sábado, 7 de mayo de 2016

Párate un momento: El Evangelio del día 8 de Mayo Domingo 7º de Pascua. Ciclo C. Fiesta de la Ascensión




8 de Mayo
Domingo 7º de Pascua. Ciclo C.
Fiesta de la Ascensión

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (1,1-11):

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les recomendó:
«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»
Ellos lo rodearon preguntándole:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
Jesús contestó:
«No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista.
Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Salmo 46,2-3.6-7.8-9

R/. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas

·     Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra. R/.

·     Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad. R/.

·     Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (1,17-23):

Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Evangelio según san Lucas (24,46-53),

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»
Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

El triunfo de Jesús y de los mártires de hoy.

            Ante todo, la Ascensión, fiesta que celebra el triunfo de Jesús, les puede recordar la ascensión de tantos familiares y amigos muertos, a los que ya no pueden ver, pero que han triunfado y siguen estando muy presentes. En segundo lugar, que la persecución y la muerte no pueden encerrarlos en sus casas muertos de miedo; deben animarse, recordando que a los primeros discípulos la pasión y muerte de Jesús los impulsó a predicar el evangelio al mundo entero. Por último, pedir esa “fuerza de lo alto”, la fuerza del Espíritu, que Jesús les promete.

Una sola cadena de televisión con dos visiones muy distintas

Los dos textos principales de la misa de hoy (Hechos de los Apóstoles y evangelio de Lucas) se prestan a una interpretación muy simplista, como si el monte de los Olivos fuese una especie de Cabo Cañaveral desde el que Jesús sube al cielo como un cohete. Cualquier cadena de televisión que hubiera filmado el acontecimiento habría ofrecido la misma noticia, aunque hubiera variado el encuadre de las cámaras.
En este caso solo hay presente una cadena de televisión: la de Lucas. A los otros evangelistas parece no haberles interesado la noticia. Pero Lucas ha elaborado dos programas sobre la Ascensión, uno en el evangelio y otro en los Hechos, y cuenta lo ocurrido de manera muy distinta, con notables diferencias. Eso demuestra que para él lo importante no es el hecho histórico sino el mensaje que desea transmitir. Tanto el evangelio como Hechos podemos dividirlos en dos partes: las palabras de despedida de Jesús y la ascensión. Para no alargarme, omito la introducción al libro de los Hechos.

Palabras de despedida de Jesús

            En el evangelio, Jesús dice a los discípulos que su pasión, muerte y resurrección estaban anunciadas en las Escrituras (“Así estaba escrito” se refiere a los libros atribuidos a Moisés y los profetas). Por consiguiente, lo ocurrido no debe escandalizarlos ni hacerles perder la fe. Todo lo contrario: deben predicar la penitencia y el perdón a todos los pueblos. Para llevar a cabo esa misión necesitan la fuerza del Espíritu Santo, que deben esperar en Jerusalén.

            «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»

            En el libro de los Hechos se repite lo esencial, esperar al Espíritu Santo, pero se añaden dos temas: la preocupación política de los discípulos y la idea de ser testigos de Jesús en todo el mundo (cosa que en el evangelio sólo se insinuaba).

             Una vez que comían juntos, les recomendó:
            - «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» 
            Ellos lo rodearon preguntándole:
            - «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»
            Jesús contestó:
            - «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»

La ascensión: dos relatos muy distintos

            Versión del evangelio

            Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

            Versión de Hechos

            Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: - «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse. » 

ü  En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).
ü  En Hechos una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).
ü  En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).
ü  En el evangelio vuelven a Jerusalén; en Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco.

            Dadas estas diferencias, ¿cuál es el mensaje que pretende transmitir Lucas?
            La explicación hay que buscarla en la línea de la cultura clásica greco-romana, en la que se mueve Lucas y la comunidad para la que él escribe. También en ella hay casos de personajes que, después de su muerte, son glorificados de forma parecida a la de Jesús. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Estos ejemplos confirman que los relatos tan escuetos de Lucas no debemos interpretarlos al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús. El final largo del evangelio de Marcos subraya este aspecto al añadir que, después de la ascensión, Jesús “se sentó a la derecha de Dios”.

Resumen

            Ante la ascensión no debemos tener sentimientos de tristeza, de abandono o soledad. Como dice el evangelio, la marcha de Jesús debe provocar una gran alegría y el deseo de bendecir a Dios. Porque lo que celebramos es su triunfo, como demuestran los textos de la cultura greco-romana en los que se inspira Lucas. Me viene la imagen del acto de fin de carrera, cuando el estudiante recibe su diploma y la familia y amigos lo acompañan llenos de alegría.
            Al mismo tiempo, las palabras de despedida de Jesús nos recuerdan dos temas capitales: el don del Espíritu Santo, que celebraremos de modo especial el próximo domingo, de Pentecostés, y la misión “hasta el fin del mundo”. Aunque estas palabras se refieren ante todo a la misión de los apóstoles y misioneros, todos nosotros debemos ser testigos de Jesús en cualquier parte del mundo. Para eso necesitamos la fuerza del Espíritu, y eso es lo que tenemos que pedir.



viernes, 6 de mayo de 2016

Párate un momento: El Evangelio del día 7 DE MAYO - SÁBADO 6ª ~ SEMANA DE PASCUA Santa Flavia Domitila, mártir




7 DE MAYO - SÁBADO
6ª ~ SEMANA DE PASCUA
Santa Flavia Domitila, mártir

       Evangelio según san Juan 16, 23b-28

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
       “Yo os aseguro: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.  Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa.
        Os he hablado de esto en comparaciones: viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente.  Aquel día pediréis en mi nombre y no digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.  
       Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy
Al Padre”.

