4 - DE ENERO
– SÁBADO
– ANTES DE LA EPIFANIA – C
–
SAN MANUEL González García
Lectura de la primera carta del apóstol san
Juan (3,7-10):
Hijos míos, que nadie os
engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo. Quien comete el
pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios
se manifestó para deshacer las obras del diablo. Todo el que ha nacido de Dios
no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha
nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo:
todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su
hermano.
Palabra de Dios
Salmo:
97
R/.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios
Cantad al Señor un cántico
nuevo, porque
ha hecho maravillas: su
diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. R/.
Retumbe el mar y cuanto
contiene, la
tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes. R/.
Al Señor, que llega para
regir la tierra.
Regirá el orbe con justicia y los pueblos con
rectitud. R/.
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42):
En aquel tiempo, estaba
Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:
«Éste
es el Cordero de Dios.»
Los
dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al
ver que lo seguían, les pregunta:
«¿Qué
buscáis?»
Ellos
le contestaron:
«Rabí
(que significa Maestro), ¿dónde vives?»
Él
les dijo:
«Venid
y lo veréis.»
Entonces
fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de
la tarde.
Andrés,
hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a
Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:
«Hemos
encontrado al Mesías (que significa Cristo).»
Y lo
llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
«Tú
eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»
Palabra del Señor
1.- En el anuncio del Nacimiento del Señor
que cantamos en la noche del 24 de diciembre, se aseguraba que había llegado
Aquel «que había de instaurar un nuevo orden de paz y de justicia, de amor y de
libertad». ¿Pero cómo instaura este Niño su reino, 2024 años después de su
venida al mundo? ¿Se refiere a un acontecimiento histórico y ya pasado? ¿o
sigue cumpliéndose hoy?
La primera lectura que nos ofrece la liturgia de este día nos descubre
el modo en que Cristo sigue siendo Príncipe de Paz en este mundo nuestro. Su
Reino de justicia no se extiende por imposición de un código ético, ni de una
moral muy estricta o una represión eficaz de la violencia. La Nueva Alianza que
inaugura su Encarnación es la ley inscrita en el corazón de quienes acogen a
este Niño que nace. Su presencia en lo más íntimo de cada creyente es
incompatible con el odio, la mentira, la venganza o el egoísmo, como la luz
disipa las tinieblas con solo aparecer: Todo el que ha nacido de Dios no comete
pecado, porque su germen permanece en él.
2.- Más de 2000 años después, Jesús vuelve a encarnarse en cada uno de
sus hijos. Cada Eucaristía es la ocasión de volver a recibir este Nacimiento en
el pobre, oscuro y sucio portal que es nuestra alma. Él es quien la ilumina y
la limpia. Es su presencia en cada uno de nosotros la que siembra y hace
germinar las obras de justicia, de amor, de paz y de libertad desde cada
corazón al mundo entero: En esto se reconocen los hijos de Dios.
Si
en nuestra vida no hay amor, no busquemos el error en nuestro código de
conducta, sino preguntémos y busquemos en nuestro interior. Quién nos habita y a quién hemos hecho el
Señor de nuestras vidas: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni
tampoco el que no ama a su hermano.
3.- La inquietud indeterminada
que mueve a los discípulos, se concreta con una pregunta: ¿Qué buscáis? No solo
buscan al Maestro, sino que confiesan el deseo de algo más estable e íntimo:
¿Dónde moras? Como si dijeran: ¡Queremos estar contigo, queremos ser parte de
tu día a día! A la respuesta que Jesús les da, corresponden con una actitud de
desprendimiento de aquello en lo que estaban, de confianza en aquel que les
hablaba y de compromiso: fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él. La
experiencia de aquella hora es tan decisiva que los convierte en anunciadores:
Hemos encontrado al Mesías.
