermos, la salud de Juan de Dios se debilitó totalmente. El hacía todo lo posible porque nadie se diera cuenta de los espantosos dolores que lo atormentaban día y noche, pero al fin ya no fue capaz de simular más. Sobre todo, la artritis le tenía sus piernas retorcidas y le causaba dolores indecibles. Entonces una venerable señora de la ciudad obtuvo del señor obispo autorización para llevarlo a su casa y cuidarlo un poco. El santo se fue ante el Santísimo Sacramento del altar y por largo tiempo rezó con todo el fervor antes de despedirse de su amado hospital. Le confió la dirección de su obra a Antonio Martín, un hombre a quien él había convertido y había logrado que se hiciera religioso, y colaborador suyo, junto con otro hombre a quien Antonio odiaba; y después de amigarlos, logró el santo que le ayudaran en su obra en favor de los pobres, como dos buenos amigos.
Al llegar él la casa de la rica señora, exclamó Juan: "OH, estas comodidades son demasiado lujo para mí que soy tan miserable pecador". Allí trataron de curarlo de su dolorosa enfermedad, pero ya era demasiado tarde.
El 8 de marzo de 1550, sintiendo que le llegaba la muerte, se arrodilló en el suelo y exclamó: "Jesús, Jesús, en tus manos me encomiendo", y quedó muerto, así de rodillas. Había trabajado incansablemente durante diez años dirigiendo su hospital de pobres, con tantos problemas económicos que a veces ni se atrevía a salir a la calle a causa de las muchísimas deudas que tenía; y con tanta humildad, que siendo el más grande santo de la ciudad se creía el más indigno pecador. El que había sido apedreado como loco, fue acompañado al cementerio por el obispo, las autoridades y todo el pueblo, como un santo.
Después de muerto obtuvo de Dios muchos milagros en favor de sus devotos y el Papa lo declaró santo en 1690. Es Patrono de los que trabajan en hospitales y de los que propagan libros religiosos.
San Juan de Dios: alcánzanos de Dios un gran amor hacia los enfermos y los pobres.
NOTA: Los religiosos Hospitalarios de San Juan de Dios son 1,500 y tienen 216 casas en el mundo para el servicio de los enfermos. Los primeros beatos de Colombia pertenecieron a esta santa Comunidad.
Todo lo que hicisteis con cada uno de estos mis hermanos enfermos, conmigo lo hicisteis (Jesucristo Mt. 25,40).