       1.   Como es bien sabido, en las culturas orientales antiguas, el nombre representaba a la persona que lo tenía.   De ahí que “pedir en nombre de Jesús” equivale a solicitar algo en cuanto que el que ora, pide algo “como si fuera el mismo Jesús” el que hace la demanda.  Esto significa que la petición en nombre de Jesús se fundamenta sobre la base de que se pide, se desea, se quiere solamente aquello que coincide exactamente con lo que desea y quiere el mismo Jesús.  Es decir, la oración “en nombre de Jesús” presupone una identificación cabal con los criterios, deseos y apetencias del propio Jesús.

       2.   Por eso, semejante oración es infalible. Porque, en esa plegaria, es el mismo Jesús el que pide.  Por boca del orante, mediante los deseos del que hace la petición.  Lo que supone una identificación exacta de lo que uno quiere con lo que siempre quiso y pidió Jesús mientras vivió en esta tierra.

       3.   En el fondo, esto nos viene a decir que la oración perfecta es la que identifica los propios deseos con los deseos de Jesús.  Y uno siente como necesidades propias las mismas cosas que Jesús vio y vivió como las más urgentes y necesarias.   Cuando dos personas se quieren tanto que llegan a identificar lo que les gusta, lo que les preocupa, lo que les interesa, lo que anhelan, no cabe la menor duda de que ese cariño mutuo es muy fuerte. Porque, si ya es difícil en la vida “respetar” los deseos de los otros, ¡cuánto más difícil y exigente tiene que ser “identificar” los propios con los deseos del otro!

Santa Flavia Domitila, mártir


En Roma, conmemoración de santa Domitila, mártir, que, siendo hija de la hermana del cónsul Flavio Clemente, fue acusada durante la persecución bajo el emperador Domiciano de haber renegado de los dioses paganos y, por ello, por su fe en Cristo, junto con otros muchos cristianos fue desterrada a la isla de Ponza, en el Lacio, en la que padeció un prolongado martirio (s. I/II).

El emperador es Vespasiano. Flavio Clemente es su sobrino, está casado con Flavia Domitila, se han hecho cristianos y es cónsul en el año 95. Tiene dos primos carnales que son Tito y Domiciano que, al no tener descendencia directa masculina, deberían dejar su puesto a uno de los hijos de Flavio Clemente según el derecho romano; poco faltó para que la Iglesia tuviera en el primer siglo un emperador cristiano, pero no sólo no fue así, sino que el emperador Domiciano desató una violenta persecución.

No distinguían muy bien por aquel entonces los que mandaban en Roma entre judíos y cristianos; los llaman simplemente paganos porque ni unos ni otros adoraban imágenes por seguir los Libros Santos. Vespasiano y Tito habían hecho la guerra y destruido la Ciudad Santa; los judíos y cristianos -que para ellos es igual- deben pagar impuestos. Como las cuentas cantan, Domiciano advierte por el monto de la recaudación el gran número de paganos que hay en el Imperio y ve que están presentes en todos los estamentos. Piensa que la depuración étnica se impone y Flavio Clemente, entre muchos, es denunciado -dice Suetonio «con acusaciones muy endebles»- y martirizado junto con su mujer o quizá ésta fuera mandada al destierro a la isla de Pandataria, como era costumbre entre los romanos para la gente noble. Así se concluyen los datos que proporciona la historia bien documentada.

Pero así como la historia ofrece unos datos seguros y fiables, la leyenda marca el paso de la historia a la ficción en la historia novelada para gusto y edificación de los cristianos cuando se habla de Flavia Domitila. Más que admitir la existencia de dos Flavias en el mismo tiempo y lugar, según los datos que se tienen, parece lo más probable y sensato aceptar la lectura en novela de la mártir Flavia Domitila, desdoblada.

Así nos encontramos con una novela de altos vuelos literarios en la que, con la base firme de la existencia de una mártir perteneciente a la más alta nobleza, se narra el destierro de Flavia, joven prometida de un joven pagano llamado Aureliano; los soldados Nereo y Aquileo, terminan por convencer a la novia para que acepte la virginidad rechazando la boda prevista. Se anota la esperada reacción violenta del joven pagano despreciado: denuncia como cristiana a la novia y la destierran a la isla de Poncia. La imaginación del autor hace intervenir al papa Clemente consagrando la virginidad de Flavia Domitila. Hay enredos entre amigos de la magia y adivinación por una parte y testigos que narran lo que pasó entre Pedro y Simón, el mago, por otra.