A nosotros se nos invita a este mismo
viaje, en una dirección a la inversa. ¿Qué buscas? nos pregunta Jesús. Su
respuesta, Ven y verás, no es una invitación a una expedición por lejanos y
exóticos mundos ni hogares ajenos a nosotros; sino una mano que golpea
discretamente a nuestra puerta. No encontraremos al Maestro lejos de nosotros
ni de nuestra realidad más cotidiana. Jesús no tiene una casa a la que
invitarnos, sino que quiere ser invitado a la nuestra. Es una insinuación a
abrir nuestro corazón, darle permiso para ser el Huésped de nuestra alma y
dejar que se quede con nosotros todo el día, cada día, haciéndolo todo nuevo:
Ven, entra en lo más profundo de tu ser, deja de huir, y déjame que te
acompañe: verás las cosas de otro modo.
Encontrar
a Jesús y hacerle Señor de nuestro hogar –de nuestra vida− no necesariamente
hará que todo sea distinto, ni que desaparezcan los problemas; pero
contemplaremos que habita cada esquina, rincón, aspecto y confín de nuestro día
a día y su Presencia es la que salva e ilumina nuestra existencia. Así,
llevando a Jesús en nuestro interior, nuestras obras serán de justicia y
nuestra vida será manifestación inequívoca de que el Reino de Dios ha llegado,
como recordaba la primera lectura. Nuestro anunció será eficaz y creíble, y
serán muchos los que llevaremos al Maestro para que Jesús se quede con ellos y
ellos con Él.
SAN MANUEL González García
Hubo un hombre enviado
por Dios que se llamó D. Manuel González García.
Leyó
y enseñó a leer el Evangelio a la luz de la lámpara de un sagrario.
Fue su lección preferida.
La misma que sigue brindando hoy en su
obra.
Don Manuel González García
nació en Sevilla, un 25 de febrero de 1877.
Familia numerosa la suya:
Manuel fue el cuarto de cinco hermanos. Muy pequeño aún, tuvo la suerte de
ingresar en el Colegio San Miguel, donde se formaban los niños de coro de la
Giralda.
Antes
de los diez años ya era uno de los seises de la Catedral, que cantaba y danzaba
ante el Santísimo en las fiestas del Corpus y de la Inmaculada.
Seminarista a los doce,
tiene calificación sobresaliente en todos los cursos y en todas las
asignaturas. Fueron quince años de estudios, hasta llegar al doctorado en
Teología y la licenciatura en Derecho Canónico. Lo ordena sacerdote en Sevilla
el famoso Cardenal Spínola en 1901. Y ahora comienza su experiencia fuerte de
la Eucaristía.
Don Manuel queda impactado
por el desolador abandono del sagrario en un pueblecito andaluz, a1 estrenar su
primera misión popular. Un hecho para el que buscará remedio mientras Dios le
dé vida.
A los cuatro años de
su sacerdocio, es nombrado arcipreste de Huelva. Funda su primera Revista de
catequesis eucarística, el famoso Granito de arena (1907).
Inaugura y bendice escuelas
populares, interviene en las Semanas Sociales de Sevilla, funda la Obra de las
Tres Marías de los Sagrarios-Calvarios (1910), escribe el primer libro de una
serie fecundísima de títulos: Lo que puede un cura hoy, funda para los niños,
Los Juanitos del Sagrario (1912).
Consagrado Obispo en 1916,
crea los Misioneros Eucarísticos Diocesanos (1918) y un poco más tarde las
Hermanas Marías Nazarenas (1921), las mismas que conocemos hoy con el nombre de
Misioneras Eucarísticas de Nazaret.
Pero lo más dramático de su
vida está por llegar. Consagrado Obispo el 16 de enero del 1916, Don Manuel lo
será de Málaga durante casi 20 años (1916-1935). Y es aquí, en esta su
entrañable Málaga, después de 15 años de una incansable labor pastoral, educativa
y social, donde el Señor le da a beber el cáliz de la amargura al estallar las
algaradas anticlericales de la Segunda República (1931). La trágica noche del
11 de Mayo de 1931 una masa furibunda -aunque de pobre gente-, azuzada y
teledirigida por los políticos de turno, incendia el Palacio Episcopal y reduce
a cenizas los tesoros archivísticos, artísticos y documentales, no sólo de este
lugar sino de la mayoría de los templos y conventos de Málaga.