La protagonista que ocupa el centro del relato es un ejemplo de pulcritud y sensatez, mantiene el nervio de la historia con la valentía del seguimiento a Jesús ante la autoridad constituida, apareciendo también momentos de dudas que mantienen el suspense sobre los inciertos resultados de su elección, y ¡cómo no! su apostolado. Se desarrolla abundante doctrina para proclamar -en demasía- la excelencia de la virginidad sobre el matrimonio. El guion no está exento de elementos dramáticos que mantienen la atención de los lectores y oyentes con los enredos de seducción por parte de Aureliano, que acaba dramáticamente muerto por la decepción y el rechazo. También se condenan las orgías propias del tiempo y la vanagloria de quien no tiene más perspectiva que la vida presente. La vuelta del destierro, además de poner fin a la preciosa novela ejemplar, sirve para describir el martirio con formas adecuadas al estilo del relato: Flavia Domilitila y sus dos sirvientas neoconversas por su ejemplo y palabras -también vírgenes cristianas- acaban quemadas vivas en su propia casa de Terracina por denuncia de paganos.



jueves, 5 de mayo de 2016

Párate un momento: -El Evangelio del dia 6 de mayo viernes 6a SEMANA DE PASCUA Santo Domingo Savio, confesor




6 de mayo viernes
6a SEMANA DE PASCUA
Santo Domingo Savio, confesor

       Evangelio según san Juan 16,20~23 a

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
        “Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre y vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.  La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.  También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría.  Ese día no me preguntareis nada”.

       1.   El Evangelio es siempre optimista. Y el optimismo es la fuerza que supera las dificultades que entraña la vida.  Por eso Jesús, reconociendo de entrada que nos esperan llantos y lamentaciones, termina asegurando que la vida tiene que ser gozo y alegría.  Porque el verdadero motor de la vida no es el miedo que paraliza, sino la alegría que seduce. Y al decir esto, estamos tocando uno de los puntos vitales de la cultura actual.  En este momento, como es bien sabido, se ha producido un cambio cultural que mucha gente no advierte.  El poder, que nos domina, no es ya el ‘poder opresor” sino que es el “poder seductor”.  Cuando vemos a la gente, sobre todo a los jóvenes enganchados todo el día a los teléfonos (con los que se comunican, juegan, se entretienen...)  Quizá no nos damos cuenta de que “el Smartphone sustituye a la cámara de tortura” (Byung-Chul Han).  Antes, nos sometían las fuerzas de seguridad; ahora, nos sometemos gustosamente, a las nuevas tecnologías.  La cuestión es liberarnos del peso insoportable de la libertad.  El sometimiento es más llevadero que ser verdaderamente libres.

       2.   La mentalidad de Jesús no es la privación, la renuncia, el fastidiarse y pasarlo mal. El sufrimiento y la ascética por sí mismos y por sí solos, no llevan a Dios.  No deformemos el Evangelio.  Eso va contra un derecho básico y primordial de todo ser humano: el derecho a vivir feliz.  Entonces, ¿por qué habla Jesús de llantos y lamentos?

       3.   La vida es como es.  Además, tal como está configurado y cómo funciona el psiquismo humano, el “deseo de satisfacción inmediata” tiene más fuerza y es más determinante de nuestra conducta que todo cuando nos pueden ofrecer la fe y la esperanza de cualquier religión.  Como también es más fuerte, para el común de los mortales, que las propuestas sociales que se nos hacen desde los movimientos más utópicos y más altruistas. Por eso Jesús termina haciendo una oferta de alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar. El Evangelio vivido con coherencia lleva derechamente a la alegría, a la paz, al gozo y al disfrute de todo lo bueno, bello y satisfactorio que ofrece la vida.  Y todo lo que no sea presentar así el Evangelio, y la razón de ser del cristianismo, es una desorientación que lleva directamente a no entender nada de religión, ni de fe, ni de Iglesia.  Es lo que, por desgracia, le ocurre a demasiada gente.  Y menos en este momento.  Solo la “seducción” del Evangelio, como “proyecto de vida”, nos puede dar la felicidad que anhelamos.