Don Manuel y sus
familiares, tras refugiarse en los sótanos, salen milagrosamente por una puerta
trasera del edificio en llamas.
Descubiertos se ven
acosados y seguidos por los incendiarios que, sin embargo, no se atreven a
tocarlos. Expulsado de la ciudad, se refugia en Gibraltar, donde le da acogida
el Obispo local, Mons. Richard Fitgerald, un 13 de Junio de 1931.
Ya no volverá jamás a su
querida ciudad de Málaga, donde, como hemos dicho, había realizado una intensa
labor como pastor y en la que había levantado su hermoso seminario... ¿Quién
podrá olvidar la forma original que ideó para inaugurarlo?
El solemne acto tuvo lugar
el 17 de octubre de 1919. Ese día, unos tres mil niños celebran en la explanada
del seminario el banquete inaugural. Pero entiéndase bien, en lugar del
acostumbrado y suculento banquete, reservado a un número pequeño de personajes
y autoridades, fueron éstas el propio Sr. Obispo, el Gobernador, el Alcalde y
los profesores del Seminario quienes sirvieron la mesa a los pequeños.
Pero a Don Manuel le queda
prácticamente vedado el regreso.
Tiene que trasladarse a
Madrid, como un exiliado, un indeseable o un peligroso cualquiera. Pese a todo,
su celo por el Señor del Sagrario no cesa, y en esa época funda su obra la
Reparación Infantil Eucarística (R.I.E.)
En 1935 es nombrado Obispo
de Palencia. Son los cinco últimos años de su vida; 1936-1940- Es ahí en donde
tiene la fortuna de conocer, en la Trapa de Dueñas, al Beato Hermano Rafael.
Todavía encuentra tiempo para crear su última publicación periódica, la revista
infantil REINE desde su nueva sede diocesana.
Soporta, Don Manuel el
mayor dolor de su vida: la guerra civil española, y con ella el mayor número de
sagrarios profanados, en toda la historia de España, según expresión suya.
En Palencia le sobreviene
su última enfermedad. Fallece en Madrid, en el Sanatorio del Rosario, el 4 de
enero de 1940. Y es sepultado en su preciosa Catedral palentina en la Capilla
del Santísimo en donde hasta hoy reposan sus restos mortales bajo la inscripción
sepulcral que él mismo dictó.
“Pido ser enterrado junto a
un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma
en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está!
¡No lo dejen abandonado!”
APÓSTOL
DE LOS SAGRARIOS ABANDONADOS
Don Manuel González García
es un Obispo universalmente conocido por su vida y por su obra. Ocupa en el
catolicismo español de la primera mitad del siglo xx un lugar preeminente e
indiscutible.
Don Manuel González, el
famoso arcipreste de Huelva, el benemérito pastor de Málaga y Palencia, se nos
muestra como un perfecto testigo de Jesucristo, como un acabado modelo de
heroica fe eucarística. Hoy, a más de medio siglo de su muerte, sigue transmitiéndonos
su profético mensaje a través del lanzallamas ardiente de su pluma. Continúa
hablando a las nuevas generaciones cristianas con el mismo ímpetu suavemente
arrollador, infatigablemente persuasivo, eucarísticamente irresistible. Habló
mucho, y escribió siempre, dejando rienda suelta a la rica abundancia de su
gran corazón. Pero creyó y oró mucho más, y por eso su semilla produjo el
ciento por uno.
Las virtudes recias y
ejemplarmente pastorales de Don Manuel resplandecen, cada vez más, por ello fue
declarado Venerable por el Papa Juan Pablo II, el 6 de marzo de 1998 y será
Beatificado el 29 de abril de 2001.