Santo Domingo Savio, confesor

                                                 (1842-1857)
Santo Domingo Savio nació cerca de Turín el 1842. Sus padres, Carlos y Brígida, eran fieles cristianos, que procuraron buena educación para sus hijos. Era costumbre comulgar más tarde, pero Domingo fue admitido a los siete años dada su buena preparación. Entre los propósitos de aquel día figuran: "Mis amigos, Jesús y María. Antes morir que pecar". Y los cumplió.
A los doce años su padre se lo presentó a Don Bosco. - ¿Para qué puede servir esta tela?, preguntó Savio. - Para hacer un buen traje y regalárselo a Nuestro Señor. - Entendido. Pues yo soy la tela y usted el sastre: hagamos ese traje. Y de este modo entró Domingo en el colegio de Don Bosco, llamado "el Oratorio".
Oyó un día decir a Don Bosco: "Es voluntad de Dios que todos seamos santos. Es fácil hacerse santos, pues nunca falta la ayuda de Dios. Hay grandes premios para quien se". Y Domingo decidió hacerse santo. Don Bosco, su confesor y director, le enseñó que para ser santo no hacen falta grandes penitencias, sino cumplir la voluntad de Dios y servirle con alegría. Para ello es necesario sobrellevar con paciencia las molestias del prójimo, convertir en virtud lo que es necesidad, cumplir alegremente el propio deber y trabajar con ilusión por la salvación de las almas.
Domingo tenía su genio y sus arrebatos, pero aprendió a dominarlos. También pasó por la crisis de la edad. Don Bosco le repetía: "Constante alegría. Cumplimiento de los deberes sin desfallecer. Empeño en la piedad y el estudio. Participar en los recreos, que también pueden santificarse". Y tanto se esforzó éste pequeño apóstol que, según Don Bosco "Savio llevaba más almas al confesonario con sus recreos que los predicadores con sermones".
Era muy amante del canto. Tenía una voz hermosísima. El Papa Pío XII lo nombró patrono y modelo de los Pueri Cantores del mundo entero. Purificaba la intención: cantaba sólo para agradar a Dios. En la clase siempre estaba entre los primeros. También en esto quería dar ejemplo. Sabía que cada minuto de tiempo es un tesoro. Sabía que el tiempo es cielo.
Se desvivía por sus compañeros. Les aconsejaba, les corregía, les consolaba, les reconciliaba, como a dos que se habían desafiado "a muerte". Les socorría. A uno le dio sus guantes, aunque él tenía sabañones. No tenía respetos humanos. Era valiente en la profesión de la fe. No toleraba palabras malsonantes y menos blasfemias. Una vez sus compañeros tenían en sus manos una revista sucia. Se la arrebató y la rompió en mil pedazos.
Practicó una devoción tierna y profunda a la Virgen. A ella entregó su corazón. Vibró con emoción cuando en 1854 Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Su amor a Jesús Sacramentado era extraordinario. Apenas despertaba, su corazón volaba al sagrario. Le gustaba ayudar a Misa. Parecía un serafín cuando la ayudaba. Hacía frecuentes visitas "al Prisionero del altar". Otro de sus grandes amores era el amor al Papa. El Señor le premió estos amores con gracias y carismas muy especiales.
De repente se presentó una misteriosa enfermedad. Las causas pudieron ser el rápido crecimiento, el esfuerzo en el estudio -pues deseaba ser un santo y sabio sacerdote- y la tensión espiritual, en su afán por la salvación de las almas -otro de los amores de Don Bosco- especialmente en misiones.
Cuando se acercaba la muerte, abrió los ojos y dijo: "¡Qué cosas tan hermosas estoy viendo! ¡La Santísima Virgen viene a llevarme!" y así expiró. Era el 9 de marzo de 1857. Pío XII lo proclamó Santo el año 1954.



miércoles, 4 de mayo de 2016

Párate un momento: El Evangelio del dia 5 DE MAYO – JUEVES – 6ª ~ SEMANA DE PASCUA –C San Ángel de Sicilia, presbítero y mártir




5 DE MAYO – JUEVES –
6ª ~ SEMANA DE PASCUA –C
San Ángel de Sicilia, presbítero y mártir

       Evangelio según san Juan 16, 16-20

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
       “Dentro de poco no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver”.
        Comentaron entonces algunos discípulos:
       “¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver” y eso de “me voy con el Padre?”.  
       Y se preguntaban:
       “¿Qué significa ese ‘poco”?
       No entendemos lo que dice”. Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo:
       “¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver”? Pues si os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría”.

       1.   En el conjunto de las palabras, que aquí pronuncia Jesús, se destacan dos experiencias, que tendrán los seguidores del Evangelio a lo largo de la historia.  Se trata de la dura experiencia de la tristeza (cf. Jn 14, 18) y de la no menos dura experiencia del rechazo por parte del mundo, el “orden presente” (cf. Jn 14, 19) (R. E. Brown).
       Pero Jesús añade a esas experiencias fuertes algo que es más determinante: la alegría, que será la experiencia definitiva.

       2.   Jesús sabía de tristeza.  Es la tristeza que sintió él mismo, “profundamente afligido” (“perilypos”), en la oración de Getsemaní (Mc 14, 34; Mt 26, 38): “Mi alma está afligida con tristeza mortal” (cf. Sal 41, 6. 12) (J. Beutler).   La tristeza que Jesús vivió “a gritos y con lágrimas”, en la oración de la “angustia” antes de la muerte (Heb 5, 7).
       Se trata de la tristeza del que se ve amenazado de muerte.  Y del que ve el mundo de violencia y muerte en que vivimos.  Además, junto a la tristeza, el rechazo.  En
este sentido, la utilización que los evangelios hacen del verbo griego “arneomai” resulta elocuente.  Jesús, en efecto, se sintió “rechazado” (cf. la utilización del verbo “arneomai” en la negaciones de Pedro: Mc 14, 30. 66-72; Mt 26, 33) (D. Dormeyer, W.
Schenk) en la dura experiencia de la pasión, cuando se vio solo y abandonado por
todos.

       3.   Pero sabemos que la tristeza y el rechazo se soportan y se superan cuando todo lo negativo, que acarrea la vida de quienes toman el camino del profeta y el místico —aunque se dediquen a cualquier tipo de actividad, tarea o trabajo—, se afronta con la fuerza que nos da verle sentido a la vida que llevamos. Y verle sentido, hasta el extremo de vivir con alegría las situaciones más duras que se nos puedan presentar.  Así, Jesús apela a experiencias humanas, profundamente humanas, para darle una nueva orientación a nuestras vidas.  Una vida que solo acepta el bienestar y el disfrute, y no tolera la contradicción y el rechazo, será todo lo que se quiera, pero será una vida “sin sentido”.  El empeño por hacer felices a otros, nos trae complicaciones, quizá complicaciones muy serias.  Pero todo el sufrimiento del mundo vale la pena, cuando ese sufrimiento es fuente de felicidad para alguien.  Y, sobre todo, si lo es para muchos.

San Ángel de Sicilia, presbítero y mártir


Nació en Jerusalén, en el seno de una familia de judíos conversos.
A la temprana muerte de su hermano gemelo, San Ángel decide ingresar a la Orden Carmelita, y es admitido en el monasterio en el Monte Carmelo, en Palestina.
En el siglo trece, los Carmelitas pasaron de ser una orden contemplativa a ser una orden de mendicantes; recordemos que era el siglo de la revolución espiritual de San Francisco de Asís y de Santo Domingo de Guzmán.
San Ángel es enviado eventualmente a Roma, para llevar un mensaje al papa Honorio III. A continuación, recibe la encomienda de dirigirse a Sicilia, para ayudar a predicar contra la herejía de los cátaros, que habían tomado control de la isla.
Sin embargo, a poco de haber desembarcado en Sicilia, San Ángel fue asesinado a traición con cinco puñaladas por la espalda, ordenadas por el líder de los herejes. En el sitio donde murió se edificó una iglesia, y su sepulcro se convirtió muy pronto en sitio de peregrinación.
La Orden Carmelita venera a San Ángel como santo por lo menos desde 1456. En 1459, el papa Pío II aprobó su culto.
Ángel se cuenta entre los primeros Carmelitas que vinieron del Monte Carmelo a Sicilia, donde, según las fuentes tradicionales dignas de fe, murió apuñalado a muerte en Licata a manos de hombres impíos, en la primera mitad del siglo XIII.
Venerado como mártir, muy pronto se edificó una iglesia sobre el lugar de su martirio, y allí fue colocado su cuerpo.
Sólo en 1662 sus restos mortales fueron trasladados a la iglesia de los Carmelitas de Licata.
El culto a san Ángel se difundió por toda la Orden y también entre el pueblo. Él y san Alberto de Trápani son considerados los "padres" de la Orden por ser los dos primeros santos que recibieron culto en la Orden, y por esto fueron representados muchas veces en la iconografía medieval al lado de la Virgen María.
En Sicilia existen muchos lugares que tienen a san Ángel como patrono, y el pueblo lo invoca en las necesidades, dirigiéndose a él con mucho afecto y cariño.
SAN ÁNGEL nos ofrece un ejemplo de misticismo y de obediencia debida.



martes, 3 de mayo de 2016

Párate un momento El Evangelio del da 4 DE MAYO - MIÉRCOLES 6ª – Semana de Pascua San José Mª Rubio, presbítero




4 DE MAYO - MIÉRCOLES
6ª – Semana de Pascua
San José Mª Rubio, presbítero

       Evangelio según san Juan, 16;12-15

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
        “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena.  Pues lo que hable no será suyo, hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificarás porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.  Todo lo que tiene el Padre es mío.  Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará”.

       1.   Si entendemos correctamente estas palabras de Jesús, tenemos que concluir que la presencia y la acción del Espíritu prolonga y extiende, incesantemente y sin límites, la revelación de Dios a los seres humanos, a todos los seres humanos.  El Espíritu de la Verdad nos conduce a todos hasta “La verdad plena”.  Por tanto, no se puede demostrar, en modo alguno lo que antiguamente enseñaban los teólogos que explicaban el tratado sobre la revelación.  Según aquellos teólogos, la revelación divina quedó clausurada con la muerte del último apóstol.  Semejante afirmación no es demostrable ante lo que dice aquí Jesús sobre la incesante actividad reveladora del Espíritu.

       2.   Como bien ha escrito Andrés Torres Queiruga, “entendiendo la revelación en su
más hondo realismo, es decir, reconociendo que la presencia viva de Dios es también acogida, aunque sea sin nombre, allí donde la “cultura” prolonga los auténticos dinamismos de la creación, sobre todo en el amor y el servicio a la justicia  -“porque tuve hambre y me disteis de comer” también con ella se puede y se debe establecer un diálogo fraterno de ofrecimiento y recepción: de anuncio del valor humano del Evangelio y de acogida de los valores evangélicos de la “profecía externa”.
Es decir, de la profecía que no viene, ni de la Biblia, ni de la lglesia, ni de la fe, sino de todo ser humano que habla con buena voluntad, con rectitud y como expresión de lo mejor que llevamos dentro de nosotros mismos.

       3.   En definitiva, se trata de tener siempre presente que Dios es inabarcable.  Y de Dios siempre tenemos que aprender.  Y estar a la escucha de lo que nos quiere decir en los acontecimientos de la vida y de la historia. Esta actitud de acogida es, en el fondo, la actitud del que siempre está a la escucha de lo que le revela el Espíritu de Dios.  No podemos vivir encerrados en la soledad y el aislamiento de nuestras ideas y de nuestros problemas, como hacían los monjes antiguos. Atentos siempre a los “signos de los tiempos”, a las voces de cada momento y de cada acontecimiento, así es como podremos escuchar al Espíritu.