Su personalidad es
inconmensurable como sacerdote, como obispo, como fundador, como catequista,
como escritor y como heraldo y misionero de la Eucaristía. Aquí radica
precisamente su título más glorioso; Apóstol de los Sagrarios Abandonados.
Hablar de Don Manuel
González es hablar necesariamente de la Eucaristía y del Evangelio: la
Eucaristía profundamente entendida a través del Evangelio.
El Evangelio plenamente
vivido a través de la Eucaristía. Ese es el sencillo anverso y reverso de su
testimonio y mensaje, siempre actual e imperecedero, porque supo beberlo en la
fuente inagotable de donde mana toda su fuerza eclesial. Hoy como ayer, late
vivo y fulgurante el ideal eucarístico que absorbió toda su vida al servicio de
ese trato íntimo, afectuoso, rendido, imitativo, transformador, perenne, de los
hombres con el Dios Hijo, Cordero de nuestros altares y de nuestros Sagrarios.
Practicó sin desmayo y
predicó sin cansancio una auténtica piedad centrada en la Eucaristía, buscando
en cada Misa, en cada Comunión y en cada visita la savia vivificante del
testimonio cristiano, limpio y transparente ante Dios y ante los hombres. Los
lectores de su obra saborearán el carisma eucarístico con que Dios quiso
enriquecerlo, desde su inefable experiencia de Palomares del Río, donde palpó
en toda su crudeza, el abandono de los hombres hacia la Eucaristía.
Todo su vocabulario
ascético cabe en dos palabras densamente programáticas para una espiritualidad
dinámicamente renovadora: abandono y compañía.
Llegó a experimentar tan
sensiblemente el dogma de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía que casi
no necesitaba la fe para creer, como él solía decir, ya que sentía muy cerca de
sí al Señor. Acertó a hablar de la Eucaristía porque acertó a creer en ella.
Esa es la clave de tanta pujanza mística derramada en todos sus escritos como
prodigioso caudal que todo lo fecunda. Con sobrada razón se ha dicho que sus
obras se convierten en limpio espejo de su alma, siendo al mismo tiempo su
mejor autobiografía.
Pero él no quiso tener otro
ideal pastoral ni otro programa que el Sagrario, donde Jesús permanece con
nosotros hasta la consumación de los siglos.
Los biógrafos coinciden en
resaltar varias de sus cualidades más características: unción de estilo,
transparencia de ideas, solidez de doctrina, gracia cautivadora, actitud de
reparación, actualidad de pensamiento. Quien lea su obra lo podrá confirmar con
su personal experiencia y su propia edificación, puesto que tendrá la singular
sensación de participar de alguna manera en sus vivencias transidas de original
fervor eucarístico.
Don Manuel González resulta
muy actual. Sus reflexiones pensamientos y sugerencias resultan
sorprendentemente sincronizadas con las enseñanzas conciliares y encajan
maravillosamente en la renovada espiritualidad postconciliar de la Iglesia de
hoy. Desde luego habla de la adoración Eucarística con acento encendido pues su
alma incandescente se abismó de continuo en la fiel contemplación del Sagrario,
del cual se sintió en todo instante prisionero y apóstol. Nadie podrá
discutirle un destacado puesto en la historia moderna de la espiritualidad
eucarística.
UN
FARO DE LUZ
Aquí en Sevilla es obligado
recordar a quién fue sacerdote de esta archidiócesis, arcipreste de Huelva, y
más tarde Obispo de Málaga y de Palencia sucesivamente: Don Manuel González, el
Obispo de los Sagrarios abandonados. Él se esforzó en recordar a todos la
presencia de Jesús en los sagrarios, a la que a veces, tan insuficientemente
correspondemos. Con su palabra y con su ejemplo no cesaba de repetir que en el
sagrario de cada iglesia poseemos un faro de luz, en contacto con el cual
nuestras vidas pueden iluminarse y transformarse.
Juan Pablo II
45º Congreso
Eucarístico Internacional
Sevilla, 1992
Por: Damián Darelli
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