San José Mª Rubio, presbítero


                             Presbítero jesuita

Dalías (Almería), 22-julio-1864
+ Madrid, 2-mayo-1929
B. 6-octubre-1985
C. 4-mayo-2003
«San José María Rubio vivió su sacerdocio, primero como diocesano y después como jesuita, con una entrega total al apostolado de la Palabra y de los sacramentos, dedicando largas horas al confesonario y dirigiendo numerosas tandas de ejercicios espirituales en las que formó a muchos cristianos que luego morirían mártires durante la persecución religiosa en España». Con estas palabras sintetizaba Juan Pablo II la trayectoria de santidad y apostolado del padre Rubio, cuando lo canonizó en Madrid, el 4 de mayo de 2003.

Sencillo y profundo al mismo tiempo, de temperamento retraído, serio y hasta tímido o débil, la vida del apóstol de Madrid, José María Rubio, puede sintetizarse en su famosa frase: «Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace». Andaluz de origen, vio la luz en la villa almeriense de Dalias el 22 de julio de 1864. Hijo de una familia numerosa (13 hermanos de los que quedaron sólo seis) vivió una infancia campesina. De él dijo su abuelo: «Yo me moriré, pero el que viva verá que este niño será un hombre importante y que valdrá mucho para Dios. Aún niño, se lo llevó un tío canónigo a Almería y luego al Seminario de Granada, donde otro canónigo, Joaquín Torres Asensio, se convertiría en su autoritario protector y se lo llevará consigo a Madrid, donde José María celebró su primera misa, el 8 de octubre de 1887, en la colegiata de San Isidro.

Destinado como coadjutor a la localidad de Chinchón, donde el joven sacerdote comienza a tener fama de santo, y más tarde como párroco de Estremera, se caracteriza por su vida de oración y ayuda a los pobres y enfermos, dando cuanto tenía a los demás. Débil de carácter, en contra de su voluntad, se deja convencer por don Joaquín para presentarse a oposiciones de canónigo en Madrid, que perdió. Pero su protector obtuvo entonces que le nombraran profesor de latín del Seminario de Madrid. Ya entonces confiesa en secreto a sus amigos su deseo de ser jesuita.

      Capellán de las religiosas Bernardas, comienza su fama como excelente confesor y de su austeridad y horas de entrega generosa al trabajo, además de sus catequesis a niñas pobres, su entrega a los traperos o sus tandas de ejercicios. Ya era conocido en Madrid, pues durante el estreno de la escandalosa Electra, de Galdós, cuando el público gritó contra el padre Carreño, incluyó en los insultos al «jesuita Rubio», cuando aún no había ingresado en la Compañía de Jesús.

Muerto don Joaquín, en 1908 comenzó su noviciado en Granada, siendo luego destinado a Sevilla y Manresa, donde realizó su año de Tercera Probación. Cuando los superiores le dicen que su lugar de trabajo apostólico será Madrid, pide por favor que le manden a un sitio donde nadie le conozca. Llegado a la capital, su madre acababa de morir: «Me he abrazado con la santísima voluntad de Dios, que así lo ha querido», escribió.

Su extraordinaria actividad apostólica, desde la residencia jesuítica de la calle de la Flor, le hizo en seguida buscado y admirado por todo el mundo, a pesar de carecer de las cualidades humanas de sus brillantes compañeros, como el predicador padre Alfonso Torres. Revestido de sobrepelliz y con el bonete sobre su cabeza ligeramente ladeada, despedía una luz especial, un aura invisible, un magnetismo sobrenatural. Humanamente hablando su elocuencia era un desastre, pero sus sermones cautivaban a la gente. Y es que vivía cuanto predicaba. Mientras, seguía atendiendo a algunos pueblos pequeños de la provincia de Madrid con sus provechosas misiones. Incorporado definitivamente a la Compañía con sus últimos votos, el 2 de febrero de 1917, no obtuvo el grado de profeso de cuatro votos o «estado mayor» de los jesuitas, sino el de «coadjutor espiritual». No hizo valer que era doctor en Derecho Canónico, ni habló nunca de esta humillación, debida a que no había hecho el examen ad gradum, que exigía la orden para pertenecer al grupo selecto de los profesos. Acosado por una temporada de escrúpulos, fue tomado a broma por fundar los discípulos de San Juan e incluso sometido a un registro policial acusado de crear un nuevo instituto religioso. El caso es que los superiores le prohibieron este ministerio. «No busco más que cumplir la santísima voluntad de Dios», repetía. También le quitaron de director de las Marías de los Sagrarios y de director de un boletín del Sagrado Corazón. «Debo ser tonto. No me cuesta obedecer», añadía.

Mientras, hasta tres horas había de permanecer en la fila el pueblo de Madrid para confesarse con él. Hacía esperar a las marquesas, si estaba atendiendo a una mujer pobre. Gozaba de dones místicos e incluso de capacidades sobrenaturales o insólitas como bilocación, telepatía, profecía y videncia. A veces pronosticaba el futuro, estaba a la vez en el confesonario y visitando a un enfermo, o escuchaba una llamada de socorro a distancia y hasta el aviso de una madre fallecida para ir a atender a su hijo incrédulo.

Se hizo famoso el suceso de un día de carnaval en que, llamado a llevar los últimos sacramentos a un enfermo, un grupo de juerguistas le habían preparado una trampa en una casa de citas. Uno de ellos pretendía en una cama hacer el papel de moribundo para burla y regocijo de los demás y dar ocasión de fotografiar al incauto sacerdote. Al entrar José María en el prostíbulo con la intención de atender al enfermo, descubrió que éste estaba realmente muerto. El pánico y la impresión fue tal que dos personas se hicieron religiosos poco después, entre ellos el famoso radiofonista padre Venancio Marcos.

Sin embargo, su principal labor la ejerció en los suburbios más pobres de Madrid, particularmente en La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios encendían ya a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la palabra de Dios y fue formador de cristianos que llegarían a morir mártires años después. Fue consejero también de Luz Rodríguez-Casanova (-8 de enero), fundadora de las Apostólicas de Jesús, empeñadas como él en la solidaridad y evangelización de los más pobres.

Su testamento fue una charla a las «Marías de los Sagrarios», en la que les exhortó a realizar una «liga secreta» de personas que busquen la perfección en medio del mundo, con lo que se adelantaba a su tiempo y a los institutos y movimientos laicales. Presintió su propia muerte y llegó a despedirse de sus amigos. En la enfermería de los jesuitas en Aranjuez, tras haber partido en pedazos sus apuntes espirituales por humildad y después de decir «si el Señor quiere llevarme ahora, estoy preparado», «abandono, abandono» y «ahora me voy», falleció sentado en una butaca y con los ojos puestos en el cielo, el jueves 2 de mayo de 1929. En todo Madrid se repetía: «¡Ha muerto un santo!» Miles de personas asistieron a su entierro y ulterior traslado al templo del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja, donde reposan sus restos en el claustro, que no han dejado de ser visitados por el pueblo de Madrid. Fue beatificado por Juan Pablo II el 6 de octubre de 1985.

No habían pasado ocho años, cuando, en la luminosa mañana del 4 de mayo de 2003, el mismo Juan Pablo II, en su quinta visita apostólica a España, canonizaba en la madrileña plaza de Colón, al padre Rubio, junto con otros cuatro beatos españoles: Ángela de la Cruz (-5 de noviembre), Pedro Poveda (-28 de julio), Maravillas de Jesús (-11 de diciembre) y Genoveva Torres (-4 de enero).

«Los nuevos santos —dijo el papa— se presentan hoy ante nosotros como verdaderos discípulos del Señor y testigos de su Resurrección.»



lunes, 2 de mayo de 2016

Párate un momento: El evangelio del día 3 DE MAYO – MARTES - 6ª ~ SEMANA DE PASCUA Santos Felipe y Santiago, apóstoles




3 DE MAYO – MARTES -
6ª ~ SEMANA DE PASCUA
Santos Felipe y Santiago, apóstoles

       Evangelio según san Juan 16, 5-11

       En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
        “Me voy al que me envió, y ninguno me pregunta: ¿A dónde vas?  Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón.  Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor.  En cambio, si me voy, os lo enviaré.  Y cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena.  De un pecado, porque no creen en mí;  de una justicia, porque me voy al Padre y no me veréis;  de una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado”.

       1.   Para comprender este evangelio, lo primero que resulta imprescindible es recordar que Jesús es la Palabra del Padre (Jn 1, 1. 14).  La Palabra en la que Dios habló al mundo.  La Palabra que le dijo al mundo todo lo que Dios nos tenía que decir.  De tal manera que no le quedó nada más que revelar.  Así lo expresa, con una profundidad inimitable, san Juan de la Cruz, al explicar la canción tercera de La llama de amor viva.  Todo lo que teníamos que saber sobre Dios, nos lo dijo el mismo Dios en su Palabra, que es Jesús.  Y ahora, lo que nos toca a nosotros, es escuchar y acoger esa “Palabra”.  Y así, vivirla.

       2.   Por eso Jesús les dijo a sus apóstoles: “os conviene que yo me vaya” (Jn 16, 7).
Con lo que Jesús les estaba diciendo: “os conviene que yo me quite de en medio”.
Jesús ya había dicho todo lo que teníamos que oír.  Y todo lo que necesitábamos saber.  Ahora, mediante el recuerdo, la “memoria subversiva” (J. B. Metz) de su vida y su palabra, a nosotros nos corresponde y se nos exige hacer presente el Evangelio de Jesús en la sociedad y en la cultura en que vivimos.  Y es para eso, para lo que necesitamos la presencia y la fuerza del Espíritu.

       3.   Teniendo en cuenta que la presencia del Espíritu será tanto más importante cuanto que su misión será dejar convicto al orden presente de su pecado, de su injusticia y de la condena que merece este “desorden establecido”.  La “justicia”, en efecto, que viene de Dios, hará patente la “injusticia” que destroza a los seres humanos, genera violencia y sufrimiento, destruye la convivencia.  He ahí por qué es tan importante la venida y la presencia del Espíritu en el mundo.  Nos preparamos para la fiesta de Pentecostés.  No se trata de una fiesta religiosa más.  Una de tantas. Pentecostés nos recuerda a los creyentes en Jesús que el Espíritu viene constantemente, para renovar, actualizar y aplicar lo que sabemos que Jesús dejó dicho, de una vez para siempre.

Santos Felipe y Santiago, apóstoles


San Felipe era originario de Betsaida de Galilea. San Juan habla de él varias veces en el Evangelio. Narra que el Señor Jesús llamó a Felipe al día siguiente de las vocaciones de San Pedro y San Andrés. De los Evangelios se deduce que el Santo respondió al llamado del Seño. Escritores de la Iglesia primitiva y Eusebio, historiador de la Iglesia, afirman que San Felipe predicó el Evangelio en Frigia y murió en Hierápolis. Papías, obispo de este lugar, supo por las hijas del apóstol, que a Felipe se le atribuía el milagro de la resurrección de un muerto.
A Santiago se le llama "el Menor" para diferenciarlo del otro apóstol, Santiago el Mayor (que fue martirizado poco después de la muerte de Cristo).
El evangelio dice que era de Caná de Galilea, que su padre se llamaba Alfeo y que era familiar de Nuestro Señor. Es llamado "el hermano de Jesús", no porque fuera hijo de la Virgen María, la cual no tuvo sino un solo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, sino porque en la Biblia se le llaman "hermanos" a los que provienen de un mismo abuelo: a los primos, tíos y sobrinos (y probablemente Santiago era "primo" de Jesús, hijo de alguna hermana de la Stma. Virgen). En la S. Biblia se lee que Abraham llamaba "hermano" a Lot, pero Lot era sobrino de Abraham. Y se le lee también que Jacob llamaba "hermano" a Laban, pero Laban era tío de Jacob. Así que el decir que alguno era "hermano" de Jesús no significa que María tuvo más hijos, sino que estos llamados "hermanos", eran simplemente familiares: primos, etc.
San Pablo afirma que una de las apariciones de Jesús Resucitado fue a Santiago. Y el libro de Los Hechos de los Apóstoles narra cómo en la Iglesia de Jerusalén era sumamente estimado este apóstol. (Lo llamaban "el obispo de Jerusalén"). San Pablo cuenta que él, la primera vez que subió a Jerusalén después de su conversión, fue a visitar a San Pedro y no vio a ninguno de los otros apóstoles, sino solamente a Santiago. Cuando San Pedro fue liberado por un ángel de la prisión, corrió hacia la casa donde se hospedaban los discípulos y les dejó el encargo de "comunicar a Santiago y a los demás", que había sido liberado y que se iba a otra ciudad (Hech. 12,17). Y el Libro Santo refiere que la última vez que San Pablo fue a Jerusalén, se dirigió antes que todo "a visitar a Santiago, y allí en casa de él se reunieron todos los jefes de la Iglesia de Jerusalén" (Hech. 21,15). San Pablo en la carta que escribió a los Gálatas afirma: "Santiago es, junto con Juan y Pedro, una de las columnas principales de la Iglesia". (Por todo esto se deduce que era muy venerado entre los cristianos).
Cuando los apóstoles se reunieron en Jerusalén para el primer Concilio o reunión de todos los jefes de la Iglesia, fue este apóstol Santiago el que redactó la carta que dirigieron a todos los cristianos (Hechos 15).
Hegesipo, historiador del siglo II dice: "Santiago era llamado ‘El Santo’. La gente estaba segura de que nunca había cometido un pecado grave. Jamás comía carne, ni tomaba licores. Pasaba tanto tiempo arrodillado rezando en el templo, que al fin se le hicieron callos en las rodillas. Rezaba muchas horas adorando a Dios y pidiendo perdón al Señor por los pecados del pueblo. La gente lo llamaba: ‘El que intercede por el pueblo’". Muchísimos judíos creyeron en Jesús, movidos por las palabras y el buen ejemplo de Santiago. Por eso el Sumo Sacerdote Anás II y los jefes de los judíos, un día de gran fiesta y de mucha concurrencia le dijeron: "Te rogamos que ya que el pueblo siente por ti grande admiración, te presentes ante la multitud y les digas que Jesús no es el Mesías o Redentor". Y Santiago se presentó ante el gentío y les dijo: "Jesús es el enviado de Dios para salvación de los que quieran salvarse. Y lo veremos un día sobre las nubes, sentado a la derecha de Dios". Al oír esto, los jefes de los sacerdotes se llenaron de ira y decían: "Si este hombre sigue hablando, todos los judíos se van a hacer seguidores de Jesús". Y lo llevaron a la parte más alta del templo y desde allá lo echaron hacia el precipicio. Santiago no murió de golpe sino que rezaba de rodillas diciendo: "Padre Dios, te ruego que los perdones porque no saben lo que hacen".
El historiador judío, Flavio Josefo, dice que a Jerusalén le llegaron grandes castigos de Dios, por haber asesinado a Santiago que era considerado el hombre más santo de su tiempo.
Este apóstol redactó uno de los escritos más agradables y provechosos de la S. Biblia. La que se llama "Carta de Santiago". Es un mensaje hermoso y sumamente práctico. Ojalá ninguno de nosotros deje de leerla. Se encuentra al final de la Biblia. Allí dice frases tan importantes como estas: "Si alguien se imagina ser persona religiosa y no domina su lengua, se equivoca y su religión es vana". "Oh ricos: si no comparten con el pobre sus riquezas, prepárense a grandes castigos del cielo". "Si alguno está triste, que rece. Si alguno se enferma, que llamen a los presbíteros y lo unjan con aceite santo, y esa oración le aprovechará mucho al enfermo" (de aquí sacó la Iglesia la costumbre de hacer la Unción de los enfermos). La frase más famosa de la Carta de Santiago es esta: "La fe sin obras, está muerta".